Opinión

  • | 2008/12/09 00:00

    La búsqueda de la verdad

    Cada problema del país puede ser explicado en una forma circular: lo que se presenta como causa es simultáneamente efecto del mismo mal, y así se reproduce indefinidamente.

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Los códigos, en derecho, dicen que para llegar a la verdad de un caso es necesario evaluar el mérito de cada prueba; es decir, de cada elemento en forma aislada, pero que para poder sacar una deducción correcta se debe apreciar el conjunto de ellas.

Para entender lo que podríamos llamar 'los males que sufre la patria' se debería hacer lo mismo.

Se explica el narcotráfico por el culto por el dinero fácil; pero a su turno se dice que esa tendencia nace del mal ejemplo de esa actividad.

Se explica la existencia de una guerrilla por la pobreza o por la exclusión que caracteriza la vida de muchos colombianos; pero al mismo tiempo se reconoce que esa insurgencia es un obstáculo para el crecimiento y para el desarrollo del país.

El paramilitarismo nace para confrontar a una guerrilla que extorsiona a los terratenientes e impide a los dueños de fincas viajar a ellas; pero la subversión se auto justifica en que los privilegios de estos son indebidos y en que son explotadores de quienes no tienen esa condición.

Los corteros, los indígenas o quienes realizan movimientos protestatarios salen a manifestarse porque consideran que son maltratados y no se tienen en cuenta los compromisos a los que la sociedad está obligada con ellos; pero quienes están en contra de esas protestas las ven es como agitación de los 'terroristas' o de los políticos de la oposición.

El ejército siente que se sacrifica y lucha por el bien de la patria, pero los jueces encuentran que los actos que desarrollan pueden estar acabando con los valores que ella supone defender.

El ciudadano a quien su ingreso no le da para sus necesidades lleva sus ahorros a donde espera obtener un mayor rendimiento, aun a sabiendas de que eso implica un mayor riesgo; pero los noticieros y los medios de comunicación califican de ingenuos a quienes a eso juegan, y culpan a los promotores de las pirámides de que ellas existan.

Los 'comunicadores' juran que solo sirven y reflejan a la opinión pública; pero cualquier analista sabe que son ellos el principal poder, y que como tal son quienes forman esa opinión para servir sus propios intereses o convicciones.

Cada problema del país puede ser explicado en una forma circular: lo que se presenta como causa es simultáneamente efecto del mismo mal, y así se reproduce indefinidamente.

Además, se podría establecer una cadena en la que, por ejemplo, el marginamiento y la pobreza crean la subversión contra el Estado, a lo cual los afectados responden con el paramilitarismo, y este, para financiarse, se asocia con el narcotráfico, por lo que el Estado tiene que reaccionar enfrentándolos a todos, terminando en que 'en una guerra irregular las reglas tienen que ser flexibles', con lo cual la legitimidad de las instituciones se desdibuja, lo que justifica más la insurgencia de aquellos a quienes el sistema no atiende, y así indefinidamente.

Una verdadera visión de conjunto lleva a conclusiones más claras: todas estas relaciones se retroalimentan y se explican las unas con las otras porque giran alrededor de un mismo problema, y es simplemente que tenemos una organización social que produce todos esos fenómenos. En otras palabras, la posibilidad de salir de estos círculos viciosos está en reconocer la necesidad de cambiar nuestros modelos actuales y para ello la condición y el vehículo es una nueva visión de la función del Estado, para que promueva ese cambio y no trabaje a favor del sistema bajo el cual vivimos.

Lamentablemente, cumplimos ya 23 años desde el momento en que se aceptó la doctrina de 'la defensa de las instituciones' a cualquier costo, con motivo del ataque del M19 al Palacio de Justicia. Desde entonces, no solo se ha logrado que no se conozca la verdad respecto a las barbaridades cometidas entonces (todo ha sido esclarecido, mas no divulgado y menos sancionado, mostrando un 'propósito de enmienda' por parte de quienes controlan la sociedad) sino que se ha consolidado la idea de que no enfrentamos la guerrilla por incurrir en el delito de utilizar la vía armada, sino porque de acuerdo al nuevo vocabulario son 'enemigos de la Patria': lo subversivo sería la propuesta, no el camino seguido. El principio de que es igual de legítimo buscar el cambio de las instituciones (o ahora de los modelos que se aplican), y que lo indebido es buscarlo por la violencia, ha sido reemplazado por la idea de que lo indebido es buscar el cambio y que por eso es legítimo ejercer cualquier nivel de violencia por parte del Estado para impedirlo (el 'todo se vale').

No se busca un diálogo de paz porque esto implica negociar cambios; no se aceptan acuerdos humanitarios porque se reconocería a la guerrilla una vocería que parece inaceptable; no se busca la verdad profunda -la de que tenemos una sociedad mal organizada- y se oculta la verdad coyuntural -la de falsos positivos o la del fracaso en las guerras contra la droga o contra la pobreza- bajo declaraciones fantasiosas y mentirosas de los altos funcionarios porque, de reconocer la realidad, la primera conclusión sería que Colombia necesita un gran cambio o, lo que a los ojos de quienes hoy se benefician de la situación existente equivaldría a una revolución.

Quien propone explicaciones a estos problemas pero no acepta como inicio de solución la necesidad de ese gran cambio, encuentra una respuesta fácil en la 'corrupción'. De esa manera se dice que no es nuestra organización social la que está mal, sino unos miembros que son 'manzanas prohibidas', o padecen el 'síndrome del dinero fácil', o la 'cultura traqueta', etc.

Pero no se parte de la base que todo sistema genera resultados en los objetivos que busca pero también desfiguraciones en sentidos negativos; si el sistema es bueno tiene los mecanismos de corrección o protección para que el consolidado sea lo deseado; pero si el resultado es catastrófico como lo es el nuestro, es el modelo mismo el que hay que cambiar. No sabemos cuál puede ser el apropiado pero sí cual no lo es.

Nuestro modelo de sociedad y de Estado no fueron creados por Uribe; por eso 'ni tanto honor ni tanta indignidad'; no es el actual presidente el culpable de algo que es responsabilidad de toda la colectividad, con mayor culpa de sus dirigentes o factores de poder, como es obvio.

Uribe no es el mal. El representa a estos últimos y hoy lidera las propuestas políticas que van en contravía de las reformas profundas que necesitamos. Oficia de sumo sacerdote que defiende la religión del modelo neoliberal en lo económico y lo social, y de un sistema político alrededor de la autoridad y la fuerza. Es quien busca la continuidad y el refuerzo de las condiciones que nos han llevado a nuestra realidad de hoy: la guerrilla más antigua del mundo y el paramilitarismo más bárbaro para enfrentarla; el país con más secuestros y también con el mayor número de desplazados internos del mundo; el que lleva más de medio siglo clasificado en el Museo de la Humanidad de la Cruz Roja como catástrofe causada por el Hombre, y que es el principal productor de droga del mundo; el que busca un TLC y produce 'falsos positivos'; el de la 'seguridad democrática' y las pirámides; el que no busca acuerdos humanitarios sino paga recompensas por las delaciones y si es del caso los asesinatos...

En fin... buscar la verdad es difícil, y aceptarla aún más...

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