Opinión

  • | 2009/10/02 00:00

    ¿Estamos bien o mal de salud?

    Una adecuada cobertura de salud para la totalidad de la población tiene que ser una meta de cualquier sociedad.

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En pleno siglo XXI, un país en el cual una porción importante de su población considera que no cuenta con acceso adecuado a un sistema de cobertura de salud, es un país que está en problemas. Este es el caso de los Estados Unidos y así lo ha entendido el presidente Obama. Desafortunadamente, ni sus detractores, ni las cifras fiscales lo están ayudando en su empeño por tratar de construir un sistema más justo y universal para la probación de la nación más rica del planeta.

¿De qué le sirve a los Estados Unidos ser la gran potencia económica, política y militar, si no es capaz de brindarle una vejez digna a sus adultos mayores, o incapaz de darle cubrimiento a la totalidad de sus niños al momento de nacer?

Esta es sin duda la paradoja de un país que lleva más de 150 años tratando de convertirse en la sociedad más poderosa del planeta.

Esos malos resultados no desaniman a otros países en tratar de construir sistemas con coberturas de salud para toda su población. Colombia, afortunadamente, ha tenido dentro de sus objetivos sociales esa meta.

En el año 1993 se promulgó la Ley 100, que reformó el sistema de salud aceptando que una parte de la población tendría capacidad de aportar para pagar su cobertura, mientras el resto debería ser motivo de un sistema que subsidiara su cobertura. Así nacen el Régimen Contributivo y el Régimen Subsidiado.

Algunos de los resultados son realmente satisfactorios. A inicios de la década de los 90, menos del 60% de la población contaba con cobertura médica total, 20% a través del seguro social y 40% a través de algún sistema de cobertura oficial. A fines del año 2008, el nivel de cobertura total llega al 95% de la población. Esta cifra es a todas luces buena. Supera con creces los niveles de cobertura de los Estados Unidos.

Así las cosas, las grandes preguntas son dos, primera: ¿la calidad del sistema es adecuada? Y, segunda: ¿es sostenible el sistema, o estaremos viviendo una ilusión pasajera? Desafortunadamente las respuestas a estos interrogantes no son alentadoras.

Desde el momento de la promulgación de la Ley 100 hasta hace muy poco, la verdad es que nos encontrábamos literalmente frente a ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda categoría. No parecía que estuviéramos hablando del mismo país cuando comparábamos la atención que recibían las personas cubiertas por el régimen contributivo a través de las EPS, frente a la precaria cobertura que recibían las personas bajo el régimen subsidiado a través del Fosyga.

Para colmo de males, el 60% de la población se encuentra hoy en esa segunda categoría; es decir, más de la mitad de la población, si bien cuenta con cobertura de salud, lo hace en condiciones bastante dudosas.

Las diferencias han sido tan dramáticas que sin duda alguna se han convertido en un mecanismo de profundización de los círculos de pobreza, ya que desde el momento de nacer, o antes, se definen desventajas insalvables para algunos. Es como si en una carrera de 100 metros unos partieran de la salida, mientras otros arrancaran 50 metros atrás. La posibilidad de crear condiciones de competencia equilibradas son nulas desde antes de la largada.

Hace unos meses, la Corte Constitucional afrontó el tema mediante la Sentencia T-760 que ordena ofrecer coberturas similares y equilibradas a las personas cubiertas por los dos sistemas. No puede haber una decisión mejor intencionada.

Sin embargo, esa decisión nos enfrenta a la pregunta sobre la sostenibilidad del sistema. Múltiples síntomas nos indican que el sistema está en peligro. Los recursos del sistema contributivo, que sirven para subsidiar al resto de la población, son muy inferiores a los proyectados. La población subsidiada es mucho mayor a la proyectada. El sistema no está preparado para nivelar por lo alto las coberturas. Hay incentivos para no salirse del sistema subsidiado hacia el contributivo cuando las personas consiguen trabajo, entre muchos otros grandes traumas.

El sistema está grave y en cuidados intensivos. Hay que atenderlo y salvarlo. Si hoy en día contamos con el 95% de la población cubierta, debemos llegar al 100%, pero esto solo se logra con responsabilidad y decisiones inteligentes y valerosas que el país está en mora de tomar. No dejemos que este joven se nos muera cuando tenía tanto futuro.

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