Opinión

  • | 2006/07/07 00:00

    La demostración

    La mayor contribución histórica de Uribe II será dejar demostrado que la guerra contra las drogas está completamente perdida.

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Me hubiera gustado usar la información de Cuentas Nacionales de comienzos de este año, que el Dane entregó hace unos días, para escribir sobre la coyuntura económica, calibrando las tendencias como harían, en parecidas circunstancias, otros economistas en un país normal. Pero Colombia dista de ser normal. Una de las cifras que más llama la atención en el nuevo informe del Dane, así la entidad haga lo posible por mimetizarla, es que en el primer trimestre de este año el "producto de los cultivos ilícitos" creció 7% anual.

No es que eso valga mucho, pues el Dane solo incluye como parte del "Producto Interno Bruto" la producción agrícola, no el valor agregado del procesamiento y la comercialización de las drogas. La producción agrícola de coca o de amapola guarda, respecto al precio del producto final en las calles de Nueva York, una relación aún más lejana que la del precio del café pergamino en la finca con el de la taza de café en Starbucks. Pero todo va de la mano: si la producción de los cultivos ilícitos aumentó ello implica más pasta de coca, más clorhidrato de cocaína, más exportaciones, más utilidades de los narcotraficantes. Lo notable es que ese aumento se presentó después de que hace unos años, a raíz de la primera elección de Álvaro Uribe, se declaró como inminente la victoria contra la droga, y menos de un año después de que el Plan Colombia 2019 pintara una Colombia libre de narcotráfico antes de tres lustros.

Antonio Caballero, que lo ha dicho tantas veces, tiene, nuevamente, razón en su más reciente nota de Semana donde señala que la guerra contra la droga está perdida. También la tiene cuando recuerda que los resultados de esa guerra han sido, todos, negativos: para el medio ambiente, por la forma como se tala cada vez más selva para reemplazar las áreas fumigadas, para el orden público por la forma como las ganancias del negocio ilícito financian las guerrillas y los paramilitares, por la corrupción generalizada. ¿Acaso la masacre de un cuerpo élite de la Policía antidroga por un grupo del Ejército, contratado por narcotraficantes, no es la mayor descomposición absoluta?

Nunca he dudado que la batalla mundial contra las drogas está perdida. Pensar que el consumo de drogas se acabará con la represión sería como creer que la prostitución se acabará con prohibiciones. Pero, para Colombia, tuve durante un tiempo dos débiles esperanzas. Una era que, debido a la represión, la producción se tornara tan costosa que acabara desplazándose a otros países. Ya no creo eso. Tenemos demasiada 'ventaja comparativa' en esa producción. Las drogas ilícitas son los únicos productos que Colombia podría seguir exportando con un dólar a $1.000, o menos. El costo de la represión que se requeriría para anular esa ventaja escapa a las posibilidades del presupuesto nacional, incluso con la 'ayuda' de Estados Unidos.

Mi otra esperanza era que las drogas industriales, tipo éxtasis, terminaran sustituyendo la cocaína de manera que Estados Unidos y los otros grandes países consumidores pudieran producir toda la que quisieran, acabando con el negocio en Colombia, como en su momento acabaron con el caucho y con la quina. Pero ya no creo eso. Hay demanda suficiente para todos. La producción de drogas industriales en los países desarrollados no acabará con los productos tradicionales, del trópico.

¿Cuáles son, entonces, las alternativas? En el pasado Caballero se ha burlado de quienes reconocemos la inutilidad y la fundamental estupidez de la represión pero nos negamos a considerar como una opción válida que Colombia legalice en forma unilateral el negocio de la droga y trate de regularlo. Pero en su más reciente nota, el columnista se aproxima bastante a explicar por qué la legalización no sería una opción viable. Dice que si el Presidente Uribe hiciera algo semejante sería metido en una cárcel como Saddam y el panameño Noriega. Cierto, pero creo que no solo el Presidente sino todo el país sería tratado de esa manera. La posibilidad de Estados Unidos de infligirle a Colombia más sufrimiento si escoge esa vía, y de dividir todavía más profundamente a los colombianos, está fuera de duda.

La lucha tradicional contra la droga está condenada al fracaso pero ni una pizca de los actuales costos económicos y sociales que hoy padece Colombia se evitaría si el país optara por una liberación unilateral. Me enfurece que tengamos que soportar esto, por una mezcla de estupidez, egoísmo e intereses externos e internos, pero es obvio que los argumentos no decidirán este asunto. Solo cuando un Gobierno tan dedicado, capaz y concentrado como el del Presidente Uribe haya fracasado por segunda vez (todavía no pienso que sea necesaria un tercer fracaso), y sepultado muchos más millones de dólares de 'ayuda' de la potencia, comenzará a aceptarse que la única solución efectiva es la legalización. Por ello me parece tan esencial, y en un sentido paradójico, tan 'promisoria', la nueva etapa de la lucha contra la droga, bajo Uribe II.
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