Opinión

  • | 2008/11/21 00:00

    En defensa de la calidad de vida

    El periodo que viene será menos doloroso si los gobiernos prestan más atención a las opiniones de la gente que a los indicadores económicos y sociales.

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En el futuro próximo, América Latina pasará por un periodo de bajo crecimiento, debido a las repercusiones de la crisis financiera mundial. Los recursos fiscales serán más escasos, mientras que aumentarán las demandas para proteger a los grupos sociales más vulnerables y algunos gobiernos podrán incluso verse obligados a rescatar a sus sectores financieros.

Las circunstancias que vienen exigirán a los gobiernos reasignar el gasto público. Los indicadores económicos y sociales tradicionales no ayudarán mucho a tomar las decisiones correctas. De poco sirve saber si el gasto social está aumentando, si no es posible saber también si los programas sociales a los que se está dedicando atienden las necesidades más importantes de la gente. De poco sirve saber si el número de empleos está creciendo, si no se sabe qué está ocurriendo con la calidad de los empleos.

Para entender qué está pasando con la calidad de vida, el BID acaba de dar a conocer un ambicioso estudio titulado Calidad de la vida más allá de los hechos, basado en encuestas en 24 países de la región que han permitido identificar las necesidades de los latinoamericanos en diversos aspectos de sus vidas.

No sorprendentemente, muchas de las cosas que más importan para el bienestar subjetivo de la gente -es decir para su felicidad, o su satisfacción con la vida- están fuera del ámbito de las políticas públicas, como son las relaciones familiares, las amistades o las creencias religiosas. Pero otras sí caen en el radio de la acción pública.

El bienestar de la gente también depende fuertemente de que quienes quieren trabajar encuentren empleo. No se trata simplemente de tener una fuente de ingreso. En el estudio citado se ha encontrado que para compensar la pérdida de satisfacción que genera el no sentirse útil, sería preciso darle a los desempleados 60% más ingreso del que tenían cuando estaban trabajando. Puesto que no existen los recursos ni una forma práctica de establecer un seguro de desempleo con esas características, lo crucial entonces es facilitar la creación de empleo. Instintivamente, en los periodos de bajo crecimiento, los gobiernos tratan de evitar los despidos de personal y de impedir que las empresas recorten los beneficios y prestaciones sociales que hacen los trabajadores. Sin embargo, para la mayoría de los latinoamericanos la seguridad social y los beneficios laborales pesan muy poco en su satisfacción laboral. Mucho más importante es ser respetado en el trabajo y tener autonomía. Por estas razones, en la región son muchos más los trabajadores formales que quisieran volverse independientes que los informales que añoran un empleo asalariado. Estos resultados, que ponen en duda la sabiduría convencional sobre lo que son y no son buenos empleos, pueden ayudarles a los gobiernos a repensar las políticas laborales y de protección social durante tiempos de crisis.

El bienestar de la gente es muy sensible a la seguridad. Cerca de 60% de los latinoamericanos se sienten inseguros caminando de noche en su propio vecindario. La sensación de inseguridad permanente en la que viven los latinoamericanos no encuentra comparación en ninguna otra región del mundo y es sin duda alguna el problema más grave que tienen las ciudades de la región. La pérdida de oportunidades laborales puede agudizar este problema en el futuro inmediato. El clima de inseguridad puede volverse más crítico aún si se descuidan los programas de mejoramiento y renovación urbana debido a las restricciones fiscales.

También por razones políticas es urgente que los gobiernos replanteen sus estrategias de gasto público. La reducción del crecimiento posiblemente alterará la mecánica de las fuerzas políticas porque cambiarán las motivaciones de la gente y lo que espera del sistema político. En los periodos de alto crecimiento tienden a aumentar las aspiraciones de consumo material y los sentimientos de frustración entre quienes no pueden mantener el ritmo de consumo de sus referentes sociales más visibles. En sociedades fuertemente fragmentadas tienden a agudizarse los conflictos distributivos y las demandas de que los gobiernos intervengan en la rapiña por las rentas de los sectores exitosos. Aunque este comportamiento no es universal, es lo suficientemente común para que pueda hablarse de una "paradoja del crecimiento infeliz".

Por supuesto, el menor crecimiento no hará feliz a nadie, pero sí introducirá cambios en las aspiraciones individuales y en las motivaciones políticas. Los periodos de bajo crecimiento pueden abrir espacios para mejorar la eficacia del gasto público, los programas de protección social, fortalecer los sistemas de regulación y promover la competencia económica. Que estas posibilidades sean vistas como tales depende por supuesto de la visión que tengan los líderes.

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