Opinión

  • | 1999/07/02 00:00

    La crisis prolongada

    La debacle asiática está lejos de terminar. Colombia debería reducir su vulnerabilidad externa, así le cueste en términos de crecimiento, para aguantar el chaparrón que viene.

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Un año después de que Tailandia se vio obligada a flotar su moneda, el primero de julio de 1997, buena parte del Asia se encuentra sumida en una profunda recesión y el horizonte no está para nada despejado. Las cifras del primer trimestre de 1998 no podían ser peores (la disminución del PIB equivale al -5%). Las proyecciones para este años se han ido reduciendo sistemáticamente. Las más recientes indican caídas del PIB en Indonesia (-13,4%), Tailandia (-6,4%), Corea (-3,8%), Malasia (-1,7%), Hong Kong (-1,3%) y crecimiento inferior al 2% en Singapur y Filipinas, para un promedio regional cercano al 0%. Estas cifras corresponden a las denominadas "proyecciones de consenso", recogidas por JP Morgan. Sólo China y Taiwan mantendrían tasas de crecimiento decentes. El panorama es desolador: quiebras masivas en los otrora poderosos grupos industriales y grandes porciones del sistema financiero de los países en crisis están en la iliquidez o la insolvencia. La profundidad de la crisis es por lo menos similar a la de 1982/83 en América Latina. Los orgullosos tigres asiáticos que habían crecido a tasas mayores al 7% anual durante décadas, parecen hoy gatitos abandonados. No está nada claro cuánto tiempo les tomará recuperar su fortaleza.



La devaluación del yen amenaza con desatar una nueva ronda de devaluaciones en Asia.



Tres son las preocupaciones centrales. En primer lugar, la salud de la economía japonesa. Cada vez es más claro que la crisis asiática no se puede entender sin comprender lo que ha venido sucediendo en Japón. El PIB japonés creció apenas 0,9% en 1997 (cayó -0,7 en el último trimestre), la producción industrial cayó en 8,9% en el último trimestre de 1997 y 5,4% en el primero de 1998 y se espera una caída del PIB entre -0,5% y -1% en año completo. A su vez, el sector financiero japonés atraviesa una profunda crisis.



La crisis de Japón limita seriamente las posibilidades de recuperación del resto del Asia, comoquiera que recibía el 17,8% de sus exportaciones, con excepción de Hong Kong y Singapur (en 1997) y sus bancos mantenían el 32,4% del portafolio bancario extranjero en el resto de Asia. A su turno, la crisis del resto del Asia ha acentuado las dificultades que atraviesa la economía japonesa.



La continua devaluación del yen amenaza con desatar una nueva ronda de devaluaciones competitivas en la región. Las bolsas asiáticas, que venían recuperándose, han vuelto a caer en picada ante la renovada debilidad del yen y los anuncios de recesión en Japón, arrastrando consigo los precios internacionales de los productos básicos.



Por esas razones, Estados Unidos ha tomado cartas en el asunto, escalando el nivel de la discusión de la política económica y efectuando operaciones coordinadas en defensa del yen. Hace meses que el Fondo Monetario Internacional y las autoridades estadounidenses y europeas vienen pidiendo públicamente a sus contrapartes japonesas que intervengan en forma más decidida en la resolución de la crisis del sector financiero y que pongan en práctica una política fiscal expansiva. La incompetencia de las autoridades económicas japonesas ha sido tan manifiesta que hace unos días nadie descartaba la posibilidad de una crisis más severa en Japón, lo que haría parecer un juego de niños la actual crisis asiática. La intervención de las autoridades estadounidenses ha sido bien recibida por el mercado.



La segunda preocupación se refiere al hecho de que el carácter regional de la crisis y los estrechos vínculos comerciales de los países del área ­el comercio intrarregional representa más del 50% del total­ hacen difícil superarla mediante el crecimiento de las exportaciones, como se hizo en México y Argentina en 1995/96. Esta es una de las razones principales por las cuales la receta del Fondo, que funcionó bien en esos casos, no ha operado ahora. Es posible que la región tenga que asumir una política expansiva en forma coordinada si quiere superar la recesión en el corto plazo.



La tercera preocupación se refiere a la enorme dificultad que presentan los problemas de reestructuración masiva de las deudas internas y externas del sector real. El sector privado en estos países había incurrido en tasas de endeudamiento absurdamente altas y en riesgos cambiarios masivos. Esta es, tal vez, la mayor diferencia de la crisis del Asia con respecto a las crisis pasadas en América Latina y otra de las razones por las cuales la receta latinoamericana del Fondo no ha funcionado bien en Asia. No hay experiencia previa que ayude a resolver en corto tiempo un problema masivo de desequilibrios de plazo y moneda entre los activos y pasivos de una gran parte de las empresas de un país. Quienes están ayudando en estos procesos consideran que tomará varios años arreglarlos y restablecer el funcionamiento normal del sistema financiero.



Asia está en una recesión profunda y el horizonte no está para nada despejado.



En otras palabras, esto va para largo y no es seguro que lo peor haya pasado ya. Por tanto, y a pesar de que los flujos de capital han sido hasta ahora generosos con las economías latinoamericanas ­superaron entre enero y mayo los niveles del año pasado­, todas ellas, y Colombia en particular, harían bien en reducir lo más rápidamente posible cualquier factor presente de vulnerabilidad financiera externa, aunque ello signifique un menor crecimiento en el corto plazo. Este no es el mejor momento para tener grandes déficits en cuenta corriente y necesidades considerables de financiamiento fiscal.



El ex ministro de Hacienda Guillermo Perry trabaja en el Banco Mundial. Las opiniones que expresa en este artículo son estrictamente personales y no comprometen a esa entidad.
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