Opinión

  • | 2008/07/04 00:00

    ¿Envidia o solidaridad?

    La cultura de la envidia es un gran impedimento para el progreso social

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Las sociedades latinoamericanas son las más desiguales del mundo. En promedio, el 20% más rico de cada país percibe cerca del 57% del ingreso total, mientras que el 20% más pobre recibe aproximadamente el 4%.

Puesto que es difícil aceptar como justa semejante distribución, cualquier político o analista que hable sobre desigualdad tiene ganado un gran terreno frente a sus adversarios, pues se hace acreedor de una posición de superioridad moral que no puede cuestionarse.

Muchos de los líderes que abogan por sociedades más justas son bien intencionados, y sin ellos las políticas sociales no tendrían ningún progreso. Por ejemplo, los programas de transferencias condicionadas, como Oportunidades en México o Bolsa Familia en Brasil existen hoy gracias a la visión de líderes comprometidos con los derechos de los más pobres.

Sin embargo, quienes utilizan la desigualdad como base de una plataforma política, usualmente apelan a instintos menos sublimes, a veces sin darse cuenta, a veces en forma maquiavélica.

Es posible saber esto gracias a las encuestas de Gallup que le preguntan a la gente si está satisfecha con las políticas de reducción de la pobreza. Ante esa pregunta, cualquier persona tiene un conflicto psicológico que resolver: ¿debe pensar en sí misma o debe pensar en los demás?

En general, los individuos parecen pensar más en los demás que en ellos mismos cuando responden esta pregunta. Se sabe por algo muy sencillo: las respuestas que dan los encuestados no tienen prácticamente ninguna relación con su ingreso. En los grupos más pobres hay un porcentaje -incluso ligeramente más alto que en los grupos más ricos- de gente que está satisfecha con las políticas contra la pobreza.

Por consiguiente la gente sí considera a los demás: el problema es que el sentimiento que domina al pensar en los demás es la envidia, no la solidaridad.

Esto también se puede saber de una forma bastante simple. Si la solidaridad es el lente a través del cual miramos a los demás, entre mejor están los demás mejor debemos sentirnos nosotros mismos. Y lo contrario ocurre cuando miramos a los demás con los ojos de la envidia.

Pues bien, en América Latina predomina la gente que mira a los demás con ojos envidiosos en materia de políticas contra la pobreza. Es decir, cuando los latinoamericanos ven que a gente de su mismo grupo de edad y educación le va mejor, se declaran menos satisfechos con las políticas de reducción de la pobreza.

Esto no sería inquietante si ocurriera entre los ricos. Incluso sería una buena señal, pues querría decir que al reconocer el éxito económico de su clase social se preocuparían más por los pobres. Pero no, es entre los pobres donde más acendrada es la tendencia a juzgar el éxito de las políticas contra la pobreza en forma envidiosa: si a los demás de su grupo de edad y educación les está yendo bien, entonces se declaran insatisfechos con las políticas de pobreza, ¡sin importar cómo les está yendo a ellos mismos!

La cultura de la envidia puede ser un impedimento muy grave para el progreso social. Si a los ricos no les importan los pobres, y a los pobres les duele el progreso económico de los demás, no parece muy factible establecer un pacto social de crecimiento con solidaridad. En estas condiciones, los pobres estarán felices cada vez que fracasan los negocios de los demás, y ni los ricos ni los pobres estarán dispuestos a aceptar un sistema de impuestos redistributivos.
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