Opinión

  • | 2010/10/15 00:00

    Enfermedad holandesa a la colombiana

    La revaluación que vivimos no nace de que producimos y exportamos algo nuestro, sino de los dineros que traen los inversionistas para adquirir y explotar nuestros recursos.

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Nos dicen que el peligro que corre nuestra economía es la llamada 'enfermedad holandesa'. Es bueno saber en qué consiste y en qué medida o forma podemos estarla sufriendo.

Su nombre viene de los descubrimientos de petróleo del Mar del Norte que afectaron los sistemas económicos de Noruega y Holanda. Los grandes ingresos o 'bonanzas' inesperadas crearon una especie de condición de 'nuevos ricos' a esos países que, de un día para otro, se encontraron con mucha mayor capacidad de gasto de lo tradicional: el ajuste a esta nueva situación creó una tendencia a una alta inflación -el exceso de riqueza aumentó la demanda y con ello los precios-; de valorización de su moneda -o sea de revaluación ante otras divisas-; de mayor dependencia de bienes importados -que compensaban el exceso de demanda sobre la producción interna-; y, de todo esto, el eventual desmonte o destrucción de la industria nacional -que con mayores costos se enfrentaba a precios más competitivos por el diferencial cambiario con los otros productores-1.

Como es lógico, una mayor riqueza no necesariamente trae males y, en la medida en que una apropiada intervención del Estado contrarreste el orden natural del mercado, son grandes los beneficios que se pueden derivar de tales bonanzas.

Lo que estaríamos viviendo en Colombia no sería propiamente esa enfermedad holandesa, pero sí una variante peor de la misma.

La razón de ello es porque el petróleo que sería la causa de nuestra 'bonanza', en la práctica es solo marginalmente nuestro: para ser más exacto, sigue siendo nuestro solo lo que nos reconocen por regalías puesto que el resto es de quienes remataron las concesiones. Como para atraer esa inversión extranjera tuvimos que ofrecer las mejores condiciones del mundo (justamente por la falta de 'confianza inversionista'), no bastó con los 'contratos de estabilidad' ni con las exenciones tributarias, sino que redujimos nuestra participación en lo que producen nuestros pozos a un promedio del 20%, perteneciendo a las compañías extranjeras el otro 80%.

De esta manera, la revaluación que vivimos, y la que a falta de un manejo para contrarrestarla trae los mismos efectos de la enfermedad holandesa, no nace de que producimos y exportamos algo nuestro, sino de los dineros que traen los inversionistas para adquirir y explotar nuestros recursos; es decir, es un ingreso ocasional, mientras que lo que con ello se genera será en mayor proporción una salida constante. En otras palabras, recibimos el mal resultado pero sin las bondades que normalmente son su causa.

Lo grave es que esta situación es producto de la inercia o de la continuidad del gobierno anterior, en cuanto a que su característica fue que adoleció de la falta de un modelo de desarrollo que guiara las estrategias y las medidas para lograr objetivos de mediano y largo plazo.

Durante ocho años el marco y la obsesión de la guerra a 'la culebra' sustituyeron lo que debería ser la planeación del desarrollo, de tal manera que las políticas económicas y sociales no solo fueron relegadas a segundo plano sino que lo poco que hubo de ellas carecía de cohesión y de dirección para llevar al país a alguna parte.

Hoy esta situación no ha cambiado, al punto de que ni siquiera se menciona -y menos se debate- sobre lo que debería ser tanto por lógica como por ley la columna vertebral de las acciones de gobierno, es decir, el Plan Nacional de Desarrollo que por orden constitucional (Art. 339) debe presentar el Gobierno en los seis primeros meses de su mandato (Art.341).

Hasta ahora las acciones y planteamientos del gobierno Santos se han reducido a proponer correcciones a los problemas que dejó el gobierno Uribe pero sin insertar las leyes que propone dentro de ningún marco conceptual, o teoría o modelo, diferente de enfrentar las consecuencias de las políticas anteriores.

Se mencionan proyectos de ley, tanto para reparar los males causados por los efectos de esa dedicación a la guerra (ley de víctimas, ley de tierras), como para subsanar o corregir algunas de las omisiones que la acompañaron en otros campos (ley de empleo, ley de salud). Pero no se ve detrás de estas iniciativas un marco general de planeación que vaya más allá de capitalizar políticamente las fallas del gobierno anterior; no se sabe qué pasará o qué importancia se dará a temas que tienen que ver más con el futuro que con el pasado (v. gr. la infraestructura o las pensiones2, ambas en condiciones catastróficas). En la práctica, se sigue trabajando dentro de lo que sería el mismo modelo de desarrollo o, más correctamente, dentro de las mismas características de la ausencia de él.

Y parece haberse tomado por cierta la visión o presentación de lo que los anteriores funcionarios concebían como modelo de desarrollo alrededor de un futuro de bonanza petrolera del país, cegándose a la realidad de la variante de enfermedad holandesa que ya vivimos.

Los síntomas no pueden ser más expresivos: tenemos la revaluación más alta del planeta con el 12,8% en lo que va corrido del año (le sigue de lejos en Suramérica el peso chileno en el puesto 21 del ranking con una revaluación del 3,8%, y el real brasileño en el 35 con el 1,4%); el saldo de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios es negativo y creciente, pues en los siete meses de este año registró un déficit de US$5.900 millones contra US$3.200 millones del mismo periodo de 2009; los ingresos de exportaciones solo crecen 1,8%, mientras las importaciones 16%, y los prestamos en el exterior del sector privado sumaron US$4.997 millones, contra US$717 millones del año anterior3.

¿Qué pasará una vez la 'inversión extranjera directa' deje de llegar -bien porque no nos quede nada más para entregar, bien porque cambien las políticas-? Ya en los primeros seis meses de este año Colombia recibió por concepto de IED US$4.115 millones, monto inferior en 18% al observado un año atrás, cuando arribaron US$5.043 millones. Y en el caso del renglón petrolero en el año 2009 los ingresos alcanzaron US$6.500 millones y los egresos US$9.500 millones4. Como si fuera poco, no parece intentar corregirse ese modelo, sino adaptarse a él, supliendo la falta de regalías a cargo de los concesionarios con la apropiación de las que corresponden por ley y por naturaleza a las regiones, para que le quede al gobierno nacional el ingreso de lo que hoy deben destinar las autoridades territoriales al saneamiento ambiental, la salud y el agua potable, y poder dedicarlo a la cantidad de promesas que ha hecho.

Casados con esta enfermedad, como si fuera un modelo de desarrollo, se puede decir, parodiando al presidente del Congreso, Armando Benedetti, que estamos ante un 'populismo legislativo'. Pero no, como él lo señala, por el peligro de que se hable mucho de proyectos de ley que no llegan, sino porque se presentan toda clase de propuestas legislativas sin cohesionarlas alrededor de ninguna planeación general, sin un plan de desarrollo que las justifique, sin cuantificación seria de los costos, ni creíble del origen de los recursos.

1. Ver El Síndrome Holandés, Christine Ebrahim-Zadeh, Finanzas y Desarrollo (marzo 2003).

2. Ver Sistema de pensiones, peor que el de salud, por Madga Páez, Unimedios

3. Ver Revaluación o sobrevaluación, Amylkar Acosta

4. Idem

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