Opinión

  • | 2003/09/19 00:00

    La batalla final se librará en el campo económico

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Pocas personas creen que el fin de la guerra que contra la sociedad, empleando la denominación de Pecaut, se libra en Colombia, tendrá una conclusión al mejor estilo de Hollywood, algo así como un enfrentamiento en campo abierto con tropas comandadas, digamos entre el enésimo sucesor del general Mora y el mono Jojoy.

Por el contrario, muy posiblemente la parte que logre doblegar económicamente a la otra tendrá mejores cartas para obtener ventajas en la inevitable mesa de negociación, que ponga punto final a esta inútil, costosa e inhumana guerra.

La historia reciente algo puede enseñarnos. La Unión Soviética pierde la guerra fría, no en el campo militar, sino en el económico. Años antes del colapso, en el período de la posguerra, Estados Unidos o sus aliados pierden militarmente en China, en Vietman, en buena parte de Africa y en Cuba, para citar solo algunos ejemplos. La supremacía militar del pacto de Varsovia, en capacidad ofensiva terrestre, era notoria y el escenario en una confrontación en Europa, de tanques soviéticos desfilando en muchas capitales de la Otan, era una hipótesis probable.

La situación cambia a partir del anuncio de Estados Unidos de realizar grandes inversiones para construir un escudo antimisiles. La respuesta de la Unión Soviética fue acelerar el gasto militar más allá de las posibilidades de una economía anquilosada por la planeación central. El resultado fue el colapso económico, llevando a la disolución de la URSS, del Pacto de Varsovia y el cambio de régimen político en Europa del Este.

Avancemos algunas hipótesis de un modelo dinámico sobre las políticas de gasto militar. Con algo de racionalidad, el gasto de dos ejércitos en conflicto real o probable se comporta así: la tasa de gasto de cada parte es función creciente del armamento de la otra y debe decrecer a medida que aumente su propia acumulación de armas. Del modelo se deduce, si el indicativo de "racionalidad" -medido como un menor gasto, si crece el stock- es inferior al indicador de temor -medido este por el ritmo de inversión en función del inventario del enemigo-, existe una solución de equilibrio de inversión. Por el contrario, si por efectos de sobrerreacción al temor, una parte invierte en mayor ritmo que el acumulado del armamento de la otra, aquella puede colapsar pues la economía no alcanza a sostener este ritmo de gasto.

La Unión Soviética fue uno de los países que más sufrió en la Segunda Guerra Mundial por lo que puede avanzarse la hipótesis de que su gasto militar era más que proporcional al anuncio de nuevos armamentos de su contraparte; por otro lado, es probable que Estados Unidos haya exagerado la eficacia de la "sombrilla nuclear" que anunció, con lo cual estimuló aún más el gasto militar en la URSS con el resultado conocido.

Volviendo a Colombia, pueden avanzarse las siguientes hipótesis:

- El gasto del Ejército crece más que proporcional al armamento de la guerrilla, posiblemente por la convicción que la sociedad siempre tendrá los recursos para sostener el gasto.

- Por las limitaciones financieras de la guerrilla, en especial si la interdicción aérea es exitosa y por el "descreme" del secuestro, su gasto militar tendrá limitaciones, pero pasará un tiempo antes de que lleve a modificar la política de gasto del Ejército.



Censurable, como deben ser los atentados a la infraestructura vial, eléctrica, petrolera y carbonífera del país. Desde una óptica militar y no ética, la guerrilla considera que esta estrategia es adecuada para golpear la capacidad económica del Estado y en esta forma limitar el gasto en armas del Ejército. Empleando un lenguaje coloquial, la guerrilla le apunta a la yugular del sistema económico. Esto explica por qué la política de censurar este accionar, exagerando el daño causado, puede tener consecuencias paradójicas.

A mediano plazo, el hostigamiento de la guerrilla a la exploración petrolera pone en peligro el autoabastecimiento energético del país. Las consecuencias fiscales son enormes, el 25% de los ingresos corrientes de la Nación está asociado al petrolero. El efecto cambiario es alarmante, 30% de las exportaciones son petroleras. Si hoy es difícil sostener el gasto militar, ¿qué ocurrirá cuando la balanza energética cambie de signo y la situación fiscal derivada de la caída de recursos de Ecopetrol se agrave? No parece probable que las transferencias de Estados Unidos soporten este gasto. En 2001, el aporte militar del Plan Colombia representó el 0,77% del PIB, que equivale al 14% del gasto en defensa. Cifra significativa, sí, pero inferior digamos al efecto negativo que tiene para la economía la contraprestación de restringir el uso de drogas genéricas. No falta quien diga que toda la "ayuda" del Plan Colombia equivale a 2 años de pérdida del ingreso cafetero por el retiro de Estados Unidos del Acuerdo Mundial del Café.

Preocupa la asimetría económica del gasto militar para reducir el número de efectivos de la guerrilla y de los paramilitares, con el costo que para estas organizaciones tiene reemplazar las bajas o capturas con programas de reclutamiento. Comprendiendo lo absurdo e inmoral que es estimar el costo de las bajas, un cálculo muestra que asumiendo que solo el 25% del presupuesto de seguridad se dirigiera a la guerra contrainsurgente, por cada baja de la insurgencia, se gastan varios centenares de millones de pesos y para los armados ilegales el "costo de reemplazo" es solo el de entrenamiento, unos pocos millones.

Lo anterior lleva nuevamente a pensar en la conveniencia de terminar esta sangría de vidas que en nada contribuye al derecho de una vida digna. La negociación es posible, basta constatar que se logró con las autodefensas y en el pasado con otros movimientos armados. Algunos de ellos, al pactar la paz, mantenían un aparato militar significativo.

Un confidencial de la revista Semana informa que la sociedad está cada vez más dispuesta a enviar sus hijos al campo de batalla y que el Ejército ha tenido que restringir el número de soldados bachilleres que recibe. La nota no explica si algunas de estas personas dotadas de este espíritu de sacrificio son o no las mismas que protestaron por el anuncio de un nuevo impuesto a la seguridad.

Fue imposible no evocar al autor del libro "Mi suicidio", cuando dice que antes de la Primera Guerra Mundial los estados europeos convocaron a su clase dirigente para que enviara sus hijos al campo de batalla y esta lo hizo. Antes de la Segunda, los llamaron de nuevo para que en defensa de la democracia aportaran parte de sus patrimonios y el cínico autor dice "respondieron enviando su riqueza a la banca suiza".
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