Javier Fernandez Rivas

| 12/14/2001 12:00:00 AM

La crisis perpetua

Un país tan rico como Argentina requiere especial obstinación, imaginación y energía de su gobierno para vivir en crisis permanente. Pero eso le sobra.

por Javier Fernandez Rivas

Ahora que repasamos lo que deja el 2001 sería injusto no mencionar el raro logro de Argentina, que consiguió entrar a buen paso al cuarto año de su crisis económica. Eso no es cualquier cosa. Lo normal es que las crisis por exceso de deuda externa y desajustes cambiarios se superen rápido, después de una fiebre intensa. Pasó en México, después del tequila de 1994-95. Pasó en Corea, tras sus crisis de 1997-98. Pasó en Rusia, después de su colapso del segundo semestre de 1998. Pasó en Brasil, tras el abandono de la banda cambiaria en 1999. Incluso pasó en Ecuador, tras su megadevaluación de 1999 y la posterior dolarización. Pero no en Argentina. Desde finales de 1998 ese país viene sumido en una crisis económica que no hace sino empeorar.



Como se sabe, para eliminar la inflación el gobierno de ese país decidió hace una década adoptar, por ley, el ancla cambiaria fijando, "para siempre", una relación de 1:1 entre el peso argentino y el dólar y atando la cantidad de dinero a sus reservas internacionales. La inflación desapareció, pero todo lo demás se volvió inestable. En adelante fue la cola la que meneó al perro. Los desequilibrios económicos fueron acumulándose y, como los mercados no atienden razones legales, con el paso del tiempo se hizo necesario defender la convertibilidad con un mayor activismo económico, hasta desembocar en el frenesí normativo de las últimas semanas.



Primero fue el "blindaje" con créditos del FMI a Argentina para apoyar la convertibilidad. Luego, desde finales de 1998, la recesión, para tratar de mantener, sin una modificación suficiente de los precios relativos, un superávit comercial para poder seguir sirviendo la deuda externa que, debido a los incentivos implícitos en la convertibilidad, había explotado. Después, trabas y más trabas al comercio hasta acabar con el Mercosur, que llegó a ser considerado el experimento de integración más exitoso entre países en desarrollo. Más adelante, un exorbitante impuesto al cheque y otras maromas tributarias para compensar la pérdida de recaudos por la recesión. Finalmente, la procesión de este año: cambio diferencial para importaciones y exportaciones, "megacanje" de la deuda interna, "canje voluntario" de la deuda pública, controles a las tasas de interés, limitaciones a los retiros de efectivo de la banca, asalto fiscal a los fondos de pensiones.



Hoy ya se acepta en todo el mundo lo que hace unos meses todavía muchos se obstinaban en negar: el "default" sobre la deuda pública es inevitable, y la convertibilidad está muerta. La única discusión es si el "default" irá acompañado de dolarización a partir de la actual convertibilidad, o si la dolarización vendrá precedida de una maxidevaluación, como en Ecuador (250% en 1999), o si habrá flotación cambiaria, como en Rusia.



La experiencia de México, Rusia, Corea y Brasil muestra que la devaluación dista de ser la catástrofe que suelen pintar los eventuales perjudicados directos. El caso de Rusia es de especial interés porque hace tres años esa economía estaba desahuciada y hoy, con flotación cambiaria, va viento en popa, con una inflación muy tolerable y un crecimiento promedio del PIB de más del 6,5% anual desde 1998.



En principio, dada la inevitable relación de Argentina con Brasil, que no dolarizaría ni muerto, y la asimetría de los choques de balanza de pagos de Argentina y Estados Unidos, la flotación cambiaria sería lo más apropiado para Argentina. Pero en los últimos años, con una deliberación criminal, las autoridades de ese país fueron colocando minas quiebraempresas en la vía de la flotación, haciendo que se elevaran mucho los costos y traumatismos iniciales de una eventual devaluación y que se redujera su eficacia como correctivo. Incluso hace unos días prohibieron que los bancos volvieran a conceder créditos en pesos. Solo si se produce una estampida podrá atravesarse ese campo minado dejando, de todas maneras, muchas víctimas en el camino.



Pero, teniendo en cuenta los antecedentes tampoco parece probable que Argentina escoja la opción ecuatoriana de dolarización tras una maxidevaluación. La tentación de adoptar la dolarización a partir del actual tipo de cambio, sin abaratar previamente, en dólares, los activos argentinos, ni mejorar la competitividad de sus exportaciones, es casi irresistible para un país que ha hecho una cuestión de orgullo nacional de no devaluar frente al dólar, en contraste con países y regiones menos soberbios, como Japón, la Unión Europea y México. Quisiera estar equivocado pero creo que en el 2002 Argentina seguirá estableciendo nuevos récords mundiales de recesión autoinfligida.
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