¿Igualdad o diferencia?

| 9/1/2001 12:00:00 AM

¿Igualdad o diferencia?

El reto está en respetar lo que aportan el hombre y la mujer para construir, día a día, una relación desafiante, dignificante, creadora.

por Connie Cárdenas de Santamaría

Los hombres y las mujeres somos diferentes. Esto se manifiesta en nuestro cuerpo físico, en la manera de entender el mundo y la vida, en las relaciones con el otro, en la forma de aprender, de participar, de querer. Pero ante la ley todos somos iguales. Entonces, ¿aceptamos la diferencia o luchamos por la igualdad?



Aceptar la diferencia --¡viva la diferencia!-- es reconocer los 'dos mundos', acoger la contribución de cada cual, no asimilar el uno al otro. Así, si las mujeres expresamos con lágrimas nuestro dolor ante la agresión (como le sucedió hace poco a una funcionaria del Distrito) no seremos descalificadas.



Luchar por la igualdad es rechazar el trato diferencial, combatir toda forma de opresión y subordinación, buscar 'la igualdad de derechos'. Con un riesgo: la particularidad de la contribución de lo femenino se oscurece.



La opción entre aceptación o lucha se toma en la práctica: en la interacción cotidiana concreta. La interacción de pareja lo ilustra de maravilla.



El: "Nos conocimos por casualidad. Me sorprendió su belleza. Después empezamos a hablar. Me impresionaron su dulzura, la importancia que le daba al amor en su vida, su sentido del humor, su inteligencia en el día a día".



Ella: "Cuando lo conocí, sentí algo muy especial, una conexión muy honda y fuerte. No sabría cómo describirlo. Sentí un amor enorme que surgió como de la nada. Me sentí protegida, acompañada. Fue todo, fue él. No analicé nada. Me enamoré".



Estas respuestas a la pregunta "¿cómo se inició su relación?", ilustran "la diferencia". La de él: una enumeración clara, racional, de elementos que lo atrajeron; un ejercicio nítido del pensamiento; la de ella: una descripción de lo indescriptible, la expresión de lo que no cabe en el lenguaje. La primera, un ejercicio analítico; la segunda, una creación poética.



Esas diferencias entre lo masculino y lo femenino, expresadas en perspectivas, miradas, ángulos, pueden contribuir a construir o destruir una relación de pareja. Ahí está el reto. Respetar lo que aporta cada uno para construir, día a día, una relación desafiante, dignificante, creadora. El aporta su interés por lo externo, la predilección por lo "objetivo"; su capacidad analítica; ella con su intuición, su sensibilidad, su capacidad de captar lo que no cabe en la razón, anticipa, crea.



Esta dualidad puede inducir la polarización o la comunión. Si bien los polos tienden al equilibrio, solo lo alcanzan si ninguno pretende anular al otro, ni competir por dominar. Ahí está la mayor dificultad que solo cada uno puede superar. Si alguno le hace el quite, está asegurada la polarización; si ambos le hacen frente, logran la comunión.



La diferencia de género, biológica y cultural, exige a padres y maestros la responsabilidad de educar para la diferencia, sin negarla ni exacerbarla. Mientras nuestros niños crezcan convencidos de que su forma de ver es la "razonable" y las niñas crean que la suya es rara por lo diferente, mantendremos unas relaciones desiguales y potencialmente conflictivas. Ahí puede comenzar el trabajo social en educación que abre el camino al respeto a la diferencia mediante la búsqueda de un sano equilibrio, requisito para la armonía entre pares y dispares.
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