Opinión

  • | 2010/04/16 12:00

    La China se resiste

    China no cederá a las presiones para que aprecie su moneda, aunque quiera dar la impresión contraria.

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Una verdadera campaña internacional liderada por Estados Unidos está empeñada en conseguir que China revalúe su moneda. Si el renminbi es más costoso, lo serán todos los productos chinos y esto mejorará la competitividad de los sectores industriales de los demás países. También ayudará, supuestamente, a corregir los grandes desequilibrios macroeconómicos mundiales, que se originan en los enormes déficits externos de Estados Unidos y algunas otras economías desarrolladas, y cuya contraparte está parcialmente en el superávit de China (Alemania y Japón tienen superávits más grandes). Como consecuencia, Estados Unidos dependerá menos del financiamiento chino, y China desperdiciará menos recursos en acumular reservas internacionales.

Para las economías latinoamericanas, la posible apreciación del renminbi sería beneficiosa en el corto plazo, pues haría más apetecibles para los chinos los productos básicos que exporta la región y haría más competitivos en otros mercados las manufacturas de México y Centroamérica, principalmente, que hoy se ven a gatas frente a los bajos precios de los productos chinos.

En apariencia bastaría que Beijing liberara el tipo de cambio para que el mundo saliera definitivamente de la recesión y diera un gran paso hacia la estabilidad económica y el crecimiento sostenido. Pero Beijing tiene buenas razones para resistirse, empezando por la historia. Hace dos siglos, China era, de lejos, la economía más grande del mundo, tenía un enorme superávit externo y contaba con el grueso de las reservas mundiales de plata, que España y Portugal habían expoliado durante siglos a las colonias latinoamericanas y que terminaron siendo utilizadas por las élites europeas para adquirir las sedas, las porcelanas, los muebles y otros lujos de origen chino.

Armada con la ideología del libre comercio, Inglaterra emprendió en 1839 una guerra contra China para obligarla a adquirir el opio producido en sus colonias de la India y, de paso, hacerse al botín de plata. Le siguieron, como hoy a Estados Unidos, los demás gobiernos occidentales en busca de negocios y metálico. China fue vencida en forma humillante tres años más tarde, su economía ya debilitada por razones internas se vino abajo y su importancia dentro de la economía mundial decayó hasta un nivel casi insignificante a mediados del siglo XX.

Esta vez Beijing no permitirá nada que reviva esa humillación. Ha anunciado que su política cambiaria seguirá tres principios: toda reforma será controlada, se hará solo por iniciativa de Beijing y ocurrirá en forma gradual. China tampoco quiere un enfrentamiento comercial y, por eso, ha querido dar la impresión de que está cediendo, al sugerir una posible ampliación de la banda de flotación del renminbi.

Pero más allá de las susceptibilidades históricas, China tiene razones económicas para resistir la presión. La principal es que la apreciación del renminbi reduciría el crecimiento económico y la generación de empleo, que depende crucialmente de los sectores industriales. Temporalmente, la apreciación le daría un empuje a los sectores no comercializables, como la construcción, pero este sector ya está suficientemente recalentado. También podría estimular los sectores de servicios, pero esto depende mucho más de que el gobierno amplíe la oferta de servicios de salud, educación y recreación y de que establezca un sistema de seguridad social que le dé confianza sobre el futuro a las crecientes clases medias.

Otra fuente de temores es que flexibilizar el renminbi sea la antesala para liberar las restricciones a los movimientos internacionales de capitales, como lo desearían Estados Unidos y los grandes inversionistas mundiales. Mantener controlada la cuenta de capitales le permite al gobierno chino utilizar a su discreción y remunerar muy poco el elevado ahorro doméstico (cada año se ahorra más del 50% del ingreso nacional). Además, sin movimientos de capitales, China está bastante protegida de eventuales crisis financieras mundiales, que Occidente ha demostrado no poder evitar. La rigidez del tipo de cambio y los controles de capitales no permitirán que el renminbi llegue a ser rápidamente una moneda de reserva internacional, pero China no tiene afán en hacer realidad esa aspiración.

Los ajustes graduales que China ha prometido quizás sean lo más deseable para el crecimiento y la estabilidad globales. El riesgo más grave para la economía mundial en este momento no es que China continúe manipulando su tasa de cambio, sino la reacción de Estados Unidos a esa situación, pues los políticos de este país necesitan demostrarle al electorado antes de las elecciones parlamentarias de noviembre que están haciendo algo para reducir el desempleo. Nada más fácil que echarle la culpa a la China por los empleos perdidos en los sectores industriales, ni solución más expedita que imponerle restricciones a las manufacturas chinas. Pero eso arriesgaría desatar una guerra comercial que podría ser más nefasta que la del opio.

Nota: el autor está vinculado al BID pero se expresa a título personal.

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