Opinión

  • | 2006/12/07 00:00

    Gradualismo, no revolución

    En una docena de elecciones presidenciales los latinoamericanos decidieron apostarle a lo malo conocido, no a lo bueno por conocer

COMPARTIR

Hace doce meses rondaba el temor –o la esperanza—de que en el 2006 las cosas cambiarían profundamente en América Latina, una vez que los electores demostraran su agotamiento con el neoliberalismo, la falta de crecimiento y las crecientes brechas sociales. Los latinoamericanos resultaron mucho más cautelosos y las mayorías de casi todos los países decidieron apostarle, no a la revolución, sino a la continuidad y el gradualismo.

En la docena de elecciones que hubo en el último año resultaron reelegidos tres presidentes (Lula da Silva, Álvaro Uribe, Hugo Chávez), regresaron a la primera magistratura cuatro veteranos (Óscar Arias en Costa Rica, René Préval en Haití, Daniel Ortega en Nicaragua y Alan García en Perú) y se mantuvieron en el poder los partidos de la Concertación en Chile (Michelle Bachelet) y del PAN en México (Felipe Calderón). El toque novedoso lo pusieron Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Manuel Zelaya en Honduras.

De populismo hubo mucho a juzgar por las promesas –y las barbaridades—que alcanzaron a decirse unos a otros en las campañas electorales, que en la mayoría de países resultaron ser las más competidas en mucho tiempo. Populismo tangible, en dádivas preelectorales, desborde del gasto público o simple compra de votos, hubo sí, pero no al punto de alterar la situación fiscal, desestabilizar la economía o generar serias distorsiones de precios o salarios, como era corriente hasta hace poco con cada elección en muchos países, desde México hasta Argentina. Incluso en Venezuela, donde Chávez gastó a manos rotas para extender su control personal del electorado, no alcanzó a agotar el barril sin fondo de las rentas petroleras ni a alterar los ánimos en los mercados cambiarios o financieros.

Puesto que hubo mucha competencia electoral, fue abundante la confrontación ideológica, y fueron muchos los esfuerzos que hicieron los candidatos por identificarse con los segmentos decisivos del electorado, que en casi todas partes son las clases medias y bajas y en unos cuantos países los indígenas y mestizos. Pero, exceptuando en este caso a Bolivia y Venezuela, la confrontación no llevó a cuestionar las bases de la propiedad privada, o de la economía de mercado, ni la necesidad de la integración a la economía mundial, y menos aún de la estabilidad macroeconómica basada en la disciplina fiscal y monetaria. Varios candidatos que habían sugerido tal cosa, se apresuraron a corregirlo a la primera oportunidad una vez elegidos. Incluso Evo Morales, cuya primera decisión fue nacionalizar el sector del gas, ha terminado por invitar nuevamente a los inversionistas extranjeros para que le ayuden a extraerlo. Con su usual estilo, Hugo Chávez anunció su triunfo declarando que el país entra a una nueva fase de su socialismo del siglo XXI, que llevará a extender más los brazos del estado productor, empresario y benefactor, ya que, a su juicio, capitalismo y democracia son incompatibles.

Entonces, ¿quién ganó y quién perdió en esta ronda electoral? Ganó la democracia con todas sus instituciones de soporte, incluso en Venezuela, donde reapareció la oposición, pero con la lamentable excepción de México donde Andrés Manuel López Obrador optó por atacar las instituciones democráticas en lugar de aceptar su derrota.

Ganó la ortodoxia macroeconómica, aun en Perú y en Nicaragua donde fueron elegidos los artífices de las hiperinflaciones más espectaculares de hace cerca de dos décadas, quienes están ahora empeñados en demostrar que aprendieron la lección. Sin embargo, está por verse qué curso tomarán las políticas macro en Ecuador, el único país con un presidente que tiene un Ph.D. en economía, y unas ganas tremendas de mostrarse innovador.

Y ganó la moderación en materia de políticas económicas y sociales. Ganaron espacio propuestas de política que hace una década eran anatema, como los bancos de desarrollo o las políticas de promoción industrial. Aunque la palabra “privatización” solo fue mencionada en tono ofensivo, se inventaron nombres y formas menos polémicos para la misma idea. En materia de políticas sociales el electorado siguió a la defensa del gasto social en general, y de algunos programas sociales específicos, como Bolsa Familia en Brasil, Oportunidades en México o las “misiones” en Venezuela. Aunque Evo Morales prometió “refundar” al país y Chávez “profundizar y extender la revolución”, hicieron más carrera los candidatos que prometieron mejorar lo que ya hay, ofreciendo crecimiento y gobiernos más eficientes, en lugar de cambios radicales.

Bolivia y Venezuela son excepcionales en otro sentido. Solamente Morales y Chávez tienen posibilidad de controlar los congresos y pueden impulsar políticas de cambio profundo, aunque con un gran riesgo de inestabilidad económica y social. Los venezolanos siempre han sido y continúan siendo mayoritariamente pro-mercado; los bolivianos siempre han carecido de unidad cultural o ideológica nacional, pero los une su escepticismo frente a las instituciones del gobierno central. En los demás países, los gobiernos cuentan apenas con mayorías de coalición con tendencias e intereses muy diversos, o son francamente minoritarios en el Congreso, hasta el caso extremo de Rafael Correa, que no tiene partido ni bancada congresista. En estas condiciones, imperarán el gradualismo y el pragmatismo, y uno o dos presidentes quizás sean forzados a terminar su mandato antes de tiempo.


Nota: El autor está vinculado al BID pero éstas son opiniones personales.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?