Opinión

  • | 1999/05/21 00:00

    La culpa es de Basilea

    En el fondo, los culpables de la crisis mundial son los países desarrollados.

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Una de las lecciones más repetidas en la política pública es la Ley de las Consecuencias no Planeadas. Una política se establece para solucionar un problema, pero algunas veces puede ser peor el remedio que la enfermedad. La experiencia más cercana fue la crisis financiera en Asia, Europa Oriental y América Latina que aparecen como casos clásicos de las llamadas Consecuencias no Planeadas. Aunque han responsabilizado por la crisis a la falta de gestión y manejo de los gobiernos en el mundo en desarrollo, parece que los verdaderos responsables de todo son los países del primer mundo.



Aunque los culpables están en Washington y en Basilea, las víctimas de la crisis siguen recibiendo "palo" como los responsables.



Para ser más precisos: lo que ocurrió es que las regulaciones bancarias en los países desarrollados precipitaron la crisis financiera de las economías emergentes.



La esencia de la reciente crisis se explica por el flujo de préstamos bancarios a los mercados emergentes entre los años 1993 y 1996 y por el hecho de que luego esos mismos capitales se "fugaron" de 1997 en adelante. Países como Indonesia, Corea, Tailandia, en Asia del Este o Brasil y Perú, en América Latina tuvieron la opción de pedir prestado en condiciones muy atractivas durante los primeros años de esta década, pero luego enfrentaron el pánico de esos prestamistas que retiraron los recursos y cortaron la financiación en el curso de los últimos tres años. Lo opuesto de los préstamos bancarios son el vértigo y la vacilación. De acuerdo con información del banco JP Morgan, la banca internacional les entregó a los 25 principales mercados emergentes cerca de US$100.000 millones en préstamos netos (valor de los créditos menos los repagos) en 1995, US$121.000 millones en 1996 y US$46.000 millones en 1997 y luego demandaron repagos netos de US$95.000 millones en 1998. En Asia emergente, el cambio brusco fue el peor: de préstamos de US$81.000 millones en 1996 se pasó a repagos netos por US$84.000 millones en 1998.



Si miramos las causas estructurales del problema, encontramos que las grandes fugas de capital se produjeron por dos factores relacionados: el primero es que gran parte de los préstamos internacionales eran de corto plazo. Por ejemplo, cerca de las dos terceras partes de los recursos de crédito que entraron a Asia fueron préstamos a menos de un año y con frecuencia el plazo era de menos de un mes. El segundo punto es que los bancos entraron en pánico en 1997: decidieron que tenían que salirse de los mercados emergentes porque todos los demás lo estaban haciendo y nadie quería ser el último en salir. Sabían que los países iban a entrar en una situación de insolvencia en el momento en que todos trataran de salirse al mismo tiempo. Lo malo es que, como los préstamos eran mayoritariamente de corto plazo, todos los bancos estaban en capacidad de "volar" muy rápidamente.



¿Por qué los préstamos eran tan de corto plazo y, por ende, los bancos tan propensos al pánico? Aquí es donde las Consecuencias no Planeadas jugaron un papel crítico. Bajo las regulaciones bancarias internacionales, dictadas por el BIS (Bank for International Settlements) con sede en Basilea (Suiza), los bancos tienen que mantener un nivel de capital adecuado: los activos de un banco (principalmente préstamos) no pueden ser más de 12,5 veces el capital. Sin embargo, por la forma como los activos se contabilizan, las regulaciones permiten que los bancos presten a otros bancos cuatro veces más al corto que al largo plazo. Es decir, el sistema mundial favorece el préstamo de corto plazo y desestimula cualquier negociación de largo plazo. Estas regulaciones parecen tener sentido para un banco individual. Los préstamos de corto plazo entre bancos son mucho menos riesgosos que los de largo plazo. Pero cuando todo el sistema internacional está enredado con el exceso de crédito de corto plazo, la economía mundial queda sujeta al pánico financiero. De esta manera, lo que tiene sentido para un banco, para el sistema mundial en su conjunto es muy riesgoso.



Cuando estalló la crisis financiera de Asia, a mediados de 1997, los países desarrollados y el Fondo Monetario Internacional (FMI) estaban listos para responsabilizar a las víctimas, los países acreedores. Dijeron que los países tuvieron un comportamiento inadecuado, cuando el verdadero problema era que el sistema internacional había creado un "castillo de naipes" en el que la montaña de préstamos interbancarios de corto plazo se derrumbó súbitamente, causando el colapso en los países deudores. Aún hoy por hoy subsiste el sesgo por el crédito de corto plazo y el tema no ha sido resuelto ni tratado por las autoridades en Washington o en Basilea y las víctimas de la crisis siguen recibiendo "palo" como los únicos responsables.



Unas palabras finales para las víctimas: aun antes de que el sistema internacional se arregle, una medida de autoayuda es posible. Los países deben limitar su exposición a los préstamos internacionales de corto plazo y así ser menos vulnerables a los súbitos y salvajes cambios del capital internacional.
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