Opinión

  • | 1994/11/01 00:00

    ¿Funciona la independencia?

    La independencia de los bancos centrales hace sentido en aquellos países que han renunciado al uso del funesto impuesto de la inflación.

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La eficacia de los bancos centrales independientes ha sido ampliamente debatida en círculos académicos y políticos. A mi modo de ver, la independencia de un banco central (IBC) es un ingrediente importante para enfocar su tarea en lo que puede hacer mejor que cualquiera otra agencia gubernamental: alcanzar la estabilidad de precios. No obstante, la independencia del banco central no es una panacea. Se necesita algo más para alcanzar la difícil meta de controlar la inflación.

Buena parte del debate sobre la eficacia. IBC arranca de la relación estadística que se advierte, al comparar diferentes países avanzados, entre índices de IBC e inflación: los países con mayores índices de IBC arrojan menores índices de inflación. En el caso de países en vía de desarrollo, los índices convencionales de IBC no presentan una relación estadística con la inflación. El debate se ha centrado fundamentalmente en la interpretación que pueda asignarse a la asociación observada en ,los países desarrollados.

La conclusión principal de este debate es que la IBC es más un síntoma del compromiso político que tiene un país con la estabilidad de precios que un instrumento mágico para lograr dicha estabilidad. Alemania protege con celo la independencia del Bundesbank probablemente por el legado histórico de la hiperinflación que experimentó entre las dos guerras. La IBC en Argentina, sumada a la norma que impide que la cantidad de dinero base supere el monto de reservas internacionales, es un ejemplo emergente de un compromiso con la estabilidad de precios que sigue después de una larga

historia de hiperinflaciones. En estos casos, la IBC ha estado respaldada por políticas económicas consistentes, especialmente en el área fiscal. En contraste, la IBC en Perú fracasó durante 1988-1989 al no estar respaldada por políticas consistentes con un compromiso antiinflacionario.

ara que la IBC funcione, un país debe estar dispuesto a rechazar el impuesto de la inflación; un impuesto no legislado que se recauda "imprimiendo" dinero y se cobra disminuyendo el poder adquisitivo del efectivo y las cuentas corrientes en poder del público. Hay muchas razones por las cuales la inflación es un pésimo impuesto. Aquí sólo cito la más obvia. La inflación es una clara barrera al desarrollo de la intermediación financiera y del mercado de capitales, actividades claves para apoyar la inversión y el crecimiento económico. En Argentina, la hiperinflación disminuyó el valor de los activos financieros hasta 5% del producto interno bruto. En esta relación se aproxima al 30% en Colombia y está lejos del 50-90% de la mayoría de los países avanzados, donde se mantienen tasas de inflación de un dígito. En particular, los países con inflación baja han logrado mayor desarrollo de instrumentos de financiamiento a largo plazo.

Renunciar al impuesto de la inflación implica adoptar políticas que impidan el uso de este impuesto para las actividades típicas que lo han utilizado en el pasado; financiación del déficit fiscal, subsidios a la tasa de interés y sustentación de la tasa de cambio. Pienso que existe un consenso amplio sobre las bondades de financiar el gasto del sector público con recursos no monetarios así como sobre lo inadecuado de subsidiar el costo del crédito.

Más controvertidas son las bondades de la sustentación de la tasa de cambio, actividad corriente de los bancos centrales, incluso en países avanzados. La experiencia de Colombia no muestra mayor éxito en esta materia. La sola observación de la tasa de cambio real, desde que ésta comenzó a medirse en 1975, revela fluctuaciones significativas en buena parte atribuibles a cambios estructurales de la economía (e.g., liberalización de comercio, cambios en precios internacionales de productos de exportación).

Sin embargo, los intentos de alcanzar metas de tasas de cambio real resultaron en perturbaciones monetarias que distrajeron a la autoridad monetaria de la meta de alcanzar la estabilidad de precios. Por lo demás, las metas de tasa de cambio real (que equivalen a metas sobre el precio relativo de los productos transables con respecto a los productos no transables internacionalmente) son de justificación muy discutible. Solamente vale la pena notar que el objetivo de aumentar el precio relativo de los productos transables es equivalente al objetivo de disminuir el precio relativo de los bienes y servicios no transables (por ejemplo, el trabajo). El lector podrá preguntarse: ¿a quién corresponde beneficiar?

En resumen, la IBC puede interpretarse como un arreglo institucional útil para administrar una política monetaria enfocada al objetivo de la estabilidad de precios. Sin embargo, la IBC no se compagina con un marco de política económica que busque la emisión monetaria como impuesto para financiar el gasto público, subsidios financieros, o brechas de la tasa de cambio. En la ausencia de un marco consistente, la IBC se derrumba y la inflación prospera. Por lo tanto, al preguntarse sobre las bondades de la IBC, el público debe primero responder qué tanta inflación desea. Colombia ya efectuó esta consulta con la Constitución de 1991 y le corresponde buscar con decisión la meta de la estabilidad de precios.
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