Opinión

  • | 1997/06/01 00:00

    La disyuntiva cambiaria

    La mejor manera de recuperar la competitividad es romperle el espinazo a la inflación.

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Dentro del manejo de las variables macroeconómi- cas, pocos temas son tan polémicos y complejos como aquél del manejo cambiario. Para algunos comentaristas, en mi concepto profundamente equivocados, el origen de buena parte de los problemas económicos y cambiarios nacionales proviene de la apertura con su liberación comercial y cambiaria y drástica rebaja de aranceles.



El destacado economista y diplomático Fernando Gaviria Cadavid, en reciente artículo (El Tiempo, abril 28/97) ha expuesto unas verdades incontrovertibles:



"Es irrefutable que la apertura ha demostrado balances extraordinarios con enormes tasas de crecimiento, de las cuales dan fe categórica los países del Lejano Oriente, comenzando por los cinco dragones, después imitados por muchísimas naciones. Pero de otro lado, evidente es que, aunque la liberalización del sistema cambiario hace parte de la apertura, la revaluación la destruye y más aún si está acompañada por la inflación interna.



Este proceso de apertura, cuando involucra una tasa de cambio de equilibrio, no "sacrifica la producción nacional a la foránea", como piensa el doctor (Abdón) Espinosa. Por el contrario, exige y logra la eficiencia de todos los sectores económicos a través de los insustituibles aumentos en la productividad. Esto redunda en beneficio inmediato de los consumidores, que en las economías cerradas son, por lo general, víctimas de los monopolios u oligopolios".



El doctor Gaviria, sin rodeos ni ambages, entra en el "quid" de la disyuntiva cambiaria: la tasa de cambio debe ser de equilibrio y la revaluación destruye la economía si está acompañada por la inflación interna.



Por una parte no puede existir política más miope que aquella que pretende otorgarle competitividad internacional a los exportadores y protección a los productores nacionales a través de políticas devaluacionistas. La competitividad internacional sólo puede ser lograda a través de incrementos en productividad y calidad y no a través de manipulaciones de la moneda. El papel del gobierno es el asegurar que sus ciudadanos tengan un alto nivel de vida permitiéndoles acceder a los mejores y más baratos bienes y servicios en cualquier parte del mundo, y no a proteger a ciertos sectores e industrias nacionales.



Pero de la misma forma que una política devaluacionista es de una desconcertante torpeza, un esquema revaluacionista puede tener consecuencias fatales para el sector exportador y buena parte del sector productivo colombiano que tiene que competir con bienes y servicios del extranjero.



Nuestras autoridades cambiarias argumentan que la tasa de cambio actual la vienen determinando las fuerzas de oferta y demanda del mercado. Y tienen toda la razón. Y es precisamente en este punto donde me aparto de las consideraciones del Dr. Gaviria Cadavid. En un proceso de apertura y de internacionalización de la economía, el cual sólo puede traernos beneficios como él bien lo señala, el único camino que tienen nuestras autoridades cambiarias es dejar que el mercado establezca la tasa de cambio. El inducir forzosamente una devaluación de cerca de 100% para que el peso colombiano restablezca la paridad del poder adquisitivo (PPP) puede tener consecuencias fatales para nuestra economía. Es absolutamente imprescindible romper el diabólico círculo de inflar y devaluar para mantener la paridad cambiaria.



Dentro del proceso de apertura, en donde necesariamente tienen que seguir adelante las privatizaciones, en donde el desfase entre el ahorro interno y la necesidad de inversión tanto pública como privada es gigantesca, en donde las necesidades de capital externo para adelantar las grandes obras de infraestructura principalmente en el sector de comunicaciones, carreteras, puertos y transporte son casi infinitas, vamos a estar expuestos indefinidamente a tendencias revaluacionistas.



Por otra parte, los empresarios no sólo requieren capital y tecnología extranjera para ser competitivos, sino el tener acceso al crédito en los mejores términos y condiciones del mercado mundial, lo cual también exacerba las tendencias revaluacionistas.



Y precisamente en este aspecto está el fondo de la disyuntiva cambiaria: sin apertura es casi imposible salir de nuestra aterradora pobreza y atraso y dentro del proceso de apertura no pueden permitir las autoridades cambiarias que se devalúe por decreto, haciendo caso omiso de la oferta y la demanda.



Pero el hecho es que los efectos nocivos de la revaluación se deben única y exclusivamente a una causa: la inflación interna. Y la solución está perfectamente a nuestro alcance. Radica sencillamente en romperle la columna dorsal a la inflación, como recientemente recomendó el señor Michael de Camdessus, presidente del Fondo Monetario Internacional.



De llegar a reducir drásticamente la inflación interna se eliminan los aspectos negativos de la revaluación y por ello el gobierno requiere ante y por encima de todo, acabar con el flagelo de la inflación. Pero para ello es necesario tomar dos pasos de índole eminentemente política. Por una parte, modificar el esquema de transferencias y cofinanciaciones y el ponerle freno en forma inmediata al gasto deficitario, como lo ha recomendado la comisión de gasto público. La política más torpe en la coyuntura actual sería la recomendada por el presidente de la Asobancaria, que consiste en utilizar el gasto deficitario como instrumento de reactivación económica. Dicha política sólo nos puede conducir a una hiperinflación sin tener mayor efecto ni en la revaluación ni en la recesión. De alguna forma, es inevitable impulsar la "dolarización" de la economía, como ha ocurrido en Argentina.



Pero por el camino que vamos, revaluación más inflación, estamos en el peor de los escenarios macroeconómicos posibles. Y para salir adelante, el único camino es el estrangular la inflación, cueste lo que cueste. Con inflación de un solo dígito, la disyuntiva cambiaria prácticamente desaparece.
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