Opinión

  • | 1994/11/01 00:00

    El testamento

    Jaime Castro se va a vivir a su tierra natal y nos deja a nosotros disfrutando las delicias de "Santafé de Bogotá".

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Dice el Economista, en reciente reseña de un libro: "Con la posible excepción de `Clinton', no hay palabra más fea que `Washington' en el vocabulario político norteamericano". En otro contexto, algo similar podríamos decir de "Castro" y "Bogotá" .(y sin el "Santafé" que le añadió el constituyente Castro, para que no suene aún peor). Nos acercamos al final de esta administración, la tercera elegida por el pueblo, y no ha habido en toda la historia reciente de nuestra ciudad una más desprestigiada ante los ojos de los ciudadanos. jamás en épocas recientes se ha dado igual unanimidad sobre el fracaso de un alcalde y mayor exasperación con el deterioro de la ciudad. Sin embargo, aquí los buenos alcaldes han brillado por su ausencia, y si se habla de Mazuera, Gaitán Cortés o Barco, ellos lo fueron de otra ciudad, pues les tocó una de cerca de un millón de habitantes con unos problemas que parecerían hoy juegos de niños. ¡Pensar que la gran obra de Mazuera fue construir la carrera décima -menos de un kilómetro de vía de 30 metros de ancho- y hacer tres puentes en' la 26! A don Jaime Castro le tocó recibir la ciudad en un estado lamentable, pero se dio mañas de entregarla mucho peor y aunque hay que abonarle algunas cosas, el testamento que deja es como para salir corriendo. Basta mirar la calidad de los candidatos que salieron a pelearse la herencia.

Analicemos el Estatuto Orgánico de Bogotá, al que dedicó su primer año. Efectivamente logró disminuir la perniciosa influencia de los concejales en las juntas, lo que se le abona, y aumentar significativamente los recursos fiscales de una ciudad que tributa muy poco. El auto avalúo es muy bueno por, que puso a pagar a la gente y poco a poco llevará a que las transacciones de finca raíz se realicen por el valor real, lo que es sano para la ciudad y para el bolsillo de los notarios. Y también para la Beneficencia de Cundinamarca, lo que trae a cuento una gran omisión del Estatuto: no aprovechó la oportunidad para regular las relaciones con el departamento. La contribución a la Beneficencia -el 11 por mil de cada transacción inmobiliaria- debió representar en 1993 como $30.000 millones. ¿Dónde está esa plata? Porque si la tarea de esa institución es auxiliar a los indigentes y a los enfermos y recoger a los locos -de los cuales hay todavía muchos sueltos, especialmente en algunos cargos, piensa uno que esa cifra alcanzaría para bastante y no se ve que se use para algo distinto de mantener una burocracia departamental que en nada beneficia a Bogotá.

El Estatuto es eminentemente fiscalista y abre unos boquetes terribles para que futuras administraciones nos claven impuestos sin ningún reato de conciencia. ¡Qué tal permitir que el impuesto de industria y comercio llegue hasta el 3% de los ingresos brutos de cualquier negocio, lo que para muchos puede ser el total de las utilidades! Y está también la valorización por beneficio general; yo sigo pensando que es un esperpento, aunque haya generado recursos, pues deja de ser una contribución de los predios para la ejecución de obras que los valorizan y se vuelve un impuesto más. Nuestro país ha sido pionero en la valorización local como mecanismo de financiación de obras públicas y aquí han debido aplicarlo como lo hacen con éxito tantas ciudades. Pero no, se optó por ese camino fácil y ahora nos quedamos con el pecado y sin el género. Y además la ejecución de las obras es lamentable. Rompieron al tiempo todas las calles, hicieron unos zanjones peligrosísimos a lo largo de las vías que van a ampliar, y en la carrera séptima, que era una de las pocas que no necesitaba reparación urgente, decidieron levantar el pavimento y dejarlo así, con las alcantarillas sobresaliendo 20 centímetros de la superficie. Y todo para mostrar, al final del gobierno, que sí hicieron algo. Pero el último informe de la veeduría de la Cámara de Comercio indica que no sólo no se van a cumplir los programas, sino que cuando terminen tendrán que volver a empezar, por el daño que están causando en los alrededores.

Pero todo el esfuerzo del alcalde en sanear las finanzas del Distrito se concentró en recaudar más impuestos y se olvidó del otro lado, la reducción del gasto. No se intentó rebajar la burocracia, mejorar en algo la eficiencia de la administración central y menos privatizar o poner competencia a las horriblemente ineficientes empresas de servicios. ¡Claro, es mucho más fácil aumentarle la carga a los ciudadanos que botar a los zánganos!

Parte del problema está en que todos los colombianos de otras ciudades decidieron que la capital no les pertenece, les sirve sólo para ordeñarla y despreciarla, porque la realidad es que el centralismo consiste en que aquí pagamos la mayoría de los impuestos y el resto del país se los gasta, entre otras cosas, en metros. En la mayoría de los países del mundo la ciudad capital tiene un status especial y en muchos casos existen leyes de "capitalidad" que le canalizan recursos nacionales. Pero aquí no. Los sabios de Planeación Nacional y los congresistas de provincia -y también los cachacos- no pierden oportunidad de transferir los recursos de Bogotá a cualquier otro lado y ninguno se avergüenza de tener una capital tan dilapidada.

El futuro se ve negro. El nuevo alcalde tiene en sus manos un problema mayúsculo que no se resuelve con perinolas sino con un super equipo de gobierno que se dedique, día y noche, a la reconstrucción de la ciudad, y ese no se ve por ningún lado. Así que ahora no nos queda más remedio que invocar al Señor, como el padre García Herreros, y poner en sus manos la malhadada administración que ya pasó y la noche que llega.
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