Opinión

  • | 2006/06/08 00:00

    La aceleración del crecimiento

    Salvo por una moneda todavía sobrevaluada, Colombia disfruta hoy de excelentes condiciones para crecer más rápido.

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Adiferencia de la mayoría de mis amigos y los miembros de mi familia no soy "furibista". No acepto como artículo de fe que entre más Uribe tengamos mejor irán las cosas. Ni siquiera descarto que en su segunda presidencia las cosas se frieguen. Pero, dicho eso, no tengo inconveniente en aceptar que sería mucho más probable que se fregaran con cualquier otro. Además, me complace señalar que hay bases para el optimismo económico que no existían al final del cuatrienio de Pastrana, pues en el primer período de Uribe se redujeron algunos de los peores males del país, que habían crecido como espuma en el gobierno previo, y aparecieron o aumentaron varias cosas buenas.

La más esperanzadora reducción de males fue la disminución de la capacidad de daño de las organizaciones armadas criminales, paramilitares y guerrilla. Claro que esos grupos seguirán existiendo, bajo cualquier nombre, mientras las drogas en que Colombia tiene ventaja comparativa mundial sigan siendo ilegales y generando rentas extraordinarias. Pero la capacidad de todos esos delincuentes para frenar el crecimiento es cada vez menor. Por el lado bueno hay cosas tan importantes como la inversión masiva de los últimos tres años, un vigoroso ahorro de largo plazo que permitiría mantener ese ritmo de inversión casi indefinidamente y una inflación menor de 5%, que como mínimo debería permitir que se fijaran prioridades económicas más importantes que seguirla bajando.

Partiendo de eso ¿están o no están dadas las condiciones para acelerar el crecimiento? Preciso que no estoy hablando de desarrollo, de cosas como reducir la desigualdad, eliminar la miseria y educar a la población. Hablo del asunto más modesto de lograr que en los próximos años el crecimiento medio del PIB sea similar, digamos, al 5,1% que alcanzamos en 2005, igual al promedio anual entre 1950 y 1980.

Pues bien, en el año 2004 los economistas Haussman, Pritchett y Rodrik estudiaron sistemáticamente los "episodios de aceleración del crecimiento" alrededor del mundo en las últimas décadas para tratar de aprender algo al respecto (NBER Working Paper 10566). Los episodios de aceleración se definían por la condición inicial de un aumento de la tasa de crecimiento del PIB de al menos dos puntos y requerían que la tasa de aumento permaneciera por encima de 3,5% durante ocho años, por lo menos. La conclusión más importante fue que la aceleración del crecimiento "tiende a estar correlacionada con aumentos de la inversión y el comercio, y con depreciaciones reales de las monedas". Aparte de eso, llegaron a la conclusión de que "la mayoría de los episodios de aceleración del crecimiento no están relacionados con los determinantes típicos y la mayoría de las reformas económicas no inducen aceleración del crecimiento". Interesante, en la muestra de los autores, que cubre la mayoría de los países y más de cinco décadas, desde 1950, una reducción de la inflación no contribuye a explicar, para nada, la aceleración del crecimiento. Desde ese punto de vista me parece que en Colombia todavía falta una condición esencial.

Que los episodios de aceleración del crecimiento suelan iniciarse con una depreciación real, como ocurrió en Argentina en 2002, siempre me ha parecido natural. En las economías modernas, donde el crecimiento económico depende de la demanda porque no se cumplen las condiciones clásicas, solo un tipo de cambio alto permite que la demanda neta siga siendo positiva cuando el crecimiento del país se dispara. Ello porque un país que crece más que el resto del mundo tiende a importar mucho, por efecto ingreso, de manera que para evitar que las importaciones excedan las exportaciones se requiere un alto tipo de cambio real.

Los estudios estadísticos que han "probado" la relación positiva entre apertura comercial y crecimiento de los países pasan, sin excepción que yo conozca, algo por alto: la apertura está correlacionada con el crecimiento pero todavía más lo está con el superávit comercial. Puesto que una presentación "mercantilista" que favorece la búsqueda de un superávit comercial repugna a la conciencia de las entidades multilaterales la relación básica pretende pasarse por alto, como si el signo de la balanza comercial careciera de importancia. Como si fuera lo mismo, para las perspectivas de crecimiento, que un país tenga un enorme superávit comercial, como China, o un enorme déficit, como Colombia en 1997.

Esos colegas me recuerdan el monje bibliotecario ciego y loco de la novela de Eco El Nombre de la Rosa, capaz de llegar a los peores excesos con tal de ocultar

la existencia de un libro de Aristóteles cuyas enseñanzas chocaban con sus convicciones. La verdad, no estoy muy seguro de que la tarea de ocultamiento deliberado de la relación básica entre superávit comercial y desarrollo, y su sustitución por la mucho menos importante entre crecimiento y apertura, haya hecho un daño social menor.

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