Opinión

  • | 2011/04/13 00:00

    Escándalos, violencia y falta de análisis

    Por ocuparse de la divulgación de estos hechos se ha perdido la noción que ellos nacen de problemas que la sociedad tiene y que debe buscárseles soluciones.

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Horrorizan, o por lo menos abruman, los noticieros de televisión y de radio con los informes sobre corrupción o sobre toda clase de violencias.

Siguiendo la teoría de que un perro muerda a una persona no es noticia pero que sí lo es el que una persona muerda un perro, es lógico que lo que vende y produce rating son esos temas y que, fuera de la farándula y los deportes, se concentre el grueso del esfuerzo de los medios en mostrar lo que en esos campos sucede.

Pero sería intentar tapar el sol con las manos desconocer que también es el reflejo de que vivimos un periodo en que se han multiplicado los casos y las expresiones tanto en cuanto a los escándalos, como en cuanto a las modalidades de inseguridad que aparecen. No se sabe si es el sector privado o el público quien más tendencia al delito muestra, ni se sabe qué es más peligroso: si ir a un estadio con la camisa del equipo favorito -para que lo maten las barras bravas- o asomarse a la ventana de la casa para recibir una bala perdida. Hasta las guerrillas y las Bacrim han perdido espacio noticioso y da la sensación de ser una rutinaria propaganda la repetición permanente de la captura de jefes de finanzas y segundos al mando que cada día caen.

Lo malo no es que se dediquen los medios de comunicación a competir por cuál es más truculento o cuál moviliza más las emociones al respecto y así consigue más audiencia; al fin y al cabo eso es negocio y hasta cierto punto se puede reconocer como su función.

Lo grave es que al solo desplegar los hechos sin mencionar para nada las posibles causas y sin dar ninguna importancia al análisis contextual de esos fenómenos, se acaba anestesiando a la opinión pública, quien acepta como parte de la normalidad lo que sucede y se elimina tanto el objetivo de combatirlo como el espacio para hacerlo.

En otras palabras, lo que ha sucedido es que por ocuparse de la divulgación de esos hechos se ha perdido la noción de que ellos nacen de problemas que la sociedad tiene y que debe buscárseles soluciones. Nos parece parte de la cotidianidad lo que en cualquier otro país como suceso excepcional despertaría inmediatamente debates, propuestas y opiniones sobre lo que eso significa y sobre cómo corregirlo. Es verdad que para dar a conocer esos hechos es que existen los medios masivos de información, pero también es verdad que al solo presentarlos como algo ordinario, sin invitación o comentario alguno sobre por qué suceden o cómo evitarlos, no solo adormecen el interés por el análisis sino desvía la atención de los campos y las personas donde eso sí se busca.

Pareciera que ha desaparecido la función de la academia o, más exactamente, los foros donde se hacen estudios a nivel de teoría del por qué de la realidad que vivimos y, en consecuencia, el cómo poder cambiarla. El 'conocimiento' de penúltima moda en el mundo -aun plenamente vigente entre nosotros- no considera que trabajar sobre modelos y abstracciones sea conducente a una mejor sociedad y entrega todo el ajuste de las relaciones de los ciudadanos a manos del mercado y del libre juego de los poderes. Los medios de comunicación, dentro de la misma onda y el mismo interés, se limitan a describir la barbarie y la desviación del comportamiento de los individuos como simple fuente noticiosa y no como una enfermedad de nuestra sociedad y nuestro Estado.

Eso hace que los gobernantes tomen medidas según la aceptación que sientan por parte de la población, sin tener como referencia un marco dentro del cual se justifica y se explica. Todo acto de gobierno beneficia a algunos y perjudica a otros, luego a los primeros les parece bueno y a los segundos malo, y eso siempre sucederá; y, ante la ausencia de un modelo que debería ser el que califique si una decisión es apropiada o no, el único criterio para gobernar y legislar es qué tiene mejor imagen en la opinión pública.

Por eso nos encontramos en un mundo donde lo importante es vender la imagen y no solucionar los problemas. Y, también por eso, hemos perdido la capacidad crítica, al punto que no nos damos cuenta de cuándo unas propuestas son irreales, absurdas o perjudiciales.

Tal es el caso del propósito de restituir a 400.000 familias desplazadas las cuatro o seis millones de hectáreas de las cuales fueron desposeídas. Esa promesa del Gobierno y del legislativo implicaría titular y entregar durante su mandato un promedio de cuatrocientos predios diarios, lo cual es, más que imposible, impensable. Pero la emoción que eso despierta no solo hace que se considere que así al fin nos volvemos un país Justo y Progresista con 'Prosperidad Democrática', sino impide que estudiemos en qué medida es esto posible y adónde nos puede llevar en el mundo real ese intento. Es decir, sin contextualizar que esto supone ser un instrumento de un posconflicto o, en el mejor de los casos, de justica transicional que no tiene sentido tomarla en medio del conflicto, no entendemos lo lógico de sus efectos inmediatos -por ejemplo, los homicidios a quienes lideran ese retorno- ni parece importarnos el que seguramente serán más los casos de frustración -y en consecuencia de mayor razón para nueva violencia- que el posible cumplimiento de esa meta. Es imperioso resaltar el derecho que a ellos asiste y el deber que el Estado y nosotros tenemos de reconocer su calidad de víctimas y corregirlo y compensarlo, pero la obligación es hacerlo en una forma realista y no engañarlos y engañarnos con falsas ilusiones.

Algo similar sucede con el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Nos han vendido la idea de que nada más deseable que unos supuestos beneficios de tal acuerdo. No se tiene en cuenta ni la falta de estudios sobre los cuestionamientos respecto a lo que a nivel teórico este podría producir, ni lo que las experiencias muestran en cuanto a fracaso en relación a lo buscado en el campo económico o la tragedia que lo acompaña en el campo social; también se olvida la ausencia de lo que se consideró los mínimos requerimientos para su aplicación -v.gr. la infraestructura y lo que en general se llamó la 'agenda interna'-; tampoco pareciera importar el cambio de nuestra economía al convertirse en básicamente extractiva -minería y petróleo- perdiendo importancia la generación de valor agregado.

Respecto a esto último, imposible no mencionar la falta de análisis sobre lo que significa la orientación hacia un modelo económico que no se basa en generar riqueza sino en consumir los recursos que la naturaleza nos dio, y que se caracteriza por ser el de menor capacidad de crear empleo.

En resumen, mientras nos dediquemos a regodearnos pensando en que nosotros no somos parte ni culpables de la corrupción o de la violencia del país, y sigamos aceptando que nos la presenten como un inventario que simplemente nos acompaña, nunca mejoraremos.

Mientras no demos más importancia a los esfuerzos de los grupos de estudio -tanques de ideas, centros de pensamiento, academia- que a la truculencia de los medios comerciales de información masiva, seguiremos en el caos actual. Mientras nuestros dirigentes no se guíen por modelos teóricos de desarrollo sino por la 'opinión pública', o sea por quienes la manipulan, los escándalos y la violencia no se combatirán y no disminuirán puesto que, hasta cierto punto, son su insumo básico.

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