Opinión

  • | 2005/09/16 00:00

    El veredicto sobre las multinacionales

    ¿Cuáles son las implicaciones de la compra de empresas locales por las multinacionales? ¿Qué deben hacer los empresarios y los gobiernos nacionales?

COMPARTIR

Hace unos años, en una entrevista de ingreso a un banco superultramultinacional, el mensaje que me dieron sobre mi futuro, una vez me incorporara a la planta fue: "usted despreocúpese por su carrera, nosotros somos su carrera. Usted prácticamente despreocúpese por su pasaporte, nosotros somos su pasaporte. Usted en el fondo despreocúpese por usted, nosotros somos usted". Ante una actitud tan contundente, lo único que pude decir fue "acepto, quiero trabajar con ustedes, perdón, con nosotros". Luego se me estropeó el futuro multinacional porque me ofrecieron una posición en el gobierno que no podía rechazar, y después me metí a la academia. ¿He debido sucumbir e incorporarme a ese mundo transfronterizo de las multinacionales? Ese dilema personal se plantea para los países de otra forma: "¿debemos acoger a estas empresas con los brazos abiertos, o mantener a raya su influencia?". No es fácil emitir un dictamen. En los siguientes párrafos reviso los pro y contra de este debate, y aventuro un veredicto personal de por qué estas compañías deben ser acogidas en la economía colombiana.

Las compañías transnacionales son ubicuas y omniscientes: nos venden pomadas, transmiten por el dial, se mezclan con ron, extraen el subsuelo y se lo llevan, traen subsuelo de otros lados y lo instalan debajo del nuestro, entran por Maicao, aparecen en la camiseta de Ronaldinho, manejan el espectro electromagnético y la pauta de televisión, contratan a Vives y a Juanes, hacen cabildeo en el Congreso, se sientan a manteles con Uribe y Lucho, reclutan amigos preparados y los usan para hacernos ver que hacen lo mejor por el país y por el mundo.

El primer ministro español Felipe González, quien no es precisamente un capitalista rabioso, dijo que las multinacionales eran la fuerza más eficaz de entrenamiento de la fuerza de trabajo en los países del tercer mundo. En esa misma línea escribe el ex director del McKinsey Global Institute, William W. Lewis, cuya experiencia le ha mostrado que son las multinacionales las encargadas de convertir a lánguidos trabajadores de la rusa en personal de talla mundial. En su libro The power of productivity, muestra la inmensa disparidad que hay entre los trabajadores de la construcción brasileños y estadounidenses. Uno pensaría que los de Estados Unidos son unos regordetes caucásicos de camisa escocesa y casco amarillo, y resulta que son mexicanos enganchados en las grandes compañías de construcción del ese país. O sea, que ex ante se trata de un tipo de trabajador muy similar al de su contraparte brasileña, solo que al trabajar en Norteamérica su productividad es transformada por las prácticas organizativas, la tecnología que maneja y los estándares a los que está sometido. Esto lo hace más productivo y multiplica su salario de forma correspondiente.

Una historia igual se oye de los profesionales y los gerentes que emplean estas compañías. Todos hemos oído la historia de alguien que pasó al otro lado de ese espejo: lo primero que le sucede es que su talento es premiado jugosamente y su carrera avanza sin freno, mientras es trasladado por distintos países aprendiendo cosas que potencian su valor en el mercado. De tal manera que el efecto positivo sobre el capital humano se da a todos los niveles.

La pregunta es, si hay tantos beneficios, por qué las multinacionales tienen con frecuencia tan mala prensa. Una respuesta a esta pregunta aparece en un documental de Michael Moore (el mismo de Bowling for Columbine), quien propone una interpretación del comportamiento típico de estas compañías con base en la conducta de una persona psicopática. Al observar las grandes corporaciones estadounidenses, Moore va verificando punto por punto de la sintomatología, hasta que logra demostrar que estas "personas jurídicas" se comportan como lo harían "personas naturales" que sufren patologías mentales. Ejemplos de ello son el descuido por los otros; la focalización en un solo objetivo (ganancias) sin importar las consecuencias (externalidades) que le puedan acarrear a la comunidad; la desfiguración de la realidad si no le conviene a lo que busca; la presentación consciente de perjuicios como si fueran en realidad beneficios, etc. En esta línea de argumentación, para muchos observadores en América Latina, especialmente desde la izquierda, las multinacionales remueven el sedimento de siglos de la actitud de conquista y saqueo con la cual han llegado consuetudinariamente los "hombres del primer mundo". Les es difícil aceptar que los hombres rubios que venden los desodorantes y fungicidas, en el fondo simplemente solo se están enriqueciendo a nuestra costa, sin mayor beneficio local.

