Opinión

  • | 2005/09/02 00:00

    El tortuoso camino del TLC

    La consideración mayor en la negociación nunca fue su contenido, sino la presión por firmarlo 'lo más rápido posible', según pedía el Presidente.

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Parece que el TLC dejó de ser la expectativa de una autopista hacia el desarrollo y el progreso, y se volvió un laberinto lleno de incertidumbres. De la euforia y el casi unanimismo inicial basado en una propuesta abstracta presentada como la panacea, pasamos a la evaluación concreta de cómo afecta a cada sector, con el resultado de que son más las dudas y los cuestionamientos que hoy se presentan que el respaldo que recibe. Por algo pide el Presidente que se manifiesten ante la opinión pública quienes de él se beneficiarían.

La consideración mayor en la negociación nunca fue su contenido, sino la presión por firmarlo 'lo más rápido posible', según pedía el Presidente. No solo no respondió a la importancia del tema, sino paradójicamente la prisa tampoco la determinaba el cómo nos beneficiábamos con ello, sino unos plazos supuestamente críticos pero que en realidad solo dependían y se movían al vaivén de la situación de la contraparte: la elección presidencial en Estados Unidos, el momento en que saldría el representante comercial para pasar al Departamento de Estado, el vencimiento del fast track otorgado a Bush por el Congreso estadounidense, el diferido que implicó el retraso en la firma del CAFTA con los países centroamericanos., ahora su ratificación y la visita de Uribe al rancho de Bush son presentadas por los defensores del tratado como la coyuntura para negociar 'a fondo' los temas pendientes, y por el Presidente como '.el momento de acelerar y ojalá pudiera tener cerrada esa negociación del TLC con Estados Unidos en el curso de las próximas semanas.'. Se ha llegado a invertir las responsabilidades, con el presidente Clinton y el Congreso estadounidense siendo quienes señalan que no se puede precipitar la negociación; y nuestros negociadores asumiendo ante nosotros la amenaza de que si no cerramos rápido nos quedamos 'sin el pan y sin el queso' porque el ATPDEA se vence (cuando lo que debían es defender que este acuerdo no es una concesión unilateral sino la parte que corresponde a Estados Unidos dentro del concepto de responsabilidad compartida en la guerra contra las drogas, y el piso, no la meta, del posible tratado). Como bien lo dice el doctor Amilkar Acosta, 'mientras Estados Unidos ha tenido más estrategia que ganas de llegar a un pronto acuerdo, Colombia, por el contrario, ha mostrado más prisa y ganas que estrategia negociadora' (lo cual de paso es, según todos los manuales, lo primero a evitar al sentarse a negociar).

Con bastante crudeza dijo el embajador estadounidense que habrá ganadores y perdedores, implicando que lo que se debe definir es cuáles intereses se imponen y no si el país en su conjunto gana o pierde. La vieja máxima de 'divide y reinarás'. Quiere decir que se propone que se defiendan los intereses de los unos en detrimento de los otros, ya no en contra de los marginados y a favor de los privilegiados, sino sentenciando a algunos de estos últimos a pasar a la categoría de los primeros. Y con su habitual claridad y brusquedad, el doctor Rudolf Hommes, en defensa de sus posiciones y la de sus asesorados (según reciente memorando del doctor Uribe, además de seguir siendo asesor de transnacionales, es otra vez asesor oficial de la Presidencia de la República), recogió el tema y defendió la idea de que 'es la oportunidad para que los directivos de la Andi marquen diferencias con la SAC y se le pongan límites a la solidaridad intergremial'.

Esto ha producido malestar en diferentes sectores -farmacéutico, avícola, textil, agrícola, comunicaciones, cultural, etc.-, lo cual indujo al Ministro mismo a plantear la posibilidad de que el tratado no se firmara si no era claro que el beneficiado sea el país en su conjunto; también se recordó el compromiso del single undertaking, según el cual no podía haber acuerdos si no era sobre la totalidad de los temas. Pero después de hacer las negociaciones sin vincular a los partidos o al Congreso o a los representantes de las regiones (gobernadores o alcaldes), o a la academia o a nadie excepto el reducido grupo de voceros gremiales escogidos por el gobierno, ahora fuimos (o fueron) notificados de que por sus reclamos ya no se contaría con ellos para culminar el 'acuerdo'.

El absurdo es negociar en el contexto comercial: la tasa de los impuestos aduaneros allá no llega al 4%, Colombia no llega al 0,5% de su comercio total, y menos del 10% de los productos que exportamos tiene ese gravamen (el ATPDEA solo les costó US$116 millones); en plata blanca, en nada afectan su orden económico o político las decisiones que tomen y ningún acuerdo tiene incidencia para ellos como país. En contraste, para nosotros se condiciona y revoluciona toda la estructura económica. Por eso, no solo como tratado, implica una reforma institucional que afecta la Constitución, sino que conlleva unos efectos sociopolíticos previsiblemente bastante conflictivos, en la medida en que es 'depurar a los ineficientes' en un país donde la ineficiencia está estrechamente ligada a la pobreza y a la desigualdad.

Detrás de la posición estadounidense hay razones geopolíticas y políticas de lobbistas internos sin que pese mucho (o nada) la relación comercial con Colombia. Por ejemplo, la razón de otorgar subsidios al campo nace de una visión que considera prioritaria la estabilidad rural y la autosuficiencia alimentaria, y de un criterio económico que reconoce que la rentabilidad en ese sector es mucho más baja que en los otros sectores de la economía; por tanto, no es tema negociable como asunto de comercio exterior (menos con Colombia como interlocutor). El Congreso definió el marco límite de la negociación, donde ningún político se iba a enfrentar al poder de las farmacéuticas, de las empresas de comunicación, de las petroleras, etc., ni ningún representante permitiría que se sacrifiquen los intereses de su electorado regional. Lo que busca Estados Unidos no es aumentar su comercio (ya vimos lo insignificantes que en ese sentido somos), sino consolidar una órbita de influencia que dependa exclusivamente de su política y de su moneda.

Nuestros negociadores han logrado no solo olvidar esa dimensión política sino revertirla en contra. ¿O cómo se supone que plantearía el respaldo al embajador Moreno para el BID o las donaciones para el Plan Patriota en el encuentro con Bush en su rancho? ¿El recorderis de que somos 'el aliado democrático más importante de América' sería para favorecernos o para exigirnos?

El tratado no es un imperativo al cual inevitablemente debemos llegar y ante el cual lo único para hacer es negociar lo mejor posible; no es cierto que la duda sea si nos beneficiamos mucho o solo un poco del TLC; tampoco se trata de escoger ganadores y perdedores; mucho menos de aceptar que lo esencial es firmar lo más rápido posible. La disyuntiva real ante la cual podemos estar es la de no firmar el tratado o la de firmar uno que nos perjudica. Lo que corresponde es evaluar si al firmar el país pierde o gana. Y, teniendo en cuenta que profundizar las desigualdades y quebrar ciertos sectores en beneficio de otros es fraccionar aún más nuestra comunidad, este análisis debe ser no solo desde el punto de vista comercial sino desde el punto de vista de sus consecuencias políticas y sociales.
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