Empresarios

| 2/2/2001 12:00:00 AM

Empresarios

El privilegio de los empresarios de tener un contacto directo con los más diversos sectores de la sociedad debería convertirlos en una voz clave en la reconstrucción de nuestra identidad.

por Sergio Fajardo

Los habituales pronósticos que los expertos economistas presentan al comenzar un nuevo año sugieren que la actividad productiva del país va a mejorar. Las variables macroeconómicas estarán más ajustadas; si la economía de Estados Unidos no entra en recesión, el sector exportador seguirá en ascenso y un eventual inicio de la recuperación de la construcción debería traer un alivio en el tema del empleo y reactivar, parcialmente, la disminuida demanda interna. Después del caos de los años anteriores, podríamos pensar que hay espacio para un moderado optimismo acerca del desempeño futuro de nuestra economía.

El problema consiste en que, a diferencia de otras épocas, una leve mejoría económica no será suficiente para empezar a corregir el rumbo de la crisis que vivimos. Son tantos los cables que se cruzaron en los últimos tiempos que, sin duda, podemos afirmar que estamos en una sociedad con una profunda crisis de identidad. Así, a medida que la polarización aumenta, con máxima urgencia tenemos que preocuparnos por encontrar esa identidad perdida. Y es necesario dirigir las miradas a aquellos grupos y actores sociales que tienen las mayores responsabilidades en nuestra sociedad y, por supuesto, ahí aparecen en lugar destacado los empresarios.



La categoría "Empresario" es gigantesca y heterogénea, pero, sin duda, los empresarios tienen en sus actividades diarias un contacto directo y privilegiado con los más diversos sectores de la sociedad. Y ese privilegio se tendría que convertir en una de las voces que juega un papel preponderante en la reconstrucción de nuestra identidad. Hoy, a pesar de la injusticia que se comete al generalizar, desconociendo la labor de algunas personas e instituciones valiosas, no es así, y los síntomas no son promisorios.



Todo parece indicar que volveremos a repetir la vieja historia. El empresariado concentra sus energías alrededor de la política, reduciéndola a su expresión más primitiva: tomar partido por un candidato presidencial, en una campaña electoral que será una de las más largas de los últimos tiempos. Hay otras posibilidades.



En sus inicios, el Consejo Gremial Nacional, que en medio de la maraña de organizaciones, por definición debería ser el vocero más reconocido de los empresarios, intentó una alternativa atractiva: elaboró una propuesta que recogía una visión empresarial de los retos fundamentales del país y se la presentó al entonces presidente electo Ernesto Samper. Como es usual, nunca volvimos a saber de la propuesta y ese Consejo ha terminado convertido en una vitrina para líderes gremiales que, en períodos de seis meses, cuando ocupan la presidencia, hablan de todo y poco o nada aportan.



De otro lado, hay un viejo tema sobre el cual en todas partes se habla, todos, independientemente de la filiación política lo reconocemos como crucial y urgente, pero, a pesar de las buenas intenciones, inexorablemente no hemos sido capaces de ir más allá de la retórica de los discursos: la educación. No aparece en ninguna de las agendas de negociación con las que se anuncia la construcción del nuevo país. No creo que haya un tema más propicio para hacer sentir la presencia comprometida de los empresarios con el país. Tenemos personas conocedoras y experiencias prometedoras, y solo nos falta decisión de pasar de las palabras a los hechos. De esta forma, en lugar de seguir enfrascados en la discusión sobre el tamaño y la fortaleza de las manos de la persona que nos va a gobernar a partir de 2002, hacemos algo constructivo que nos sirva a todos. Necesitamos el ejemplo de los empresarios.
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