Javier Fernández Riva

| 6/27/2003 12:00:00 AM

La balada del avestruz

Percibo resistencia de los partidarios y de los opositores a un tratado bilateral con Estados Unidos a discutir sus complejas implicaciones.

por Javier Fernández Riva

A menos que Estados Unidos lo deje plantado en la puerta de la iglesia el gobierno Uribe firmará un tratado bilateral con ese país. Ese elemento de la estrategia comercial, que no aparece como una de las prioridades del Plan de Desarrollo -pues sería extravagante darle ese alcance a una simple mención, perdida en la pila de generalidades del Plan- es hoy su columna vertebral e implica, en mi opinión, la decisión íntima del gobierno de aceptar, sin negociaciones ni pataleos, un tratado tipo Chile.

Un "tratado tipo Chile" incluiría una desgravación arancelaria y una apertura absoluta frente a Estados Unidos en todos los frentes, en un plazo de cinco años y a grandes zancadas. Es difícil pensar en otra cosa, distinta de una victoria definitiva o una derrota del Estado en su lucha contra la subversión, con mayores implicaciones para el empleo y para los valores de los activos, desde la tierra agrícola y los pastizales para el ganado hasta la deuda pública, pasando por las acciones de las empresas.

Los efectos para Colombia de una liberación total frente a Estados Unidos, y de libre acceso a ese enorme mercado, al estilo de lo pactado con Chile, no pueden compararse con los que tendrán en ese país, que lleva más de dos décadas de apertura a ultranza, de manera que hace rato no produce nada que pueda comerciarse mundialmente y donde no tenga ventajas claras: salmón, maderas, frutas, etc.

En Colombia, los costos y los beneficios de una liberación plena frente a Estados Unidos serían mucho mayores. La estructura de protección arancelaria, con tarifas de 0 a 45%, implica "protecciones efectivas" (esto es, al valor agregado) muy dispares que, una vez firmado el tratado bilateral, se igualarían por lo bajo en pocos años. Los precios relativos de los bienes y de los factores productivos se alterarían. Basta pensar lo que les pasaría a las tierras dedicadas a cereales, o a las empresas de automóviles. Además, las consecuencias adversas para algunos trabajadores pueden ser duraderas si las condiciones económicas (tipo de cambio, demanda agregada) no facilitan su empleo en las actividades favorecidas por el tratado.

En el gobierno nadie habla de eso. Por supuesto, se han contratado estudios pero, a menos que apoyen y refuercen la visión oficial del tratado bilateral como algo que tendrá beneficios extraordinarios y costos insignificantes, irán a cubrirse de polvo en los anaqueles. Es notoria la resistencia oficial a reconocer que algunos sectores van a ser golpeados y a discutir lo que debería hacerse para acelerar la transición y reducir los costos y el sufrimiento asociado con el ajuste. Más aún, toda referencia a que el proceso tendrá costos es mirada con suspicacia, como un intento disimulado de meter palos en las ruedas de las negociaciones.

Si la cosa no fuera tan grave sería divertida, porque los partidarios a ultranza de las negociaciones bilaterales y la apertura total adoptan hoy las mismas actitudes que durante décadas les criticaron, con razón, a los partidarios fervorosos de la industrialización a cualquier costo: "¡Cómo fastidian esos técnicos miopes, que pretenden cuantificar los costos y beneficios de decisiones estratégicas cuyas ventajas trascienden lo que pueda medirse y proyectarse con sus precarios instrumentos!".

Pero en su decisión de no oír, no ver y no comentar los costos de la apertura los funcionarios no están solos. Incluso en sectores que serían arruinados por un tratado bilateral, muchos empresarios no ven la necesidad de lucir "premodernos" y de ser matriculados como opositores de las políticas oficiales cuando la probabilidad de que el gobierno logre firmar un tratado bilateral con Estados Unidos es tan pequeña. Saben que Estados Unidos no le tiene muchas ganas al tratado bilateral con Colombia y la experiencia de toda la vida en negociaciones comerciales los lleva a prever excepciones, prórrogas y diferimientos. Como razonaba el tipo que se comprometió con su rey, a cambio de maravillosos honorarios, a hacer hablar a su asno en 10 años, so pena de que le cortaran la cabeza "¿será que en 10 años el rey, el burro o yo no habremos muerto?".

No quiero decir que no vayan a escucharse voces, y hasta gritos, en contra de un tratado bilateral. Hace unos días tuvo lugar en Bogotá un foro con presentaciones de académicos y expertos que despotricaron contra el Alca. Estoy seguro de que los partidarios del tratado bilateral organizarán concurridos seminarios para mostrar lo opuesto. Pero las audiencias y los expositores están tan matriculados en líneas de pensamiento que será un diálogo de sordos.

Yo no creo mucho en los diálogos, pero sí creo en las políticas. Es importante que el gobierno se prepare para reducir los costos y para maximizar los beneficios de un tratado bilateral con Estados Unidos, puesto que ya decidió que la búsqueda de ese tratado es la prioridad de su política comercial. Pero no me hago ilusiones. El avestruz nacional decidió meter la cabeza en un balde lleno de cemento fresco. Todavía está a tiempo de sacarla, pero no quiero ni imaginarme lo que le ocurrirá si tarda demasiado.
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