Opinión

  • | 2009/04/03 00:00

    ¿Fin de cuál capitalismo?

    Diferentes teorías y, en consecuencia, diferentes recetas se han aplicado sin que sea claro que estas lleven a una salida exitosa del mal momento.

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Más allá de la simple afirmación de que estamos en la peor crisis del sistema capitalista desde el año 29 (o de su historia), se ha buscado dar explicaciones que permitan proponer soluciones.

El primer y más generalizado diagnóstico no parece haber acertado; como la crisis comenzó por los castigos de cartera a los bancos de inversión por los paquetes de hipotecas subprime que intoxicaron el mundo financiero, se ha atribuido el problema a los efectos de las quiebras de las entidades de ese sector (bancos, aseguradoras, etc.), supuestamente porque al no poder irrigar el crédito toda la economía colapsaría.

Por eso se han destinado billones y billones, tanto en Estados Unidos como en Europa y Asia, a mantener a flote las compañías que además de tener que responder por el dinero del público cumplen la función de trasladar el ahorro a la inversión.

Sin embargo, ya hay un cuasi consenso en cuanto a que esto o no ha solucionado la crisis o no ha sido suficiente. Y ha tocado reconocer que el sector productivo también está en problemas y no solo por la falta de crédito (ejemplo: las ayudas a los fabricantes de automóviles en cada país).

Pensando que la solución puede estar en el lado de la demanda, también se han propuesto alternativas que van desde refinanciar a los deudores hasta disminuir los impuestos. Se habla también de una revancha keynesiana, o neokeynesianismo, consistente en grandes programas de inversión que, aunque generadores de grandes déficits fiscales, podrían mantener el empleo y el ingreso para evitar una mayor recesión y un mayor impacto social. También se considera que entramos en una etapa de neoproteccionismo, donde, para el mismo propósito, cada país defiende su industria local.

En fin, diferentes teorías y en consecuencia diferentes recetas se han aplicado sin que sea claro que estas lleven a una salida exitosa del mal momento.

En la reunión del G20 dos posiciones parecen presentarse: la liderada por la Canciller alemana que sostiene que hay que dejar que los remedios implementados en cada país produzcan sus efectos y que lo que toca es preocuparse por la postcrisis y el nuevo orden a crear; y la de quienes desean globalizar el manejo de la crisis, tomando decisiones conjuntas para afrontar la coyuntura.

Al lado de esto se presentan la crisis energética, el cambio ambiental, el aumento de la protesta social, no como consecuencia del modelo capitalista sino como problemas paralelos y, quien sabe por qué, coincidentes pero no dependientes o derivados de un mismo origen.

De esta manera se asume que no es el sistema capitalista mismo el que está en juego sino, internamente, alguna falla que se podrá corregir; y para esos 'paralelos' se buscan las respuestas en los mismos principios del sistema (incentivos económicos y regulaciones).

Se llega a reconocer que los excesos del neoliberalismo como modalidad del capitalismo produjeron la actual catástrofe, pero se supone que con algunos mecanismos regulatorios esto se corrige.

No se asume como una crisis integral, que abarca al sistema capitalista en su conjunto, en otras dimensiones, políticas, sociales, ideológicas, ecológicas, internacionales... que va mucho más allá de una mera crisis bancaria o aún económica.

Hay otras interpretaciones que parten de análisis diferentes y plantean la necesidad de denunciar las mentiras que permanentemente divulga la prensa para minimizar la situación. La gente debe tomar conciencia, por ejemplo, de que el cambio climático puede llevar a una catástrofe de dimensiones incalculables. Pero también de que no es una serie de "desastres naturales" sino creados por el hombre, por un sistema que transforma la naturaleza en recursos económicos, en mercancías que pueden utilizarse sin limitación alguna.

El capitalismo puede haber desarrollado características que depredan más allá de lo que las fuerzas productivas generan, hasta un punto tal en que el conjunto del sistema no puede reproducirse más...

En su modalidad neoliberal permitió y propició el crecimiento de un sector especulativo desbordado. El mercado real hoy es insignificante ante una especie de casino donde se tranzan productos virtuales 60 veces mayores que el total de los presupuestos de todas las naciones.

Por ejemplo, en Colombia en el mercado de futuros de divisas se llegan a realizar en un día compraventas de dólares por sumas del orden de lo que el gobierno americano ha entregado en un año para el Plan Colombia. Es claro que ni en un año podrían los particulares hacer transacciones en efectivo por esas sumas. Lo que sucede es que juegan unos a que el dólar subirá (o a subirlo) y otros a la baja (o a bajarlo) cruzando y liquidando operaciones solo alrededor del cambio en la cotización pero sin que se produzcan los correspondientes movimientos del capital. Y el casino no es nuestra insignificante bolsa sino el conjunto de bolsas de valores e 'inversionistas' o sea jugadores del conjunto del mundo. Entonces, el valor del dólar -y el valor de los commodities y en consecuencia en alguna forma de todos los bienes- no lo determinan la oferta y demanda real de cada cosa sino los jugadores del casino...

Esto lleva a una inconsistencia del capitalismo, puesto que el mercado, que supone ordenar el uso de los recursos mediante el valor que asigna a cada bien, está completamente distorsionado. Como la especulación en el sistema financiero con sus 'derivados' es la evolución natural del capitalismo, el único camino para salir de la encrucijada a la cual hemos llegado sería cambiarlo por un sistema diferente.

Esa 'pirámide' de tahúres no es una realidad separada, independiente de la llamada economía real o productiva: fue engendrada por la dinámica del conjunto del sistema capitalista al igual que las necesidades de rentabilidad de las empresas transnacionales o las necesidades de financiamiento de los Estados. No es una red de especuladores autistas ajenos a la racionalidad misma de esta civilización sino la premonición de su decadencia.

Por otro lado, el crecimiento mundial depende de los cambios tecnológicos. Pero ello ha llevado a que estos tengan un tiempo de aplicación muy corto mientras que su costo es cada vez mayor. En estas condiciones, no se logra amortizar la inversión en el tiempo, ni acumular nuevo capital ya que el que así se forma toca desecharlo cada vez más rápido. El PIB mundial ha disminuido su crecimiento y, teniendo en cuenta lo anterior, su aumento real está hoy prácticamente por debajo del crecimiento demográfico.

Así las cosas, ante una torta que crece al mismo ritmo que la población que la consume, la competencia lo que determina es quién le quita a quién su parte. En esta etapa del capitalismo los 'daños colaterales' (medio ambiente, etc.) son despreciados al igual que los efectos sociales: solo se puede acumular en detrimento de lo uno o de lo otro. Esto explica el aumento de la desigualdad, de la pobreza, y el deterioro planetario, puesto que son estos los que permiten que sobreviva el sistema capitalista.

No sin razón Zbigniew Brzezinski -quien es el Henry Kissinger del partido demócrata hoy en el poder- dejó sus reflexiones sobre política internacional y advierte sobre la posibilidad de agravamiento de los conflictos sociales en los Estados Unidos y el mundo.

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