Hubo una vez un ajuste

| 6/23/2000 12:00:00 AM

Hubo una vez un ajuste

"La culpa, querido Bruto, no es de nuestra estrella sino nuestra". W. Shakespeare, Julius Caesar

por Javier Fernandez Riva

Hace unos años se publicó un libro en el que varios economistas y sociólogos se preguntaban cuándo se jodió Colombia. Hoy sabemos que, fueran cuales fueran sus respuestas, no fue cuando ellos dijeron porque el libro data de 1995 y, por mal que en ese momento estuvieran las cosas, Colombia era un paraíso en comparación con hoy.

Como economista estoy avergonzado por el manejo de los últimos años. En ausencia de una crisis mundial, de una guerra externa o de un desastre natural que destruya la infraestructura, la política económica no puede juzgarse más que por sus resultados, y los de los últimos años son bochornosos. Acabamos de arruinar un récord mundial de siete décadas de crecimiento continuo, que habíamos mantenido en medio de las peores conmociones internas y externas. El ingreso per cápita cayó al nivel de 1994 y la inversión real retrocedió ocho años. El desempleo está en un récord mundial. Se disparó el déficit fiscal y se quebraron Raimundo y todo el mundo. Las calificadoras de riesgo país, impresionadas por la insospechada capacidad de estropicio, nos rajaron, quitándonos el "grado de inversión" que nos habían mantenido incluso bajo Samper.



Hoy los colombianos, como los habitantes de cualquier otro país mal manejado y con escaso futuro, están votando con los pies. Solo la larga lista de espera para las visas contiene el éxodo masivo.



Lo peor es que, con las actuales políticas, las perspectivas son mediocres. Una cosa es ser optimista y otra ser ciego. Aun si se cumplen los pronósticos económicos oficiales el ingreso per cápita al final de este Gobierno será igual al de 1996, el desempleo seguirá por los cielos, el déficit corriente habrá vuelto a crecer y estaremos más endeudados que nunca con el resto del mundo a pesar de haber vendido, para entonces, toda la hacienda, salvo dos o tres caballos flacos.



¿Es, de verdad, tan desolador el panorama? ¿No hay manera de recuperar un ritmo de crecimiento decente? ¿Después de haber caído tanto estamos condenados a subir a paso de tortuga y con riesgos de volver a desbarrancarnos?



Permítanme contarles una historia. Había, no hace mucho tiempo, un país con sorprendentes semejanzas con la Colombia actual. Como nosotros, ese país estaba inmerso en una crisis financiera y fiscal. Su acceso al crédito externo era casi nulo. Sus reservas internacionales, precarias. Ni siquiera podía decir que hubiera perdido el "grado de inversión" porque nunca lo había alcanzado. Su desempleo estaba en niveles nunca vistos. Y, para colmo, por increíble que parezca ese país también sufría el flagelo de una horrenda guerra interna. Estaba en la olla.



Pues bien, en los siguientes cinco años al momento en que le hice el inventario ese país logró crecer a una tasa media de 4,7% anual, que ya quisiéramos para unas fiestas. Redujo el déficit de su sector público de 5,1% del Producto Interno Bruto (PIB) a 0,3%. Transformó el déficit de su cuenta corriente en un superávit. Duplicó sus reservas internacionales. Redujo la cartera vencida de los bancos de 15,9% a 7,7% de la cartera bruta y dejó atrás la crisis financiera.



Y, lo más importante, disminuyó su desempleo de 14,2% a 10,1%, esto es, exactamente a la mitad del que estamos sufriendo.



Bueno, el país del milagro no es otro que Colombia. El punto inicial es 1985 y el punto final 1990. Sin embargo, los progresos en crecimiento, empleo, balanza de pagos y fisco nacional ya eran notorios desde 1987.



La explicación de esa notable recuperación no fue la bonanza cafetera de 1986, que no duró ni doce meses. Tampoco fue el auge de las exportaciones de hidrocarburos, pues en el quinquenio 1985-1989 esas exportaciones sumaron US$3.800 millones, cifra casi igual a la del año pasado y muy inferior a la prevista para este año.



Tampoco puede explicarse la recuperación por supuestos efectos positivos del narcotráfico, pues entre 1985 y 1990 esa actividad iba de capa caída, gracias al desplome de los precios internacionales. Mucho menos por algún "dividendo de la paz", ya que las palomitas pintadas de Belisario desembocaron, a poco andar, en feroces arremetidas guerrilleras, comenzando con la toma del Palacio de Justicia en 1985.



La exitosa estrategia de crecimiento entre 1985 y 1990 se basó en la defensa del mercado interno y en el apoyo a las exportaciones con un alto tipo de cambio real. Medido como hoy lo mide el Banco de la República, el tipo de cambio real pasó de 71 en diciembre de 1984 a 122 en diciembre de 1990. Las exportaciones reales crecieron 90% entre 1984 y 1990, en tanto que las importaciones reales, frenadas por ese alto tipo de cambio real y por otros elementos de protección, apenas aumentaron 14%.



El aumento de la producción indujo un buen crecimiento de los recaudos al tiempo que redujo la presión sobre el gasto público permitiendo avanzar rápidamente hacia el equilibrio fiscal. A su vez la recuperación de la producción, las utilidades de las empresas y el empleo, más una política de tasas de interés activas moderadas, explican la rápida superación de la crisis financiera.



¿Y no hubo un costo? Claro que sí. La inflación para consumidores subió de 22,4% en 1985 a 32,4% en 1990. Es como si entre hoy y el año 2005 la inflación subiera de 10% a 14,5%. Sin embargo, los salarios reales se elevaron al ritmo de la productividad. Un crecimiento de los salarios reales, con altos niveles de ocupación, es la máxima prueba de una política económica exitosa.



El contraste con el manejo económico reciente es dramático. En 1998 el Banco de la República, en lugar de buscar una devaluación real para corregir el déficit corriente, se empeñó en evitar que el dólar subiera, y para ello elevó las tasas de interés reales hasta quebrar la economía. Luego, después de su fracaso en frenar el dólar, para defender a toda costa un precario logro de inflación ha condenado a los trabajadores a una pérdida continua de su salario real, mientras el desempleo alcanza proporciones escalofriantes y la infraestructura productiva se arruina por falta de mantenimiento.



La historia no ha terminado pero, hasta ahora, la comparación con el ajuste económico de la segunda mitad de los 80 deja muy mal parado al Banco de la República.
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