Opinión

  • | 2003/08/08 00:00

    Emisión en Pndapetzin

    Ya es hora de que el país trate la emisión monetaria como un asunto económico delicado, que debe manejarse con prudencia, y no como un asunto de teología.

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Una de las ventajas de contar con un Presidente que tiene ideas claras y ejerce liderazgo es que contribuirá a desmitificar muchas cosas. Ya vimos que el presidente Uribe no se come el cuento aquel de que la virtud fiscal, por sí misma, induce crecimiento, y sabe que los excesos en ese frente pueden ser peligrosos. Es algo tan obvio que ya no se discute en países desarrollados. Pero ese no es el único caso en el que en Colombia se siguen debatiendo matices económicos con un celo que recuerda las disputas teológicas medievales. Vivimos en el equivalente económico de la tierra de Pndapetzin, de la novela Baudolino, de Umberto Eco, donde los fanáticos blemias sin cabeza, los religiosos panocios de orejas de elefante y los fervorosos sciápodos de un solo pie, que ni siquiera se percatan de sus diferencias físicas, discuten sin cesar sus diferencias teológicas. Cosas como si el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre o diferente, precisamente por ser el Hijo, o si el Espíritu Santo proviene del Padre y del Hijo, y es posterior a ellos, o el Hijo surge del amor entre el Padre y el Espíritu Santo y por ende no puede precederlos.

El punto polémico más reciente es la emisión de banco central para el gobierno. Solo el respeto por el Presidente evitó que los panocios volvieran a hacer el escándalo que armaron hace unos años cuando un servidor mencionó esa posibilidad para apoyar el esfuerzo de recuperación del orden público. Pero reconozco que por fuera de Colombia algunos blemias, de firmes convicciones teológicas, se declararon consternados.

Un banco central emite cuando aumenta el dinero base, la suma del efectivo y reservas bancarias. Una de las principales funciones de un banco central es emitir, y no solo en emergencias sino en forma regular, pues cierto aumento de la oferta monetaria es necesario para mantener la economía saludable.

Emitir para el gobierno es la forma preferible de emisión, porque la opción sería emitir para particulares. Otra forma de emitir, la compra de dólares, puede ser razonable cuando las divisas provienen de un superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, pero es cretina cuando, como ocurrió en muchos países durante los 90, era emisión para el gobierno por la puerta de atrás: los gobiernos obtenían créditos externos y les vendían los dólares a sus bancos centrales para obtener moneda local, dejando a los países engrampados con una deuda externa cara.

Un banco central puede tener utilidades y no emitir un centavo para el gobierno, y puede emitir para el gobierno sin tener un centavo de utilidades. No hay relación necesaria entre las dos variables, aunque entiendo que la Junta pretenda establecer una relación pues ello reduce el riesgo de excesos, cumpliendo la misión de tantos otros mitos sociales.

El efecto de la emisión sobre la economía no depende del origen de la misma, solo de su monto y de la situación económica del país. Sería necio creer que una emisión de $1,5 billones para el gobierno, como la que se efectuó este año, fue inferior a la alternativa de subir aún más los impuestos, descuidar los gastos en seguridad o endeudarse en el exterior como vía indirecta para conseguir pesos.

Si uno cree que en el esquema institucional es frágil y que en la Junta del Emisor hay peleles incapaces de oponerse al gobierno cuando ello se justifique, y tan faltos de criterio que "una vez comienzan a emitir no saben dónde parar", preferirá renunciar a toda optimización. En ese caso saldría más barato reemplazar a la Junta por un computador o suprimir la moneda y dolarizarse, como en Ecuador. Pero si cree que el arreglo institucional es sólido y que en la Junta hay personas independientes, con carácter y criterio, todavía puede aspirar a cierta optimización, sin perderse en discusiones teológicas con los panocios.
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