Opinión

  • | 1997/08/01 00:00

    Estado lamentable

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Desde que tengo uso de razón he oído decir que vivimos el peor año de la historia del país, que el gobierno de turno es el más malo que hemos soportado y que estamos al borde del caos. Padecimos la hegemonía conservadora y el "Binomio Pueblo-Fuerzas Armadas", 16 años de altibajos del Frente Nacional, el "Mandato Claro", el "Estatuto de Seguridad", las palomitas de Belisario y el "Revolcón", y nunca oí comentar que la situación era excelente y que el país estaba en las mejores manos. Sin embargo, la transformación en esos años fue asombrosa en términos materiales. Nunca -hasta ahora- sufrimos los tropezones económicos y políticos de nuestros vecinos y, mal que bien, han mejorado las condiciones de vida de nuestros compatriotas, a pesar de que aún estamos a años-luz de tener una sociedad justa y condiciones de vida aceptables para todos. Pero ese progreso se ha dado en medio de violencia creciente y de descomposición social que no hemos querido encarar. Hemos pasado cinco décadas criticando las embarradas diarias de cada gobierno y nos hemos hecho los de la vista gorda ante el deterioro moral que está socavando las bases de nuestra sociedad.



Y todo ese proceso de descomposición salió a flote con la elección de Samper. Porque la gran diferencia de éste con los gobiernos anteriores, es que es el primero que es fruto ostensible de ese país corrupto. Nadie puede decir seriamente que los funcionarios venales aparecieron en este gobierno, ni que los anteriores estuvieron integrados totalmente por ciudadanos pulquérrimos, pero nunca antes habíamos contemplado una exhibición de corrupción generalizada como ahora. Si quisiéramos hacer un recuento de estos últimos tres años, empezaríamos por el espectáculo de Fernando Botero, a la sazón flamante ministro de Defensa, de la mano de don Horacio Serpa, hasta hace poco presidente de facto, declarando indignados por televisión que cualquier insinuación de que había entrado plata de narcos a su campaña era una infamia de Pastranita. Después de carcelazo de Botero -del que se ha salvado Serpa por arte del birlibirloque- nos tocó presenciar el espectáculo democrático de la preclusión, dirigido por la insigne figura de don Heyne Mogollón, mientras un buen número de sus colegas, "Padres de la Patria", eran encarcelados por corruptos. Más tarde vinieron otros escándalos: las charlas íntimas del presidente con la monita retrechera, las "gestiones" de Mauss y la Siemens con Serpa y sus "liasons dangereux" con el cura Pérez, las descertificaciones con "desvisada" de Samper y las claudicaciones ante los sindicatos, y todo el país ha aceptado con resignación este desastre, inconcebible hace pocos años.



Además de la corrupción, y debido a ella, dos males terribles se han apoderado del país: el narcotráfico y la guerrilla. El primero se afianzó porque todos los ciudadanos de bien nos hicimos los de la vista gorda mientras esos criminales compraban todo. Muchos se lucraron vendiéndoles cosas caras y otros encontraron más expedito venderles sus conciencias a cambio de unas limosnitas. Y así, con unos y otros, su enorme capacidad económica acabó por corromper a casi todos los estamentos de nuestra sociedad. Hoy es difícil encontrar una actividad en la que no se hayan infiltrado y sus dineros hayan pasado por las manos de casi todos, con conocimiento o sin él. Y, querámoslo o no, gústenos o no, tienen enorme influencia, por la vía del soborno o de la intimidación violenta, en la mayoría de los legisladores, de los gobernantes, de las fuerzas del orden y del estamento judicial.



Y llevamos 30 años viendo cómo la guerrilla, en contubernio culposo con los narcos, crece y se multiplica, por la incapacidad de los gobiernos y de la sociedad civil de ponerle la cara al problema. Pero los grupos guerrilleros nunca antes habían llegado a este grado de insensatez y de barbarie y, sobre todo, nunca antes habían alcanzado tanto poder militar y político como el que hoy ostentan y nos refriegan en las narices. El último episodio, y el más grave fue el espectáculo de la capitulación de Cartagena del Chairá, con los "muchachos" requisando a los funcionarios del gobierno ante las cámaras de televisión y con la presencia de ministros del despacho, con la misma sonrisita que lucen cuando van en misiones a países extranjeros, que fue exactamente lo que ocurrió. Los representantes del gobierno llegaron en visita oficial a Farcolandia, en territorio que pocas horas antes había dejado de ser de Colombia, pues lo había entregado nuestro glorioso Ejército Nacional a quienes proclaman y demuestran todos los días que están al margen del ordenamiento jurídico colombiano. ¡Y don Ernesto dice que es lo mejor que le ha pasado al país desde la derrota 5-0 a la Argentina! Igual que Marroquín, haciendo chistes cuando le entregó a los gringos a Panamá.



Y como si fuera poco, lograron acabar con la economía y llevarnos a la recesión y al desempleo, a una situación que no podíamos prever ni en nuestras más espantosas pesadillas. Durante años repetimos el estribillo de que "el país va mal pero la economía bien", y nos creímos el cuento, tal vez porque se necesitaba un gobierno moralmente cuestionado, dando bandazos en la política macroeconómica, despilfarrando en clientelismo recursos inexistentes y atrapado por las exigencias de los sindicatos y los gamonales, y por su propia obsesión de perpetuar el régimen, para descuadernar, también, lo único que medio funcionaba.



Hoy tenemos el país en un estado lamentable. No se qué puedan hacer los ciudadanos de bien, los que han estado cómodamente ausentes de la dirección del país, para sacarnos de este atolladero, pero lo que haya que hacer, va a costar mucho sufrimiento, porque hay que purificar esto de arriba a abajo. Las próximas elecciones son decisivas, allí nos vamos a jugar nuestro futuro, y no podemos darnos el lujo de reelegir a Serpa, para que acabe de entronizar en el solio de Bolívar la sublimación del clientelismo populista. Nos servirían varios de los otros candidatos -ya no importa el rótulo de partido-, siempre y cuando nos garanticen un verdadero cambio de rumbo y tengan los calzones para atacar, con toda la energía, el cáncer que nos corroe. Nuestro principal deber de ciudadanos será votar, votar en grandes multitudes, para botar a los corruptos. Si en las próximas elecciones vuelve a triunfar la abstención y dejamos, indolentes, que sigan mandando los mismos, tendremos que cargar con el pecado de dejar a nuestros hijos un país sin futuro.
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