La típica actitud latinoamericana está plasmada en la triste historia de soledad de la que García Márquez se lamenta por espacio de trescientas páginas. Recuérdese la sensación opresiva que ejerce sobre el escritor y sobre toda la vida de Macondo la presencia de esos seres sobrenaturales que vivían al otro lado de las cercas, en los campamentos de la United Fruit Company. Antes de aceptar la versión emocional del Nobel, se debe leer el recuento serio y documentado que hace el historiador nacional Marcelo Bucheli sobre los contratos laborales firmados por las distintas compañías nacionales y extranjeras en la zona de Ciénaga y Santa Marta en ese mismo período1. Su visión es más balanceada con respecto al impacto de la empresa bananera y la actitud de los trabajadores de carne y hueso de entonces sobre su presencia en la zona. Claro está, la otra versión sirvió para hacer gran literatura sobre unos gringos malos contra un pueblo bueno y desamparado.

Cuál de las dos historias es la real. Si se mira el índice temático del best seller Why globalization works, de Martin Wolf, bajo el acápite de "transnational corporations" aparecen los siguientes temas: "el poder de las marcas; comparación con economías nacionales; corporaciones en la economía de mercado; y declinación del proteccionismo; inversión extranjera directa; beneficios específicos a la localización; influencia política; rentabilidad". Esta lista resume los aspectos más sobresalientes de estas compañías. Un buen número tiene un tamaño que es varias veces el de la economía colombiana; traen un beneficio directo que es el ahorro mundial, en forma de inversión extranjera; abogan por la adopción de estándares internacionales y la reducción del proteccionismo; su poder se basa en ofrecer marcas que los consumidores asocian con buena calidad y status; explotan las ganancias de estar en cada sitio, y finalmente saben que la influencia sobre el poder local es un ingrediente que se debe sumar a su mezcla de capital, trabajo y tecnología para producir ganancias.

En suma, los detractores y defensores de estas compañías siempre encontrarán argumentos para un debate sinfín. Una anécdota histórica puede servir para arrojar un veredicto. No tiene relación con la llegada de unas empresas multinacionales sino de unos barcos de naciones poderosas a los puertos de Japón, en 1850. Después de 220 años de aislamiento, a mediados del siglo XIX llegó el comodoro Matthew C. Perry, respaldado por una fuerza naval considerable con la misión de abrir a Japón al comercio y obtener el abastecimiento para los barcos estadounidenses. A raíz de este hecho, se desató un debate intenso en el país, entre quienes veían inevitable abrir a Japón, ante la abismal brecha tecnológica con Occidente, y aquellos que querían aferrarse al poder ancestral de los Samurai, su poder rural y sus espadas. Como dice el economista Michio Morishima, "durante este período, a los japoneses se los hizo conscientes de la miseria de ser una nación débil". La élite emergente llegó al convencimiento de que la única política defensiva posible era la modernización de Japón. Allí se inició una revolución lenta y sostenida con la meta clara de cerrar la brecha tecnológica e institucional que Japón había acumulado por más de dos siglos. No lo hicieron por decisión propia, sino por la fuerza de las circunstancias. Y no lo hicieron cerrados (de allí venían), sino abiertos, forzosamente abiertos, pues ni el sentido común, ni el Realpolitik aconsejaban nada distinto.

Algo similar debió pasar por la cabeza de Deng Xiaoping en sus años de confinamiento entre finales de los 60 y mediados de los 70, durante la Revolución Cultural, antes de convertirse en el transformador de su país. Tal vez la frase más importante del siglo XX, por su efecto sobre el mejoramiento del nivel de vida de cientos de millones de seres humanos, es aquella en que Deng resumió su visión de cómo y con quién producir: "no importa de qué color sea el gato, con tal de que cace ratones". En adelante, ese gato que llegó a cazar los ratones de China era caucásico, venía lleno de tecnología y mercados, y estaba dispuesto a aceptar la cultura local (con corrupción y clientelismo incluidos), para entrenar a los muy malos y empobrecidos trabajadores chinos, y llevarlos rápidamente a ser de clase mundial. Ese gato eran en buena medida las multinacionales, que junto con las empresas regionales chinas produjeron el milagro económico y social más descomunal de la historia de la humanidad.

En suma, tal como Japón en el siglo XIX y China en el XX lo muestran, es con la tecnología y la plata del mister que se sale de pobre, no con la terquedad cruel de los grupos de interés locales que quieren encerrar a los consumidores y trabajadores en una concha de atraso y autoconmiseración. Por eso, las multinacionales, con sus más y sus menos, son una realidad que hay que explotar, pues tienen mucho de dónde sacarles provecho. Lo contrario sería alimentar un vano sueño latinoamericano a costa del futuro de los más pobres de nuestros países.





* Decano de la facultad de Economía, Universidad de los Andes.





1. Marcelo Bucheli "Bananas and Business, The United Fruit Company in Colombia, 1899-2000". New York University Press, 2005. Un artículo sobre el mismo tema, "Enforcing Business Contracts in South America", de Marcelo Bucheli, acaba de ganar el premio al mejor artículo publicado en 2004 por Business History Review.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?