Opinión

  • | 1997/03/01 00:00

    La calentura en las sábanas

    Con tanta mentira oficial, ya nada escandaliza a los colombianos.

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Cuando los países atraviesan por momentos difíciles y todas las fuerzas negativas parecen conjugarse contra la estabilidad y el progreso, es precisamente cuando se requieren gobiernos fuertes y decididos que, aún a contrapelo de muchos, tomen las medidas necesarias para superar la crisis. Y el primer paso para lograrlo es llamar las cosas por su nombre y atacar las verdaderas causas de los problemas. Pero frecuentemente los mandatarios, por débiles o por despistados, o por salvar su pellejo, o porque su objetivo no es el bienestar de la nación sino su propio interés personal, engañan al pueblo y a veces ellos mismos se creen sus propias mentiras, buscando la calentura en las sábanas. Y éso ha ocurrido a lo largo de la historia; siempre ha habido gobernantes que han llevado a sus naciones al desastre, con el expedito sistema de buscar los problemas donde no están, e inclusive inventarlos. Muchos reyes y emperadores, presidentes y dictadores, en la antiguedad y recientemente, propiciaron guerras terribles para desviar la atención de los problemas reales, y todos en un momento u otro de su mandato, endilgaron la culpa de los males a las víctimas y no a los causantes.



Pero si este sistema no es exclusividad de Samper y sus alegres muchachos, ellos sí lo han llevado a niveles pocas veces vistos en nuestro país. Desde el momento de su elección, y aún desde antes, don Ernesto se ha distinguido por echarle la culpa a los afectados, y con tanta habilidad, que ha convencido a muchos. Sería prolijo -y aburrido- hacer un recuento completo de esas hazañas: todo el malhadado proceso 8.000 es una muestra de ello; desde que le echó la culpa a Pastranita, quien sólo divulgó los narcocasetes, hasta la farsa final del proceso de preclusión, donde según él, quienes lo acusaban, en el Congreso y en la calle, eran los culpables. Vendió la fábula de que la oposición no era de ciudadanos indignados por la infiltración dineros sucios y los indicios de componendas con los narcos, sino una confabulación de neoliberales reaccionarios que se oponían a su programa en favor de los pobres; y muchos se comieron el cuento. Y así hemos seguido durante dos años, cada vez que se presenta la ocasión, el gobierno busca la causa de cualquier problema donde no está y aplica la solución que no es. Miremos unos ejemplos recientes.



Nuestra Colombia actual es uno de los pocos países donde tener una moneda fuerte y un ingreso de capitales extranjeros es una tragedia nacional. Aquí se mira con espanto el crecimiento rápido de las reservas internacionales y se toman medidas drásticas para impedirlo, cuando el problema real no es ése, es la inflación. Lo grave no es que todavía queden inversionistas, nacionales y extranjeros que quieran traer recursos para apostarle a Colombia, sino que el gobierno siga despilfarrando la plata, sin que siquiera llegue a los pobres, como lo prometió, y aumentando el déficit fiscal. Y en este caso el costo del remedio le cae a las víctimas, pues le ponen impuestos a los empresarios que buscan endeudarse en dólares para financiar sus expansiones por las absurdas tasas de interés locales, en buena parte causadas por los márgenes de intermediación más altos del mundo (ver las utilidades del sector financiero en el 96), mientras la mayoría de las divisas las ha traido el mismo gobierno -como lo reconoce el Minminas- para financiar con la plata de las privatizaciones y de las ventas de petróleo la creciente burocracia estatal y los favores prometidos. Y nos dicen, sin ruborizarse, que esos dólares son para los pobres, para el anunciado "Salto Social", que está resultando no ser social sino clientelista y sí ser salto, pero al vacio.



Y así mil casos. Descubren que el señor Mauss estaba haciendo travesuras para la Siemens en la licitación de la Registraduría, y en lugar de eliminar a esa firma, declaran desierta la licitación. Otro caso en que las víctimas, los otros proponentes que no estaban manipulando la licitación, terminan pagando el pato, al quedar tan eliminados como la Siemens. Y en cambio, a los que sí parecen responsables, no les pasa nada, ¿cómo es que el ministro del Interior se hospeda en la casa de Mauss, visita la Siemens con él, tiene su primo en la Registraduría y lo único que pasa es que renuncia el otro Serpa?



Y hasta los áulicos del gobierno contribuyen con ideas novedosas. Llevamos dos años de creciente desprestigio internacional, con recriminaciones y descertificaciones, causadas por nuestra cada vez más evidente narcodemocracia, -y por el fariseísmo de los gringos que no miran la viga en su propio ojo- y en reciente columna don D'Artagnan nos informa que esa mala imagen del país se debe exclusivamente a unos colombianos apátridas que viven en el exterior, que no tienen nada que ver con el gobierno, ni con los narcos, ni capacidad alguna de acción, pero que, según él, son los causantes de que el Congreso norteamericano nos descertifique. Nada tuvieron que ver Samper, ni Serpa, ni Carlitos Lleras, ni Rodrigo Pardo, ni los Rodríguez y Perafanes, ni el elefante. Y ahora vamos para el debate de los derechos humanos, donde seguramente resultarán culpables los soldaditos secuestrados.



Y así, en todos los casos, ocurre lo mismo. Si no lo creen, escuchen cualquiera de las intervenciones del señor presidente y prepárense para oir, después de la próxima descertificación, que los responsables son los empresarios de la reciente misión a Washington, o los periodistas, o la Fiscalía, o don Hernán Echavarría y que a pesar de gringos y "conspis" el país va maravillosamente bien. Seguramente, para desviar la atención otra vez, se inventará otro hallazgo petrolífero tan falso como el de Coporo; Dios quiera que no terminemos, por el sistema de buscar los problemas donde no están, en guerra con Venezuela o con Nicaragua.



Pero todo esto nos lo merecemos por elegir un presidente que, como dirían las señoras, cuando dice mentiras no se pone colorado.
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