Opinión

  • | 2004/01/23 00:00

    Importancia del mundo interno

    De su desarrollo depende nuestra capacidad para decidir conscientemente, respetarnos y respetar a otros.

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En diciembre le robaron el celular a mi hija y todos disfrutamos la tranquilidad de no ser interrumpidos en cualquier momento y lugar por este maravilloso invento que nos está imponiendo su ritmo. El silencio necesario para que una conversación, una lectura o un pensamiento contribuyan al desarrollo del "mundo interno" es imposible con la estimulación desenfrenada que recibimos del "mundo externo" que reclama su espacio de manera abigarrada, exagerada y constante y termina por someternos a su ritmo. Basta ver las propagandas de artículos o servicios: todo se mueve a la vez, la música es fuerte, la tercera dimensión se nos viene encima. La estimulación de todos los sentidos no cesa. ¿Para qué? Para despertar nuestros apetitos y promover el consumo. No importa si ya los tienes o no los necesitas: se te mete "por la puerta de atrás". Y la falta de conciencia que conlleva el mundo interno atrofiado te lleva a comprar más, a estar siempre buscando algo, a no estar satisfecho nunca. Esa insatisfacción "inconsciente" mantiene activo el círculo del consumo. Si no estoy consciente de mí mismo, no sé qué necesito: busco y busco, compro y compro, consumo y consumo, sin saber para qué. ¿Y todos felices? No exactamente. Todos insatisfechos, buscando romper los límites de cualquier forma a ver si la rueda para al fin.

Mijail Gorbachov dice en su Carta a la Tierra: "En todos los países con economía liberal el consumo ha sido declarado motor del desarrollo. Conjuntamente con la publicidad de los productos, se articula un discurso que afirma que al consumir productos nacionales los consumidores potenciales participan en la lucha contra el desempleo. De hecho, el consumo ha sido elevado al rango del patriotismo. Hoy tenemos que constatar que la promoción de tal cultura consumista y la absoluta liberalidad en materia ecológica que la acompaña chocan con límites naturales, de orden, a la vez, ambiental y moral" (pp. 84-85).

Visto así, el consumo adquiere además dimensiones que afectan la naturaleza y, por ende, las futuras generaciones. Pero con que nos afecte a cada uno de nosotros hoy es suficiente, solo que no nos damos cuenta de su impacto en nosotros y, por ende, en el planeta y ahí está el problema.

¿Qué hacer para desarrollar ese mundo interno, esa conciencia? Al preparar el programa del Taller de Autoconocimiento para estudiantes de administración que tendré a mi cargo este semestre, les recuerdo la máxima de Aristóteles como fuente de toda sabiduría: "conócete a ti mismo". Ese autoconocimiento comienza con la mirada permanente sobre lo que hacemos, sentimos, pensamos. Es la conciencia del sí, del propio comportamiento y de la forma en que afecta a los demás. "Cuando tenemos esta conciencia desarrollada no necesitamos reglas, ni principios, ni normas, ni procedimientos para generar en nosotros un buen comportamiento: la acción correcta fluye de manera natural, sin requerir de nosotros ningún esfuerzo", dice el profesor A. Santamaría.

El esfuerzo que sí se requiere es para dejar de lado la necesidad de estímulo permanente: apagar el celular, no trabajar 19 horas al día, hacer una cosa a la vez, entre otras. Y luego tener la paciencia de esperar para ver los efectos de estos cambios en nuestro bienestar. Inicialmente vendrá la impaciencia, la angustia por el movimiento y por la estimulación constante, manifestaciones equivalentes a las de un síndrome de abstinencia. Después viene un increíble disfrute del silencio y la calma. Gradualmente va aumentando el nivel de conciencia sobre lo que se hace, por qué y para qué. Entonces podemos dejar de ser marionetas manejadas por la fuerza de los estímulos externos y optar, conscientemente, si compramos o no, si salimos o no, y cuál es el efecto de una u otra decisión. Suena fácil y no es; pero bien vale la pena. Lo que está en juego es la vida.
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