Opinión

  • | 2004/02/06 00:00

    La devaluación del dolar

    Varios factores explican la devaluación del dólar en los últimos dos meses.

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En principio, la relación entre las monedas de dos países puede variar por tres razones principales.



Las de caracter coyuntural:

- Por los juegos de especulación financiera, cuando los intereses comparativos hacen una inversión en determinada moneda más atractiva que en la otra.

- Por desequilibrios en el mercado, cuando por razones ajenas al juego financiero se produce una alta oferta o demanda de la moneda de un país en el otro.



O la de caracter estructural:

- Porque la capacidad de generar bienes y servicios de la economía del uno mejora más que la del otro, o sea, en términos del poder adquisitivo de las monedas, una se fortalece más que la otra.



Mientras que las variaciones producto de las primeras son de corto plazo y responden a situaciones inmediatas que expresan solo el efecto de la mayor o menor oferta o demanda del momento (las condiciones del mercado), la variación que depende de la última refleja los avances comparativos en la organización productiva de los países (la capacidad de generar riqueza y bienestar de cada sociedad).

Lo primero sucede por ejemplo con la política estadounidense de bajar sus tasas de interés con el propósito de reactivar la economía interna; lo segundo lo vivimos nosotros (y América Latina en general) con las remesas del extranjero y el flujo de capitales golondrina (analizados más adelante), y lo tercero ha caracterizado el proceso eterno entre los países latinoamericanos y Estados Unidos o, más interesante, entre la moneda estadounidense y las europeas desde el final de la Segunda Guerra (el marco, el franco suizo y el florín se revaluaron en cerca del 70%), o entre el dólar y el euro desde su creación.

Sin determinar la mayor o menor incidencia de cada uno, estudiemos el fenómeno actual en el país.

Como puramente especulativos están las golondrinas atraídas por los altos (altísimos) márgenes de rendimiento financiero en comparación con los estadounidenses (la rentabilidad real -descontada la inflación- para los títulos del Estado es del orden del 2% en Estados Unidos y del 13% en Colombia); tal como correctamente lo reivindica el gobierno, esto no operaría sin la confianza creada, la cual se manifiesta también en la llegada de los capitales (lícitos e ilícitos) de nacionales, unidos a algo (probablemente poco) de inversión de verdad extranjera (aclaremos que la 'confianza' es de naturaleza subjetiva y no necesariamente responde a realidades objetivas; y que solo complementa lo que sí es atractivo -altas rentabilidades-, pero no produce el efecto de interesar al inversionista); como completamente ajenos a la situación del país llueven las remesas de los expatriados; y completan la inundación de divisas los préstamos extranjeros que con tanto orgullo presenta el gobierno.

El reciente movimiento de la divisa estadounidense en nuestro país ha sido impulsado por los factores coyunturales y no por una mejoría de las condiciones productivas en Colombia. Cualquiera que sea la participación de los factores enunciados, lo claro es que no se debe a un avance en 'cerrar la brecha' entre el atraso de nuestra economía y la de Estados Unidos que se revalúa el peso colombiano.

También son claros los procesos 'diabólicos' que impiden salir del ciclo revaluativo del peso, analizados ya, uno por Eduardo Sarmiento y otro por Armando Montenegro.

Para Sarmiento, la 'confianza' (que podría convertirse en simple burbuja) hace llegar las divisas por lo atractivo de invertir en sectores devaluados donde se espera produzcan altos rendimientos, como las acciones o la construcción; el aumento de la demanda por esos activos sube los precios, confirmando la expectativa que indujo la llegada de capitales, lo cual a su turno invita aún más a importar capital, convirtiéndose en un círculo vicioso que no se sabe cómo o cuándo termina.

Para Montenegro, las necesidades de financiación que se crean con el déficit fiscal tienen que ser suplidas por créditos, presentándose solo la opción de tomarlos en el extranjero -con lo que se seguirán trayéndo divisas para convertirlas a pesos-, o la de endeudarse internamente, para lo cual sería necesario mantener los altos intereses de los papeles oficiales -lo que a su turno aumentaría la atracción para la importación de capital golondrina-; es decir, que mientras haya déficit habrá exceso de dólares traídos por el gobierno o por el sector privado, según se financie interna o externamente.

No deja de ser sorprendente que tengamos como problemas el no saber qué hacer para detener el influjo de dólares, y el estar agobiados por la deuda externa. Pero más sorprendente aún es que, a pesar de que parece evidente que en alguna forma se relaciona esto con el manejo de las reservas, se consideren estas como un tema aparte e intocable, dependiente solamente del compromiso adquirido con el FMI, sin importar el costo que ello implica o las alternativas que se pueden presentar (montando incluso falsos argumentos como lo probó Sarmiento en El Espectador, 25-01-04).

Todo proceso supone tener algún aspecto positivo, o por lo menos que se puede presentar como tal. Es el caso de los mejores precios del café y del petróleo: el efecto de una devaluación es que por una misma mercancía se requiere una cifra mayor de la misma moneda. También se puede afirmar que nuestra deuda externa vale menos en pesos o que es el momento para que el Estado compre dólares baratos.

El énfasis en estos aspectos, como la multiplicidad de acciones que ensayan nuestras autoridades, solo pueden entusiasmar a quienes esperan pescar en el río revuelto que se ha creado. Con la revaluación del peso por motivos coyunturales viene un efecto compensatorio y sucedáneo de deterioro del aparato productivo, porque en un modelo económico basado en el libre comercio se aumenta la dificultad de exportar y se disminuye la capacidad competitiva de la industria local en comparación al producto importado. Pero combatirla incentivando el juego y la especulación alrededor del cambio (operaciones forward del gobierno) puede ser la más desestabilizante de las soluciones.

La triste realidad es que, sea cual fuere la causa, nuestras autoridades no entendieron que las condiciones existentes podían llevar a tal situación, que se encontraron sorprendidas ante el fenómeno, que por no tener respuestas salidas del análisis de lo que sucede no han sabido qué medidas tomar, y que aún no se sabe hasta dónde llegará el daño que esto causa ni en qué momento se podrá controlar.

En verdad es rara sabiduría la de nuestras autoridades económicas que se aferran a una supuesta ortodoxia, desacertada en sus previsiones, incapaz de comprender los fenómenos que enfrenta, fracasada en los objetivos que persigue, y catastrófica en los resultados que presenta. algo menos de prepotencia académica y un poco de heterodoxia, de pies en tierra para tener más en cuenta nuestras circunstancias tanto económicas como sociales y buscar soluciones que dependan menos de textos y autoridades ajenas al país, podría ayudar.
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