Opinión

  • | 1999/09/10 00:00

    La desconcertante crisis de fin de siglo

    El péndulo ideológico ha vuelto a girar hacia el populismo, el nacionalismo y el intervencionismo.

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La crisis económica de 1999 quedará registrada en la historia latinoamericana como la más desconcertante de todas las crisis que tuvo que padecer la región a lo largo del siglo. Desconcertante por lo inesperada, injustificada, profunda e inexplicada, y porque resquebrajó los nacientes consensos sobre el manejo económico, social y político de muchos países.



Inesperada porque América Latina acababa de sortear con éxito una prueba mucho más dura: la crisis asiática de 1997-98. Nadie esperaba que una declaración de moratoria en Rusia originara una secuencia de acontecimientos que llevarían a una crisis en Brasil y luego en muchos otros países sin ninguna vinculación de importancia con la acorralada economía rusa.



Injustificada porque, dígase lo que se diga, América Latina en su conjunto nunca había tenido mejores políticas macroeconómicas y estructurales, ni más seriedad en el manejo de los gobiernos. Que había espacio para mejorar muchas cosas, por supuesto. Que de todas maneras uno que otro país habría tenido una crisis, quién lo duda. Pero ni el FMI ha sostenido el argumento de que la crisis latinoamericana fuera culpa de nuestros defectos.



Profunda porque la región como un todo tuvo una contracción económica que actualmente se estima en 0,5%, porque cinco de las economías más grandes de la región tuvieron caídas de producción industrial comparables únicamente con las crisis de los años 30 u 80, y porque millones de latinoamericanos que estaban empezando a sacar la cabeza del lodo de la pobreza gracias a la expansión económica de años anteriores, vieron frustradas sus expectativas.



Inexplicada porque la globalización habría de traer beneficios y nuevas oportunidades, no incertidumbre y volatilidad, en especial cuando supuestamente habíamos aprendido las lecciones macroeconómicas de los 80.



Pero, sobre todo, costosa para el futuro económico, social y político, porque hizo girar nuevamente el péndulo ideológico hacia el populismo, el nacionalismo y el intervencionismo económico y resquebrajó el consenso que estaba fraguándose en muchos países acerca de la posibilidad de conciliar la ortodoxia económica con la responsabilidad social.



Quizá, sin embargo, en algún país la crisis de fin de siglo sea aprovechada como una oportunidad y recordada a la postre como la ocasión que obligó a aceptar finalmente las implicaciones de la integración financiera mundial, a reconocer el limitado alcance de las políticas monetarias y cambiarias nacionales, a reemplazar las políticas de protección al empleo por mecanismos efectivos de protección a los pobres, y a concentrarse en las reformas de las instituciones públicas para mejorar la capacidad de respuesta de las políticas económicas y sociales.
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