Opinión

  • | 2011/03/30 00:00

    Importancia del sentido de urgencia

    ¿Qué fue lo que pasó que no nos preparamos con anterioridad?

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El cambio es una realidad inminente en todas las organizaciones, y las empresas de familia no son inmunes a esos cambios. Por el contrario, a veces confluyen varios cambios importantes: cambios en los negocios, en la familia y en la propiedad. En la medida en que el tiempo avanza, los negocios crecen y se desarrollan, las familias se multiplican y la propiedad se diluye. Sin embargo, muchas familias empresarias continúan actuando como si los cambios no se fueran a dar o estuvieran de todas maneras muy lejos. "Eso es solamente para los demás y no para nosotros. Además, ¿para qué hemos de hacerlo si todo está bien? Hemos desarrollado un negocio muy rentable, nuestra familia es armoniosa y, fuera de eso, no tenemos ningún problema con la propiedad". Pues bien, la falta de sentido de una urgencia inminente es una de las causas por las cuales las empresas no cambian. Acá les cuento un caso de una empresa que, con poco sentido de urgencia, nunca observó la necesidad de cambiar, y cuando se hizo el cambio fue bien complicado.

La empresa zzz… tenía muy buenas utilidades y liquidez para soportar cualquier situación adversa. Había muchos recursos "visibles" que no presionaban ninguna mejora en la ejecución de metas y presupuestos, y con esos recursos precisamente se daba la impresión de que la empresa estaba boyante. Mucho happy talk especialmente en la alta gerencia, todos felices, y con un mensaje claro de "matar al portador de malas noticias". Las malas noticias estaban prohibidas en esa organización.

Por otro lado, la empresa era manejada por varios hermanos de la familia propietaria, quienes ocupaban los primeros puestos administrativos de la sociedad. Los cuatro hermanos que administraban los negocios tenían todos menos de 65 años de edad. Sin problemas de salud y con excelentes relaciones entre ellos. La tercera generación compuesta por 16 hijos, entre 18 y 30 años, estaba muy alejada de los negocios, porque la idea de sus papás era que no se podían informar de nada para que se aprendieran a defender por sus propios medios, y no contaran con los dividendos de los negocios por ahora.

La propiedad, dividida en partes iguales entre cada uno de los cuatro hermanos, tampoco parecía tener ningún problema. Todos recibían sus salarios de la empresa y dividendos que les permitían a todos una vida cómoda y sin contratiempos. Eran tiempos de bonanza y felicidad en los que nadie quería vender sus acciones.

Un amigo le sugirió a la familia contratar un consultor que propuso, entre otras cosas, las siguientes con relación a la empresa: parar el happy talk, escuchar las noticias malas; hacer un plan estratégico de la compañía con visión a futuro. En cuanto a la familia, involucrar a los hijos para que se fueran interesando en la empresa, tener reuniones familiares por lo menos cada año, etc. Y en cuanto a la propiedad, que no estuviera en cabeza personal de los hermanos, y tener además acuerdos de compra venta de acciones, entre otras recomendaciones.

Cuando los hermanos recibieron las recomendaciones del consultor, hicieron caso omiso de las sugerencias, y resolvieron continuar como venían en casi todos los aspectos. "Si todo está tan bien, ¿para qué vamos a cambiar?" Pues bien, pasaron unos cinco años desde que se habían hecho las recomendaciones, cuando uno de los hermanos falleció de repente, sumiendo a la familia en una tristeza total, que se vio aumentada cuando su familia nuclear se dio cuenta de lo que significaba tener la propiedad en cabeza personal cuando el tema impositivo los golpeó. Los otros tres hermanos envejecieron de un momento a otro, pero ninguno se quería retirar porque no habían hecho las provisiones económicas del caso para poderlo hacer sin depender de la empresa. Ninguno había cotizado al seguro social.

Los hijos del hermano fallecido quisieron vender la propiedad, y como no había ningún acuerdo de compraventa de acciones, salieron a vender sus acciones por fuera de la familia. Las personas que compraron no eran del gusto del resto de los socios, pero…. Dentro de la familia no había un sucesor idóneo, ninguno estaba preparado y nadie tenía ningún sentido de pertenencia hacia la empresa. ¿Cuándo podremos vender? se preguntaban todos.

Por otro lado, los productos que vendía la compañía se envejecieron, y la competencia se encargó de liquidar los productos que quedaban. Confluían así grandes cambios en los subsistemas de familia, negocio y propiedad, con terribles consecuencias por falta de preparación y planeación para cada uno de ellos. Hoy la familia se pregunta, ¿qué fue lo que pasó que no nos preparamos con anterioridad?

Creo que uno de los factores importantes fue la falta de "urgencia" para el cambio. No vieron en ningún momento ese sentido de urgencia: todo estaba bien. ¿Para qué cambiar si todo está funcionando bien?

Señor empresario, acá van algunas recomendaciones: pare el happy talk, haga crisis en algunas cosas para fomentar el sentido de urgencia, no mate al portador de malas noticias, atienda las malas noticias y solucione las cosas antes de que sea demasiado tarde y no acepte el status quo, Los cambios se vienen de todas maneras y a veces confluyen todos al mismo tiempo. ¿Por qué no piensa en prepararse?

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