Opinión

  • | 2006/03/01 00:00

    Escrito con la mano, borrado con el codo

    La erradicación manual no debe ser una excusa para la guerra -como en La Macarena-, sino un instrumento de reivindicación social, económica o de recuperación territorial.

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El país y la comunidad internacional han sido sorprendidos con el anuncio que ha hecho el gobierno de bombardear el parque nacional La Macarena. Más, cuando un par de semanas antes y luego de un enorme debate en contra de la tentativa de fumigación con glifosato en esa importante reserva natural, el Presidente anunció que a cambio se procedería a la erradicación manual de los narcocultivos, recibiendo de inmediato la aceptación y el respaldo nacional e internacional.

Y es que las cosas no han salido bien. En el intento de que el Ejército y la Policía aseguraran las zonas de cultivo han muerto 12 patrulleros a manos de las Farc, entre ellos un capitán y un teniente, y de los casi mil erradicadores contratados, cerca de dos terceras partes han renunciado o abandonado el trabajo no sin antes manifestar su inconformidad por el alto grado de improvisación con que se ha realizado la operación. Un sentimiento similar empieza a apoderarse de las filas de la Policía.

El más reciente estudio de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito -UNODC- sobre la incidencia de los cultivos ilícitos en las 51 áreas que componen el Sistema de Parques Nacionales Naturales muestra que entre 2001 y 2004 el principal problema fue la deforestación para usos diferentes a los de la coca. En los 18 parques nacionales donde se detectaron narcocultivos se talaron en tres años 19.100 hectáreas de bosque, de las cuales solo 3.630 estaban cultivadas con coca. Las demás fueron taladas para pastos, extracción de maderas u otros cultivos a manos de colonos pobres.

En 2004, en los 10 millones de hectáreas de superficie total de los parques nacionales, se localizaron solo 5.364 hectáreas de coca sembradas y, de ellas, el 50% correspondía al parque de La Macarena, santuario histórico de las Farc. Sin justificarla, se trata de una cifra poco relevante cuando se observa que en el nivel nacional el total de hectáreas sembradas fue de 80.000. Cabe entonces preguntarse si en este caso el interés real del gobierno está en la protección del parque nacional o en su confrontación con las Farc.

La situación que se presenta en La Macarena contrasta con la hasta ahora exitosa erradicación manual de los cultivos de coca en el parque nacional de la Sierra Nevada. Allí, los indígenas Kogi y Arhuaco lograron convencer al gobierno de las bondades que ofrece la recuperación de sus territorios ancestrales que se encuentran en manos de colonos cocaleros y de paramilitares que han invadido sus resguardos y el parque nacional. El gobierno compró un importante número de mejoras con cultivos y todo, en tanto que los indígenas -para quienes la tierra y el buen manejo de su territorio son parte fundamental de su cultura- se organizaron en mingas de más de 100 hombres para erradicar los narcocultivos y permitir así la regeneración natural de los ecosistemas. Este proceso que se constituye en un gana-gana para indígenas y gobierno ha contado con el monitoreo de UNODC.

Si bien se trata de dos situaciones muy diferentes, la verdad es que la erradicación manual es una muy importante alternativa a las fumigaciones con glifosato. Otros ejemplos de erradicación manual, que ya suman más de 30.000 hectáreas, se han dado en Boyacá, Antioquia, Guaviare y en dos parques nacionales.

Por su importancia en la solución al flagelo del narcotráfico, la erradicación manual no debe ser una excusa para la guerra -como en La Macarena-, sino un instrumento de reivindicación social, económica o de recuperación territorial -como en la Sierra Nevada, Boyacá, Antioquia y Guaviare-, donde las comunidades locales encuentran soluciones reales a sus problemas en compañía del Estado. Es esta también la mejor forma de proteger y recuperar nuestro patrimonio natural afectado, tanto por los cultivos ilícitos, como por las fumigaciones cuyos resultados son cada día más cuestionables. Basta recordar cómo en 2004 fue necesario fumigar 136.000 hectáreas de coca para alcanzar una reducción de tan solo 6.000.

Con los bombardeos en La Macarena se corre el riesgo de generar una confusión en la lucha contra las drogas y borrar con el codo lo escrito con la mano.
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