Javier Fernández Riva

| 5/27/2003 12:00:00 AM

Esquizofrenia fiscal

La diferencia entre lo que dice y lo que hace el gobierno en materia de gasto público está llegando a extremos absurdos.

por Javier Fernández Riva

Parecía cosa de magia. A pesar del gran aumento de los impuestos la demanda agregada estuvo tan vigorosa al inicio de este año que fue posible colocar en el país lo que no pudimos vender en Venezuela, y hubo euforia en los mercados locales. Dándole la vuelta a la frase de Colbert, nunca habíamos visto quitarle tantas plumas al ganso contribuyente sin que lanzara, siquiera, un graznido. Hasta parecía gustarle.

El misterio comenzó a aclararse cuando aparecieron las primeras cifras de caja sobre el fisco nacional, en la página web del Banco de la República, que mostraban un inesperado aumento del gasto público. Pero eran provisionales y sujetas a variadas interpretaciones. Preferí esperar las cifras de "causación", elaboradas con la metodología FMI, y la semana pasada pude disponer de ellas. Sé que suena difícil de creer pero, en el primer trimestre el gasto del gobierno Nacional aumentó más de 45%. Descontada la inflación, eso deja un aumento del gasto "real" de más de 37%. No recuerdo otro año en el cual el gasto hubiera crecido tanto.

A la luz de esas cifras no hay por qué sorprenderse de que los impuestos no debilitaran la demanda. Por la vía del gasto el gobierno le inyectó a la economía un poder de compra muy superior al que le sustrajo con los tributos. Concretamente, mientras los recaudos tributarios aumentaron $2,1 billones, el gasto interno creció $3,2 billones, siempre respecto al primer trimestre de 2002. ¡Cómo no iba a estar firme la demanda si en lo corrido del año tuvimos manejo fiscal expansivo, tasas de interés por el suelo y tipo de cambio real por las nubes! Más no se podía pedir.

Tan interesante como el aumento del gasto fue la forma como se financió el déficit: casi en un 40% con emisión del Banco de la República, en la forma de un "traslado" de utilidades. Un keynesiano viejo diría que se usó la receta perfecta porque no solo se gastó en forma deficitaria, cuando la economía estaba en riesgo de caer en una recesión por la crisis venezolana, sino que el déficit se financió a costo cero, y en una forma que facilitó que la política fiscal y monetaria expansivas se reforzaran recíprocamente.

Cuando ya creíamos extinguidos a los keynesianos, o relegados a las facultades de ingeniería, resulta que los tenemos vivitos y coleando, es decir, gastando, en los puestos claves del gobierno.

Mi admiración por el Presidente me tienta a participar en el ritual y decir que, a pesar de las curiosas cifras del primer trimestre, creo que el gobierno fue serio en el ajuste fiscal que propuso y que, por esa razón, los excesos de gasto al inicio del año darán lugar a compensaciones más adelante. Pero no lo voy a decir porque la contradicción entre la formulación y las cifras es demasiado grande, y porque lo que realmente creo es que el gobierno es serio en su compromiso de mantener el crecimiento y mejorar el orden público. El programa fiscal original, como quedó consignado en el Plan de Desarrollo, no resultaba compatible con esos objetivos prioritarios.

La contradicción entre la disposición del gobierno a ejecutar agresivas políticas para evitar la recesión, y para avanzar en el frente el orden público, y un programa fiscal de la más absoluta "ortodoxia" se ha resuelto, hasta el momento, de manera afortunada para la economía y para el mismo prestigio del Presidente, como lo revelan las encuestas. Pero es el tipo de contradicciones que puede dar lugar a una peligrosa esquizofrenia, ineficiencia y confusión. Para la salud mental de los funcionarios y la mejor comprensión de las políticas por el público no vendría mal un poco más de coherencia entre lo que dice y lo que hace el gobierno en materia fiscal.
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