Opinión

  • | 1999/05/07 00:00

    Enfriamiento global

    Aunque la economía mundial sufre una desaceleración, aún estamos lejos de una depresión como la que comenzó en 1929.

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Ya no se habla tanto del efecto invernadero y el consiguiente recalentamiento global. Por estos días, más bien, corre un viento frío sobre la economía mundial. Se lee muy seguido acerca de la Gran Depresión y de nuevo se observan viejas fotos en fantasmagóricos tonos grises.



Sin embargo, muchos arguyen que Alan Greenspan, el secretario de la Reserva Federal de Estados Unidos, debería subir la tasa de interés. Temen que la política monetaria expansiva de la Reserva Federal de Estados Unidos recaliente la economía estadounidense y alimente una burbuja en el mercado de acciones, en especial desde cuando el índice Dow Jones cruzó la barrera psicológica de los 10.000 puntos.



¿Estamos realmente dirigiéndonos hacia una recesión global? Definitivamente, hay una desaceleración de la economía mundial, pero aún estamos lejos de una depresión como la que comenzó en 1929, en la cual el PIB de Estados Unidos cayó un 30%. Para 1998, por ejemplo, se esperaba que Europa creciera al 3%, pero sólo pudo crecer al 2%. Estas cifras no son exactamente las que se escuchaban en la Gran Depresión.



La mayoría de los miedos de una gran depresión son estimulados por tasas muy bajas de inflación de precios al consumidor y verdadera deflación en los precios al productor. Se argumenta que la deflación trae consigo la depresión: con la promesa de precios más bajos en el futuro, el consumo se pospone y se dificulta el pago de deudas de las empresas. Pero, ¿cuánta deflación se presenta hoy por hoy? En Estados Unidos, los precios al consumidor aumentaron en 1,6% en 1998 y los precios al productor bajaron 0,9%. En la zona del euro, los números fueron 0,8% y -2,5% respectivamente. Estas son las cifras más bajas en varias décadas, pero aún están lejos de los valores alcanzados entre 1929 y 1933, período en el cual los precios cayeron un 25% en Estados Unidos.



Dudo que estemos cerca de una espiral deflacionaria. Parte de la caída en el nivel de precios se debe a la caída en el precio de los commodities (alrededor de -2,5% en 1998). Esto, a su vez, se puede explicar por aumentos en la productividad de los países en desarrollo que producen aquellos productos.



Quienes urgen a la Reserva Federal para que suba su tasa de interés, con el fin de pinchar la supuesta burbuja en Wall Street, sostienen que cuanto más crezcan los precios de los activos, más dañina será la consecuente explosión. Pero la evidencia que sugiere que las acciones están muy sobrevaluadas no es concluyente. Es cierto que el Dow Jones ha crecido a un promedio anual del 17% durante esta década. En el caso del índice Nasdaq, en el cual están más representadas las compañías relacionadas con internet, telecomunicaciones y otras áreas de gran avance tecnológico, la tasa de crecimiento anual para la década ha sido de 25%. Pero también es cierto que en el mismo período han ocurrido importantes aumentos en productividad y ganancias, así como disminuciones en la tasa de interés.



Muchos de los que presionan al Fed para subir la tasa basan su consejo en la experiencia de Japón en 1980. Pero allí había activos reales de por medio -tierras, edificios y otras inversiones físicas- y no sólo activos financieros. Deberíamos recordar también que a fines de los 80, el banco central japonés subió las tasas y así precipitó la crisis que tanto temía. Esto es lo mismo que la Reserva Federal de Estados Unidos, sin mucha experiencia, hizo en 1929 y lo opuesto de lo que hizo en 1987.



¿Qué deberían hacer las autoridades monetarias, dadas las actuales circunstancias? El nuevo Banco Central Europeo actuó correctamente dejando de lado, por el momento, el afán de darle credibilidad al euro y bajar la tasa de interés para renovar el ímpetu que Europa parecía estar perdiendo. Para el resto del mundo, excluyendo Estados Unidos, pero incluyendo Japón, la salida al actual enfriamiento global pasa por hacer reformas económicas que creen nuevas oportunidades de negocios. Esto es mucho mejor que confiar en las casi mágicas políticas monetarias y de tipo de cambio, muchas veces propugnadas como impulsoras del crecimiento.



Si hubiera una burbuja de precios de activos y Alan Greenspan pudiera pincharla, hoy sería un muy mal momento para hacerlo. El doble impacto de más altas tasas de interés y la consiguiente pérdida de riqueza deprimirían el gasto en Estados Unidos y en el resto del mundo. Y así, el enfriamiento global se tornaría rápidamente en congelamiento mundial.
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