Eduardo Lora

| 12/7/2001 12:00:00 AM

La carrera tecnológica

Para América Latina, ahora viene la parte más empinada de la carrera tecnológica.

por Eduardo Lora

América Latina no está rezagada en la carrera tecnológica. En muchas otras áreas de la competitividad, los países latinoamericanos suelen quedar en posiciones muy bajas para sus niveles de desarrollo. No es el caso de las nuevas tecnologías de la información. Aunque las brechas con los países desarrollados son enormes, América Latina es la región líder en el mundo en desarrollo en número de computadores o en servidores de internet per cápita, incluso ligeramente por encima de los países del Sudeste Asiático.



Varios factores han contribuido a la rápida adopción de las nuevas tecnologías de la información. América Latina goza hoy de suficiente libertad de mercado para recibir la influencia de las nuevas corrientes tecnológicas y para importar los equipos con agilidad. Las élites empresariales de la región tienen altos niveles de educación y cuentan con la apertura mental suficiente para reconocer las ventajas del cambio tecnológico. Los sistemas de telecomunicaciones de la mayoría de los países se han renovado y ofrecen la plataforma básica de servicios que se requiere para operar las nuevas tecnologías de la información.



A pesar de todas estas buenas razones, no es claro que América Latina esté en capacidad de seguir avanzando igualmente rápido en el futuro. Una cosa es que las élites profesionales y las grandes empresas aprendan a aprovechar las posibilidades de la informática. Otra muy distinta es que los computadores e internet lleguen a ser herramientas diarias de trabajo del pequeño empresario o de la gran masa de trabajadores independientes de la región. Los obstáculos son numerosos. Las élites pueden tener mucha educación e información, pero el trabajador latinoamericano promedio cuenta apenas con unos 6 años de escolaridad. Los sistemas de entrenamiento de la región, que deberían ser el mecanismo de actualización tecnológica para el grueso de los trabajadores, están a la zaga de los avances en el resto del mundo. Entidades como el Sena carecen de los incentivos para el liderazgo tecnológico porque gozan de una renta vitalicia, como los impuestos a la nómina con los que se financian, y porque no tienen mayor competencia.



La renovación tecnológica de las pequeñas empresas tropieza además con el obstáculo que representa la falta de acceso al crédito, especialmente en los países donde los bancos prefieren no prestarles, porque encuentran difícil la recuperación de las garantías en el evento de incumplimiento, o porque temen que los gobiernos actúen en forma populista a favor de los pequeños deudores.



Por último, están los obstáculos de los gobiernos a la creación de empresas. El peor caso es Colombia, donde hay que completar 17 trámites para operar. Esto deja sin efecto la posibilidad de que las nuevas empresas sean una fuente importante de renovación tecnológica, como ocurre en los países desarrollados.



Ahora viene el tramo más empinado de la carrera tecnológica. Para superarlo no se necesitan subsidios a la producción de computadores ni a la industria de la informática. Se necesita que los gobiernos se concentren en problemas fundamentales: descentralizar y renovar los sistemas de entrenamiento, dar protección legal a los bancos para que les resulte atractivo ampliar el acceso al crédito y eliminar los obstáculos a la creación de empresas.
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