Opinión

  • | 2007/09/28 00:00

    Época de encuestas

    Lo esencial en una encuesta es saber cómo se hace, ya que a través de la definición y partición del universo que se diseña y/o de la forma en que se presente se puede obtener fácilmente una distorsión de lo que se pretende averiguar.

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Una encuesta según la cual los hombres tenían en promedio por individuo más relaciones hetereosexuales (o sea con miembros del otro sexo) que las mujeres, despertó entre los profesionales del ramo una inquietud de hasta dónde podía llegar el error en sus conclusiones.

La realidad es que por cada acto sexual de algún hombre está el de la mujer, por lo tanto el total es el mismo para los dos sexos, y teniendo en cuenta que la población masculina y la femenina son prácticamente iguales, el promedio no puede ser diferente.

Cualquier encuesta que no dé este resultado tiene un error, y la explicación, aunque puede estar en que el encuestado suministra mal la información (las mujeres tienden a mostrarse 'recatadas' y los hombres a mostrarse 'muy machos') generalmente está en un mal diseño de la muestra tomada.

Para este caso el error puede estar por ejemplo en que se ponderan de la misma forma todas las edades y no se toma en cuenta que la sexualidad activa del hombre se prolonga más que la de la mujer (se toma solo en consideración la proporción por ejemplo de mayores de 70 como total de la población pero no que la cantidad de 'encuentros' a los 70 años es menor que a los 50, y que a esa edad el varón es más activo que la mujer).

Es obvio que entre más amplia sea la encuesta más acertada puede ser, pero porque permite hacer más subdivisiones con ponderaciones diferentes. En el ejemplo mencionado no se mejoraría mucho la información ni la exactitud con solo doblar el número de entrevistas pero sí al hacer la partición teniendo en cuenta esas características (sorpresa: si en términos comparativos el sexo masculino es más activo cuando viejo eso implica que las mujeres tienen más relaciones en el resto de la vida -la diferencia es muy pequeña pues en esa edad mayor los encuentros son mucho más distanciados, pero según eso la mujer durante la 'edad madura' sería más 'fácil' o más libidinosa que el hombre).

Por eso, a diferencia del cuento del chorizo, lo esencial en una encuesta es saber cómo se hace, ya que a través de la definición y partición del universo que se diseña y/o de la forma en que se presente se puede obtener fácilmente una distorsión de lo que se pretende averiguar.

En particular deben producirnos una inquietud similar las encuestas políticas, cuando para una misma información dos firmas dan resultados que muestran una diferencia más grande que el margen de error que ellas dicen, puesto que en principio esto debería ser imposible.

El caso de una mala presentación se puede ilustrar con un ejemplo: Si se toma a mil personas como representativas de una población, la pregunta de si piensan votar o no puede tener un determinado margen de error (supongamos que 300 no piensan votar, y que el margen de error así es 5%); si en la segunda pregunta debe indicar el candidato por el cual piensa votar, la muestra será sobre 700, por lo tanto el margen de error no puede ser el mismo sino será mayor. Como casi nunca aparece esto en la información sobre la metodología, la diferencia entre dos encuestadores puede ser de más de ese 5% sin que aparezca explicación alguna pues la ficha solo menciona el margen de error sobre el total entrevistado; y si en vez de dos opciones (como el caso de la pregunta si va a votar o no, o si votará por el candidato A o por el B) son varias las opciones, el margen de error será más grande entre más posibilidades haya.

Que puede haber interés en manipular las encuestas es obvio pues aunque sea algo absurdo, la verdad es que muy buena parte de los votantes tienen tendencia a ver las elecciones como quien apuesta en una carrera de caballos: no votan por defender un programa sino por acertar al ganador (y, tal como se le está cuestionando ahora al director del Partido Liberal, esto se puede convertir en estrategia de los conductores de una u otra colectividad con la esperanza de así mostrar un aparente triunfo de los candidatos avalados).

En relación a esto las encuestas no informan sino son usadas como un truco o guía que los orienta por quién votar. De ahí nace el interés de cada candidato en difundir encuestas que lo favorecen. Y por eso debería ser igualmente proporcional el interés del elector por analizar su contenido y no limitarse a 'tragar entero' la presentación.

Una encuesta para la Gobernación puede tomar como referencia la población de un municipio pero puede que en él la votación efectiva sea ya tradicionalmente mucho menor, en proporción a la de otros municipios; así pasa en general en las zonas rurales en comparación con las capitales. Por eso, según el electorado, donde tenga su fuerte un candidato mostrará encuestas en todo el departamento o las de la capital. Un caso que se ha puesto como ejemplo es el de la Gobernación de Antioquia donde, en el conjunto de municipios del Valle de Aburrá, la participación electoral ha sido del 42% mientras en el resto del Departamento tradicionalmente no pasa del 14%. Al no incluir esta consideración en la encuesta y guiarse solo por el censo, el candidato que tiene pocos votos en la periferia aparecerá con una votación que no se reflejará en la elección.

Otra consideración es el grado de conocimiento sobre los candidatos: si uno de ellos es conocido por todos los encuestados mientras otro no lo es, la respuesta de cuántos votarán por el primero es exactamente la posición definitiva respecto a él (se puede considerar el tope de su potencial); en cambio la votación por el segundo en principio solo puede aumentar (no se sabe si quienes no le dan su apoyo es porque tenían la decisión de no darle su voto, o porque no lo conocen; luego, lo que la encuesta expresa es lo mínimo que ya lo respalda, o sea su piso y solo puede crecer)

El caso de Maria Emma ante Samuel Moreno en la consulta interna del Polo -donde el error fue monumental- tiene varias explicaciones: 1. Las encuestas por teléfono dejan de lado a quienes no lo poseen; pero además, al asumir como universo solo la clasificación por estratos, no se tiene en cuenta la proporción de dueños de estos aparatos en cada estrato -la cual evidentemente es mucho mayor en las clases altas (si por ejemplo los estratos 5 y 6 representan el 5% del censo pero el 20% de los pobres no tiene teléfono, esos estratos tendrán más peso del real en la encuesta -el 6.7%-)-; y si tienen el doble de aparatos la probabilidad de ser representativos en la encuesta será en proporción de dos a uno -contarán hasta casi 10%, es decir, el doble de la realidad-). 2. Los ciudadanos 5 y 6 son tradicionalmente más abstencionistas (y más en el caso de una votación interna del Polo); al únicamente usar el criterio del censo poblacional se asume que votan en la misma proporción que las clases medias y bajas lo cual les da un peso que no van a tener en la elección misma.

Es de imaginar que estas consideraciones las tienen en la campaña de Samuel Moreno ante Peñalosa y de ahí su optimismo.

A todo lo anterior debe adicionarse lo que inciden por supuesto la forma de la pregunta y el momento en que se hace. Pero como bien lo repiten los profesionales de esa actividad, la encuesta es solo la foto del momento.

En últimas, lo que sí es expresivo y correcto de las encuestas es la tendencia que muestran cuando se hace una serie con la misma metodología.
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