Hacia la seguridad económica

| 7/21/2000 12:00:00 AM

Hacia la seguridad económica

Los gobiernos y las personas tienen que asegurarse en los tiempos buenos para enfrentar las épocas de vacas flacas.

por Guillermo Perry y David de Ferranti

La "década perdida" de los 80 tuvo un profundo impacto en América Latina. Al igual que sucedió durante la gran depresión de los 30, la población vio cómo los puestos de trabajo desaparecían de repente, las empresas quebraban y las fábricas cerraban sus puertas. La recuperación económica se reanudó en 1996, pero para 1998 la crisis financiera de Asia y el incumplimiento de pagos de Rusia causaron una baja de precios de los productos básicos y una disminución en los flujos de capital, lo que en efecto detuvo el crecimiento de América Latina y llevó a Brasil a una crisis monetaria. Aunque se tiene prevista una tasa de crecimiento del 4% en América Latina para este año, la inseguridad económica persiste. Las recesiones y tendencias inestables han hecho pesimistas a los latinoamericanos.

Casi las dos terceras partes de quienes contestaron una encuesta realizada en 1999 en toda América Latina afirmaron que sus padres tuvieron un mejor nivel de vida que el suyo, y menos de la mitad esperan que sus hijos tengan una vida mejor que la de ellos mismos. Para entender mejor este fenómeno, el Banco Mundial aborda en un nuevo estudio el tema de la inseguridad económica, y sugiere mecanismos para proteger los ingresos y el consumo de las personas ante los riesgos de la inestabilidad en los mercados internacionales. El estudio concluye que, contrario a la percepción popular, la integración de América Latina a los mercados internacionales en los años 90 no incrementó la inestabilidad de sus economías; si bien continúan siendo más inestables que las economías de los países desarrollados y que las del Sudeste Asiático. Esta situación se debe en parte a que muchos países de América Latina y el Caribe dependen de las exportaciones de productos básicos --petróleo, minerales, café, alimentos--, cuyos precios experimentan grandes fluctuaciones. Asimismo, la fragilidad de sus instituciones financieras y sus limitados vínculos con los mercados financieros desarrollados han sido importantes factores que han contribuido a la vulnerabilidad de América Latina.



Manejar los desequilibrios





En este sentido, el desafío consiste en atenuar las fases de auge y contracción, y ayudar a la población más pobre a satisfacer sus necesidades básicas durante las fases descendentes del ciclo económico. Nuestro estudio Securing Our Future in a Global Economy (Hacia la seguridad económica en la era de la globalización) analiza cómo los trabajadores y las familias hacen frente a las depresiones económicas, e identifica la manera en que los gobiernos pueden reforzar las medidas de los hogares para reaccionar ante las recesiones. El estudio incluye encuestas de seguimiento del consumo en Argentina, Brasil, Colombia, México y El Salvador, tanto en épocas buenas como malas, entre las décadas de 1980 y 1990. En épocas de crisis económica, la población de menores recursos intenta conservar el mismo nivel de consumo de bienes y servicios básicos, por lo que no saca a sus hijos de la escuela, a menos que la recesión sea lo suficientemente grave y prolongada como para agotar los recursos de la familia, obligándolos a sacrificar tanto el consumo básico como la educación de sus hijos. Ahora bien, ¿cómo podemos proteger a la población cuando la cabeza de familia pierde el empleo o ve sus ingresos reducidos por una economía que se tambalea? Nuestra investigación sugiere que tanto los individuos como los gobiernos deben hacer tres cosas:

"autoprotegerse", es decir, adoptar medidas para reducir la probabilidad de una crisis; "autoasegurarse", esto es, ahorrar en los buenos tiempos para cubrir gastos vitales en las épocas malas; e invertir en un "seguro de mercado", lo que significa hacer uso de planes colectivos como el seguro de desempleo, para protegerse frente a la pérdida repentina de ingresos.



¿Y los gobiernos?





Los gobiernos pueden adoptar varias medidas para "autoprotegerse", es decir, para proteger a su población ante las crisis macroeconómicas. Pueden reducir la probabilidad y gravedad de estas situaciones por medio de políticas económicas acertadas, reglamentar cuidadosamente a los mercados financieros nacionales, y remover los obstáculos a la diversificación de sus exportaciones, con el fin de reducir su dependencia de tan solo uno o de unos pocos productos básicos. Asimismo, deben promover la inversión extranjera directa para diversificar los riesgos y mantener amplias reservas monetarias internacionales, y evitar un volumen excesivo de deuda externa a corto plazo. Por otro lado, los gobiernos también pueden ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas, mediante el "autoseguro". Al promover la existencia de bancos sólidos y mercados financieros bien reglamentados, los gobiernos ayudan a las personas a asegurarse a sí mismas contra los riesgos. Esa es la razón por la que el fortalecimiento del sector financiero es parte esencial de una política completa de protección social. Asimismo, los gobiernos deben establecer programas eficientes de apoyo a los desempleados. Dichos planes pueden comprender el seguro de desempleo, que funcionaría en países con políticas macroeconómicas estables y mercados laborales lo suficientemente flexibles como para mantener un nivel bajo de desocupados. Con todo, mientras esos países reforman sus políticas y liberan sus mercados laborales, podrían considerar dejar de lado sus sistemas de pago de indemnizaciones y reemplazarlos por sistemas más eficientes de cuentas personales de ahorro obligatorio en caso de despido, como lo hizo Colombia. Sin embargo, ninguno de estos sistemas cubre a todos los trabajadores. Para quienes no tienen seguro, es indispensable un programa focalizado de obras públicas que se amplíe durante una crisis y se reduzca en tiempos de estabilidad, como el programa Trabajar de Argentina. Por último, lo más importante es que los gobiernos puedan ayudar a las familias a invertir en educación y salud, para evitar la erosión del capital humano en los malos tiempos. El apoyo público a las escuelas y los servicios de salud para la población pobre normalmente enfrenta los recortes más acentuados en el momento en que es más necesario. Además, durante el auge, cuando los ingresos se incrementan por lo general a ritmos similares entre los diferentes estratos socioeconómicos, el gasto social aumenta en mayor proporción, y alcanza su máximo nivel cuando es menos necesario. Por tanto, los gobiernos deben moderar estos giros, y controlar el gasto en las épocas buenas para acumular la solvencia y reservas que necesitarán para financiar las escuelas y los programas de salud en los tiempos difíciles. Como la volatilidad es una característica permanente de la economía global, los gobiernos de América Latina y el Caribe deben darse cuenta de que las "alzas" de hoy se convertirán, inevitablemente, en las "bajas" de mañana. El gasto excesivo y poco previsor en los buenos tiempos y la reducción de las inversiones críticas en tiempos difíciles son estrategias equivocadas. Hay pruebas de que las familias y los hogares han aprendido esto en carne propia. Es hora de que también los gobiernos lo entiendan.
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