Opinión

  • | 1995/01/01 00:00

    La ciudad y sus colegios

    La idea es que los niños pasen cuatro horas al día en un bus. Eso se llama estimulación temprana. Los colegios quedan cada vez más lejos.

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Bogotá es una ciudad insensata por muchas razones y especialmente por la manía de destruir edificaciones buenas para hacer otras. Y no sólo casas y edificios, sino barrios enteros, como si no tuviéramos mejor manera de gastar la plata, porque ¡oh paradoja!, despilfarrar inmuebles en buen estado es un magnífico negocio para los propietarios. Claro que esa ganancia sale del bolsillo de todos los contribuyentes porque al cabo de unos años la ciudad, con impuestos, tiene que adecuar las vías y las redes de servicios para atender la densificación.

Y una vez que alguien tumba la primera casa en cualquier barrio, todos tienen que hacer lo mismo porque la zona se vuelve envidiable.

Pero este fenómeno de "reciclaje" tiene su más absurda expresión en el traslado de los colegios. Es especialmente estúpido que hayamos permitido que, por motivos estrictamente económicos, se lleven a nuestros hijos a estudiar a más de dos horas diarias de bus. Parece de locos. No tiene sentido que los niños se pasen el 30% de su tiempo escolar (dos horas de bus para seis de instrucción) disfrutando del tráfico bogotano. ¿Será que eso es lo que llaman "estimulación temprana"? Y a nadie se le ha ocurrido poner un betamax en los buses, como en cualquier flota, para mostrarle videos culturales a los niños.

Y no es solamente el tiempo y el estrés, ¿qué tal el costo?: gasolina, mantenimiento, conductores y acompañantes por cuenta de los padres, y también, por cuenta de todos los ciudadanos, nuevas vías y más congestión en las actuales, ¿quién no se ha dado cuenta, por el tráfico, cuando empiezan las vacaciones? Valdría la pena calcular el costo de esa inútil migración diaria que no beneficia a nadie. ¡Y pensar que en todos los países ricos se dan mañas para que los niños vayan al colegio a pie o en bicicleta! A los gringos les toca hacer lo mismo que a nosotros, porque, en aras de la integración racial, llevan los niños negros a los barrios blancos y viceversa, pero a nadie se le ha ocurrido, por ejemplo, sacar de Manhattan el colegio Marymount, que queda sobre la 5a. avenida, en un lote que debe valer millones de dólares y trastearlo a dos horas en "subway".

Pero tal vez la parte más dañina del fenómeno es el doble impacto negativo en la ciudad. Al sacar los colegios no solamente desaparece uno de los elementos indispensables para que una zona sea residencial, sino que donde estaban antes dejan un hueco (literalmente, en el caso del colegio de las monjas en la 72 con 7a)., que se llena con edificios para actividades menos amables, más densas y que prescriben de las zonas verdes deportivas de los colegios, ¿no era mucho mejor, a pesar de los indudables méritos del Centro Andino, un colegio en ese sitio, sin la horrible congestión que tenemos ahora, o el Cervantes donde hoy está el Centro 93? ¿Y qué tal la catástrofe que sería para la ciudad que alguien lograra sacar el Gimnasio Moderno y llenar de torres ese lote? Pero además generan, donde llegan, un gran problema 'urbano: todos los colegios que se van al norte buscan un potrero barato, a la vera de un camino destapado, donde no hay ciudad, ni servicios, ni vías, ni transporte público y se establecen de cualquier forma, creando un pie forzado para la urbanización futura e invitando con su presencia al desarrollo irregular de la zona. Hay casos dignos de mención: el Gimnasio del Norte está construyendo su nueva sede a la altura de la calle 200, justamente encima del trazado de la futura avenida Boyacá, sin que nadie se preocupe y creando un futuro tapón vial que algún día será causa de que se traslade más al norte, y otro que se gana el premio de la estupidez: el Distrito construyó el Colegio Rodrigo de Triana encima de la futura avenida El Tintal, en el barrio de ese nombre. Acerca de éste último sobran los comentarios pero, en ambos casos, ¿cuál alcalde va a poner la cara cuando tengan que construir las vías?

Y Medellín, que ahora es ciudad modelo, cayó en la misma trampa, pues para que los niños pasen dos horas en un bus tuvieron que trastear el Columbus School y el Teodoro Herzl a Las Palmas. Allá los estimulan con las curvas de la carretera.



¿Por qué se da esta insensatez?



Porque los vecinos dejan que les impongan el "cambio de uso" de los colegios de barrio sin levantar un dedo, los padres de familia se resignan a que sus hijos se pasen la mitad de la vida en un bus sin cuestionar el desperdicio de tiempo y, sobre todo, porque a las autoridadades les importa un pito que los colegios se vayan. Costó Dios y ayuda, palancas y litigios, lograr que el IDU no partiera en dos el Colegio Helvetia para pasar por encima la avenida Boyacá. El colegio estaba ahí desde hace 40 años, antes de que alguien se soñara con la avenida, pero como el plan vial lo hicieron sin mirar la ciudad, cuando tocó hacer la avenida los funcionarios trataron por todos los medios de convencer a los suizos de trasladar el colegio mucho más al norte, tentándolos con otorgarles permisos para construir comercio o vivienda en el lote actual. Menos mal que ellos no iban tras el negocio.

Todavía hay muchos colegios que milagrosamente permanecen en su lugar y ojalá se queden ahí, pero es necesario encontrar mecanismos para que éstos y los que ya se han trasladado, no cambien más de sitio o, por lo menos, para que si se van los reemplace otro colegio. Lo ideal sería prohibir los cambios de uso, pero eso es utópico en esta ciudad de serruchos e influencias y además aquí cambian los criterios y las normas cada vez que cambian los funcionarios. Tal vez el único sistema efectivo es con plata, porque esa es la verdadera motivación de la migración, y un camino sería exonerarlos del impuesto predial -lo que no debe ser gran sacrificio fiscal para el Distrito- con la condición de que se queden, y cobrárselo retroactivo y con la tarifa más alta e intereses si cambian de uso. El valor inmobiliario de las tierras depende precisamente de su uso comercial y ¿quién le compraría el lote a un colegio si tuviera que pagar 30 años de predial o si tuviera que poner otro colegio? Y además, los colegios cuya verdadera misión es la educación y no los negocios quedarían tranquilos en sus lotes sin tener que subir las pensiones para pagar los prediales.

¿Será que esta idea le cae en gracia al próximo Moko-gobierno distrital, que fue elegido por su promesa de educar a los bogotanos?
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