Javier Fernandez Riva

| 11/1/2002 12:00:00 AM

El trapiche

Si Colombia no vuelve a crecer a un ritmo decente entrará en un círculo vicioso de decisiones empobrecedoras.

por Javier Fernández Riva

El Ministerio del Medio Ambiente acaba de negar la licencia para el montaje de un "megatrapiche" en Padilla, Cauca, que produciría panela a partir de azúcar. Creo que el gobierno hizo lo correcto, y que habría sido una estupidez autorizar el megatrapiche, que habría arruinado a los paneleros tradicionales, sin aumentar el ingreso nacional. Sin embargo, ya veo a los inversionistas frustrados y a los neolis ridiculizando la decisión oficial, y recordando que el progreso del capitalismo es una historia de introducción de nuevos productos y procesos que desbancan las producciones previas, ineficientes, y permiten producir mejor y más barato. Y recordando que, quienes consumen panela y pagan los altos costos de la producción tradicional, no son, precisamente, los más ricos.



Habría que ser caído del zarzo para pensar que la reducción en los costos de producción del "megatrapiche" se iba a traducir en menores precios de la panela. Los análisis de factibilidad del proyecto con seguridad tomaron el precio de la panela como un dato y estimaron que la ganancia, al producir más barato pero vender al precio corriente, sería tan extraordinaria que valía la pena enfrentar la oposición de los paneleros y correr los riesgos de que la licencia ambiental fuera rechazada.



Pero esa observación no va al fondo del asunto. Al fin y al cabo la capacidad del mercado para aumentar la riqueza de las naciones no depende de que unas almas generosas busquen reducir los costos de producción para beneficio de los consumidores, sino de la búsqueda de rentabilidad que lleva a los empresarios a introducir mejoras en productos y procesos, que les generan ganancias extraordinarias, precisamente porque su idea no es bajar los precios sino apropiarse del margen. Es la dinámica del mercado la que, a la larga, hace bajar los precios, cuando otros entran a ese negocio rentable. Prohibir la ganancia extraordinaria de los pioneros equivaldría a bloquear el funcionamiento del sistema.



En un horizonte amplio no soy optimista sobre el futuro de los paneleros tradicionales, como no lo habría sido, en el siglo XIX, sobre las diligencias. Al final, ningún bloqueo funciona, pues acabarán apareciendo productos sustitutos. El proceso será más rápido entre más alto sea el precio.



¿Y entonces por qué digo que fue acertado negar la licencia? Tengo dos razones. Una es un juicio de valor. Creo que la disposición y la capacidad de una sociedad para evitar un sufrimiento no indispensable, como la miseria de los paneleros, así sea pagando un costo de ineficiencia por ello, es parte de la civilización. Este país es pobre pero no tan miserable que no pueda darse ese "lujo".



La otra razón es profesional. Como economista, debo recordar que la maravillosa dinámica del sistema de mercado para reducir costos y los precios solo funciona bien cuando un país crece más que su población, de manera que el trabajo desplazado de las actividades ineficientes puede emplearse productivamente en otras cosas. Y eso, hace rato, no ocurre en Colombia. Los desplazados por el megatrapiche, muchos de los cuales llegaron a esa actividad como refugio en los años de la vieja violencia, serían lanzados nuevamente a la miseria.



El tradicional círculo virtuoso de eficiencia y crecimiento económico del capitalismo, que en Colombia amenaza transformarse en un círculo vicioso de estancamiento y bloqueo de la productividad, solo puede ser restablecido por una política económica capaz de recuperar la capacidad de este país para crecer a un ritmo decente.
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