Opinión

  • | 2006/07/07 00:00

    Escasez de paciencia

    Una dosis de perspectiva histórica para contrarrestar el cortoplacismo del debate político actual.

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Moisés Naim, conocido analista político y editor de Foreign Policy, suele decir que el bien más escaso en América Latina no son los dólares, sino la paciencia. El público espera soluciones inmediatas, los electores ponen plazos perentorios a los gobiernos para mostrar resultados y los gobiernos se comprometen con políticas que rinden beneficios inmediatos, no importa cuál sea su efecto de largo plazo.

En este contexto, es útil buscar una perspectiva histórica que permita poner en contexto los problemas de desarrollo. Esta pregunta es un buen comienzo: ¿En qué año llegaron los países que hoy llamamos desarrollados al nivel de ingreso per cápita que tienen actualmente los países latinoamericanos? La pregunta es relevante para saber qué tan lejos en el tiempo podemos estar de niveles de desarrollo que podríamos considerar aceptables.

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, en 1939, las 20 economías que hoy llamamos desarrolladas tenían justamente el mismo ingreso per cápita promedio que hoy tienen las economías latinoamericanas.

En América Latina conviven realidades de tiempos muy distintos. Mientras Argentina o Chile están en los niveles de desarrollo de Europa cuando las barricadas de París o cuando surgieron los Beatles, Bolivia, Honduras y Nicaragua están bastante más cerca del oscuro mundo de Charles Dickens de la segunda mitad del siglo XIX.

En esta cronología, que se parece a la realidad, Perú está en medio de los años locos (1925) Venezuela está al borde de la Gran Depresión (1928), Colombia está a punto de salir de la gran guerra (1943) y Brasil, Costa Rica y Uruguay están entrando en la fase de más rápido crecimiento que tuvieron los actuales países desarrollados, que abarcó desde 1950 hasta 1973.

Todo esto sugiere que el mundo desarrollado no es tan remoto como luce con los anteojos de la impaciencia. Por desgracia, hay buenas razones para la impaciencia, ya que en los últimos 30 años América Latina solo avanzó el terreno que los países desarrollados recorrieron entre 1923 y 1939, a pesar de que esos fueron años de tanta inestabilidad macroeconómica, política y social como las décadas recientes en América Latina.

En la versión idealizada que casi todos tenemos sobre los países actualmente desarrollados está la creencia de que pusieron atención a los problemas sociales más rápidamente que nosotros. Todos los indicadores refutan esta sospecha. Hacia finales de la década del 30, la mortalidad infantil en esos países era 68 por 1.000, mientras que hoy en América Latina es menos de 26. Nosotros nos hemos beneficiado de los avances tecnológicos que ellos lograron. Pero la comparación es semejante en otros campos sociales. Por ejemplo, el promedio de educación en los países desarrollados era 7,4 años, ligeramente menos que actualmente en América Latina, donde las generaciones recientes están alcanzando unos ocho años de educación en promedio.

También se cree que los países desarrollados construyeron gobiernos más fuertes, más grandes y con más recursos, y que eso fue la base para su posterior crecimiento. Las cifras no confirman este prejuicio: en 1937, a pesar de las tendencias de expansión del Estado que prevalecieron en los 30, los gobiernos de los países desarrollados representaban 22,8% del PIB, algo menos que hoy en América Latina (24,8%). Los recaudos de impuestos directos eran tan bajos como lo son ahora en América Latina, y los recaudos por impuestos indirectos mucho menores que los nuestros actualmente.

Tampoco usaban los recursos fiscales en forma mucho más democrática o redistributiva que los latinoamericanos. De hecho, el gasto social en América Latina (incluyendo educación, salud y pensiones) es dos veces y media lo que era en los países desarrollados por esa época (11,8% del PIB en comparación con 4,5%). Y esto a pesar de que, ya para entonces, en esos países había proporcionalmente el doble de población mayor de 60 años de la que hay ahora en América Latina.

Las comparaciones podrían seguir en forma indefinida y la conclusión siempre sería la misma: nada sugiere que América Latina haya dejado de hacer algo crucial que sí hicieron los países desarrollados para llegar donde están. Al contrario, en muchos aspectos del desarrollo, América Latina ha avanzado más rápido de lo que cabría esperar para los niveles de ingreso per cápita alcanzados hasta ahora. El problema es que perdamos la paciencia, en vez de perseverar en el largo camino del desarrollo.

Nota: El autor está vinculado al BID, pero sus opiniones no comprometen a esta institución.
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