Opinión

  • | 1999/05/21 00:00

    Guerra docente

    Al terminar el paro de maestros, tanto el Ministro de Educación como el presidente de Fecode reclamaron la victoria. La derrotada fue la educación.

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Después de tres semanas de paro, los docentes del sector público regresaron a clases. La intensa agitación laboral culminó cuando en el Plan de Desarrollo quedaron incluidos los temas de evaluación y traslado. Tarcisio Mora, presidente de Fecode, salió en los hombros de sus colegas en la Plaza de Bolívar, mientras en el Congreso el ministro de Educación Germán Bula era aplaudido por los representantes a la Cámara. Mora afirmó "Perdimos adentro, ganamos en la calle". Está equivocado. Una vez más, perdió la educación en Colombia.



Es bien conocido que uno de los problemas fundamentales de nuestro sistema educativo es su baja calidad. La fórmula genérica para resolverlo incluye: mejor dotación de libros en las escuelas, buenas instalaciones, niños bien alimentados, estructura familiar sólida, madres con un nivel básico de educación, gestión eficiente de las instituciones. Y, claro está, buenos docentes.



Independientemente de todos los factores que se puedan considerar, los docentes juegan un papel primordial. El maestro se encierra con los niños en el salón y es allí, con o sin avances y sofisticaciones tecnológicas, que ocurre la parte más trascendental del proceso educativo. Es relevante, entonces, la pregunta sobre ¿quién es docente y por qué lo es?



La docencia, a diferencia de muchas profesiones, es una vocación. Cualquiera que revise su experiencia educativa y se pregunte por algún profesor que lo haya impresionado positivamente reconocerá que era una persona que vivía con pasión lo que hacía y transmitía ese sentimiento a sus estudiantes. Si no hay vocación, es imposible. Ocurre entonces que las personas que toman una decisión de vida, como ir a trabajar todos los días con niños de 8 años a enseñarles geografía, se relacionan con el mundo en una dimensión diferente. Una buena parte de su satisfacción personal depende de la dignidad y el reconocimiento social por su trabajo. Los ejemplos del lugar que ocupan los maestros en sociedades desarrolladas son bien conocidos. Para nadie es un misterio que desde hace varios años en Colombia el respeto por los docentes es mínimo. Si tenemos en cuenta estas observaciones y preguntamos por la evaluación para medir la calidad de los 300.000 docentes del sector público, y si el desempeño está relacionado con los resultados que obtienen sus estudiantes, la conclusión es dramática.



El problema no será entonces el reemplazo del 1% de docentes con las más bajas calificaciones. ¿Dónde están los docentes que van a reemplazar a estos 300.000? ¿Quién y por qué va querer ser docente? El problema hay que reconocerlo desde la raíz y en su verdadera dimensión, para empezar a resolverlo de una vez por todas, conscientes de que tomará muchos años, y aceptar la conclusión más obvia: por donde vamos, no es.
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