| 7/1/1995 12:00:00 AM

La capital del minifundio mental

La capital del minifundio mental

Bogotá es el ejemplo patético de la estrechez mental de los gobernantes colombianos y los pueblos que los eligen.

por Le Courvoisier

Colombia dista mucho de se, una nación ejemplar: somos un pueblo de bárbaros que se matan unos a otros es cualquier trivialidad, la envidia es una de las características más sobresalientes de nuestro comportamiento social, nuestro egoísmo a ultranza es causa de muchas desgracias, como el caos del tráfico (o si no, ¿por qué las calles se atascan por el "yo no me dejo"?) y nuestro admirable espíritu empresarial florece en los negocios más reprobables. En fin, cómo es de cierto el viejo chiste de que Dios, al crear el mundo, decidió compensar nuestras riquezas naturales con las habitantes que nos endilgó.

Y dentro de este dechado de virtudes, hay una que a veces pasa inadvertida: nuestra incapacidad ancestral de pensar en grande. Sufrimos de microcefalia aguda y así hemos construido nuestras ciudades. ¿Qué abismo mental nos separa, por ejemplo, de los mexicanos, para que la concepción urbana de Ciudad de México sea tan distinta de Bogotá?, ¿será la herencia de los chibchas y de la patria boba en lugar de los emperadores aztecas y de Maxlmiliano- lo que explica la mediocridad de nuestra capital? ¿O será que tenemos una mente estrecha por haber vivido siempre en un pueblito de calles igualmente estreches? Fue un desastre que los de nuestra clase dirigente se enclaustraban en La Candelaria y gastaran la poca plata en guerras y guerritas sin ton ni son, en vez de pensaren grande y construir ciudades como México o Buenos Aires, porque la generosidad y belleza del espacio público generan cultura ciudadana, sentido de pertenencia y orgullo de la ciudad.

Pero lo más tonto es que seguimos igual. No estamos planeando la ciudad futura con avenidas generosas y zonas verdes amplias y gratas y los ricos siguen apeñuscándose en barrios como Los Rosales, -que fueron amables y hoy son una selva de ladrillo-, tumbando casas para hacer edificios, en lugar de desarrollar nuevas áreas, generosas y bien planeadas como se hizo en décadas pasadas en barrios como el Retiro. Porque el asunto de la ciudad futura, la que debemos Planear Y construir en los próximos 10 años, tenemos que abocarlo ya. Bogotá crece algo así cromo un Cali cada 6 años, y en vez de organizar ese nuevo desarrollo, nuestros insignes planeadores siguen aferrados a la idea de que el actual perímetro urbano no se debe ampliar, logrando simplemente que le ciudad crezca por encima de las barreras legales sin control alguno.

Y ese minifundio mental también es físico, porque la ciudad ahora se desarrolla en parcelitas, Baste comparar las urbanizaciones de los años 50 y 60 con las de ahora; entonces eran más grandes-50 hectáreas como mínimo- y antes de llenarlas de casas se construían toda, las calles y parques. ¿Quién no recuerda la calle 100 totalmente terminada en medio de potreros vacíos? Y lo peor del cuento es que el absurdo de planear y edificar la ciudad por pedacitos tiene una base legal. Resulta que aquí, a diferencia de la mayoría de los países del mundo, el dueño de un lote, pequeño, grande, puede pedir permiso para urbanizarlo sin contar con los vecinos.

El Distrito le aplica a cualquier terreno las mismas reglas del juego, sin que importe su tamaño. El efecto es fatal: los invito a visitar cualquier barrio de Bogotá construido en los últimos 20 años con la honrosa excepción de Ciudad salitre- para ver que los minifundios rurales de cada dueño se urbanizaron en pequeños proyectos que hoy son un desastre urbano. Cada uno tiene 10 o 20 casas y un parquecito infeliz, no hay calles continuas porque cada conjuntivo simplemente desemboca al antiguo camino rural y las mas están a medio hacer. Y esto se puede ver en cualquier barrio al norte de la calle 140 y en la mayoría de los nuevos barrios del sur.

El futuro pinta peor, porque no hay ninguna norma que, como en cualquier ciudad seria, fije un tamaño mínimo de urbanización y fuerce a los propietarios de lotes adyacentes a ponerse de acuerdo. No ha existido nunca esa mama, pero en el pasado, por pura suerte, los terrenos aledaños a la ciudad eran de latifundistas como don Pepe Sierra o don José Joaquín Vargas, y por eso hay barrios como El Chico o El Salitre- Y se va a perpetuar el engendro pues como las no mas de la CM permiten la parcelación de predios rurales en las goteras de la ciudad, hoy las haciendas vecinas se están fraccionando y en unos años serán barrios como Cedritos.

Nuestra microcefalia se ve en todo: un ejemplo de tacañería y estupidez es' la intersección de la calle 100 con carrera 15. Decidieron construir sólo el tonel de la carrera 30, la que llaman NQS (¿Nunca Quedará Servible?) y omitir el puente; y cuando terminen la obra todos los ciudadanos se llevarán tamaña sorpresa al descubrir que la antigua glorieta de la pagoda seguirá igual, con la 100 y la 15 a nivel y con el mismo tranzón. Pero además, el genio que diseñó la intersección no cayó en cuenta de que la única esta que no debía enterrarse es la 30, porque a su vera va el ven que se queda en la superficie. De tal manera que allí tendremos paso a nivel, trancó y accidentes "peromniasaesculasxculorum".

En muy buena parte el problema es de planeación. Desde hace 30 años nuestros planeadores, al Igual que sus homónimos mecánicos, andan por las nubes dictando miles de normas fue sólo cumplen los pocas que se someten a ellas- y que no han tenido ningún efecto en el desarrollo descontrolado de la ciudad. A esos planeadores hay que aterrizarlos para que se dediquen a encauzar, con pragmatismo y sensatez, el inevitable crecimiento de Bogotá. Si los ciudadanos no tomamos cartas en el asunto, vamos a terminar con una ciudad tan grande como México y tan inhóspita y despelotada como la que hoy tenemos.
Publicidad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.