Hay que crecer más

| 11/10/2000 12:00:00 AM

Hay que crecer más

Colombia necesita algo más que una economía capaz de resistir el abuso.

por Javier Fernandez Riva

Hay días en que parece que Colombia estuviera al borde del colapso. Y esos días no siempre coinciden con un fallo económico de la Corte Constitucional, o con una nueva barbaridad de la guerrilla. Hace poco el Ministro de Hacienda dijo que, si no se aprobaban todas las reformas económicas propuestas (y algunas todavía no propuestas, como la pensional, que está cociéndose con olor a coliflor), el país caería en una recesión peor que la de 1999, el desempleo subiría al 26%, la inflación saltaría al 35% y el dólar y la tasa de interés explotarían a casi 80%. Tirofijo no podría pedir más.



Y hay días en que Colombia parece estar a punto de reencontrar la senda de crecimiento y solidez que transitó durante décadas, y dejar para siempre atrás su vergonzosa experiencia de 1999. Ha habido varios recientemente. El último fue el viernes 3, cuando se supo que la inflación anual había caído por debajo del 9%, que en el tercer trimestre había habido superávit en la balanza corriente y que el Congreso había aprobado en primera vuelta la reforma constitucional sobre transferencias. Sumadas esas noticias a la información ya disponible de una sólida recuperación económica, del fin de la histeria cambiaria del tercer trimestre, de resultados fiscales mejores de los esperados, y de modernización de la política de estabilización al abandonar el Banco de la República su primitivo sistema de metas monetarias, no parece tan ingenuo creer en un futuro promisorio.



Con el mayor respeto por el Ministro de Hacienda debo decir que su caracterización de la economía colombiana como muy inestable, capaz de oscilar, según se aprueben o no unas propuestas fiscales entre un crecimiento de 4% y una depresión de 6%, entre una inflación de 8% y una de 35%, etc., no es razonable. Hay que recordarles a sus asesores que la proyección económica exige mucho más que alimentar cifras a un modelo de computador. Incluso cuando el modelo es adecuado (y el récord de las proyecciones originales del Plan de Desarrollo deja muchas dudas al respecto) arrojará pronósticos locos si le meten supuestos absurdos.



Un siglo de crecimiento colombiano, sin que se cayera en extremos como los que pinta Hacienda para el 2001 ni siquiera en momentos tan críticos como la Gran Depresión de los 30, la crisis de la deuda latinoamericana de los 80, o los dos últimos años de Samper, sugiere que los supuestos que explican las catastróficas proyecciones oficiales, si no se hacen las reformas, son más que arbitrarios.



La economía colombiana tiene una probada capacidad para resistir el abuso. Lo ha hecho durante décadas frente a la guerrilla. También, casi todo el tiempo, frente al Gobierno y el Congreso. Lo hizo en 1998 y 1999 frente al Banco de la República, aunque no podría esperarse que saliera indemne cuando le dieron "como a violín prestado". O como a economía con banda cambiaria. Y hoy lo está haciendo frente a la Corte Constitucional. Reconozco que en este momento tiene unos feos moretones y que quedó un poco renca, pero anda. Y podría andar más rápido.



De eso se trata, precisamente. De andar más rápido. Los peores problemas internos de este país, incluyendo el desempleo y la debilidad fiscal, así como la aparente imposibilidad de dedicar recursos suficientes al restablecimiento del orden, solo se podrán corregir con más crecimiento económico. Tasas de 3% o del 4% de crecimiento anual son insuficientes, sobre todo después de la depresión de 1999.



La solución del problema de la pérdida del acceso al crédito externo, en torno al cual giran las catastróficas proyecciones condicionales de Hacienda, también exige crecer más. Es iluso pensar que se resolverá exclusivamente con reformas fiscales. Nada golpeó tanto la confianza de los inversionistas y prestamistas externos como la sorpresa de que Colombia, con un récord de siete décadas de crecimiento sostenido, se derrumbara en 1999. A cualquiera tiene que preocuparle que, en un país con guerrilla, el ingreso per cápita haya retrocedido siete años y el desempleo sea más del 20%. Nadie sabe qué puede pasar si esa situación se prolonga, pero todos saben que no será nada bueno.



Quienes tengan ojos para ver, que vean. Argentina, un país maravilloso, sin Tirofijo ni otras desgracias locales, y sin inflación, viene pagando recientemente sobre su deuda externa costos más altos que los de Colombia. La causa: sus acreedores están preocupados por la aparente incapacidad de Argentina para volver a crecer. Temen que, si las cosas siguen así, la carga de la deuda externa como proporción del ingreso se torne demasiado pesada.



No hay recetas para crecer más, pero tampoco son imprescindibles. Claro que hay algunas cosas que ayudarían, como invertir en la recuperación del orden. Y clarificar, en la Constitución que los derechos económicos deben entenderse sujetos a una restricción presupuestal, porque vivimos en el mundo real. Pero lo más importante es no estorbar. Para Colombia, como para toda economía de mercado, crecer rápido es tan natural como para el agua seguir la pendiente.



No estorbar significa no propiciar aumentos de tasas de interés locales o traída de fondos externos para el sector público que induzcan una caída exagerada del dólar, y que vuelvan a crearles dificultades a los exportadores. También significa no meter palos en las ruedas de la producción, vía el manejo monetario y del crédito para bajar más rápido la inflación, como si Colombia no tuviera problemas mucho más graves que ese.



Uno de los mayores estorbos potenciales al crecimiento provendría de un aumento excesivo de los impuestos cuando la economía sigue convaleciente de sus crisis de 1999. El Gobierno ha anunciado que, a raíz del fallo de la Corte sobre los salarios, presentará un proyecto de reforma tributaria mucho más ambicioso que el de hace un mes, que ya había sido endurecido frente al de hace seis meses.



No me opongo a toda elevación de impuestos, pero hay que cuidar la dosis. Sería terrible que, con el loable propósito de corregir el déficit fiscal de una vez por todas, se hiciera una de las pocas cosas con capacidad para hacer abortar la recuperación económica en curso.
Publicidad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.