Opinión

  • | 1999/02/12 00:00

    El terremoto macro

    La devastación excede todos los cálculos. Sólo una política integral de reconstrucción dará esperanzas de superar los daños de la absurda política económica de 1998.

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Cada día que pasa crece el estimativo de las pérdidas. Las que alcanzaron a reflejarse en los balances del sector financiero a diciembre de 1998 fueron de más de $1 billón, pero según estudios confidenciales efectuados por la Superintendencia Bancaria esa suma ­el reflejo de la destrucción económica de los deudores­ es apenas una fracción de las pérdidas verdaderas de la banca, mimetizadas en prórrogas y capitalizaciones. Varias ramas industriales están operando a menos del 70% de los niveles de hace un año y las caídas observadas en la edificación son difíciles de creer, sobre todo cuando se tiene en cuenta que la recesión de ese sector lleva ya cuatro años largos.



El brutal aumento de las tasas de interés en 1998 destruyó producción y valor económico en una escala que deja enano cualquier desastre natural.



La causa del siniestro es clarísima. A pesar de una devaluación real importante, de la salida de Samper y de la entrada de Pastrana, de la luna de miel con el mundo exterior y hasta de la bobalicona esperanza de paz rápida y sin costo ­que por absurda que fuera muchos acariciaron hasta hace poco­, el brutal aumento de las tasas de interés en 1998 destruyó producción y valor económico en una escala que deja enano cualquier desastre natural, incluso uno tan devastador como el terremoto de Armenia.



Algunos de mis lectores pueden considerar que exagero y hasta imaginarse que tengo un sesgo contra la autoridad monetaria. ¿Es realmente tan importante la tasa de interés como para inducir, ella sola, una catástrofe? ¿Es acaso concebible que los responsables de la política macroeconómica hayan sido tan imprudentes?



La verdad es que no estoy suponiendo que la economía responda muy fuertemente ("elásticamente") a la tasa de interés. No lo hace. Lo que ocurre es que la tasa de interés real de los créditos, la que hace el daño entre los deudores de la banca, se dobló entre enero y junio del año pasado, al saltar del 15% al 30%. Y la de los depósitos, que es la que causa el daño en los mismos bancos, se triplicó en el mismo lapso, al saltar del 5% al 15% o más.



No se necesita que la economía colombiana responda "elásticamente" a las tasas de interés para que se desplome cuando los costos financieros aumentan de esa manera. Si algo por el estilo ocurriera en Estados Unidos o la Unión Europea (cosa impensable), esas economías saltarían en pedazos. La única pregunta sensata es cómo diablos Colombia no se desbarató por completo.



Parte de la respuesta, la más alentadora y convencional, es que esta economía tiene una resistencia inigualable. Que por las mismas inexplicables razones por las que fue capaz de soportar a Samper durante cuatro años y que sigue aguantando a Tirofijo y a Gabino, pudo sobrevivir a la bomba atómica financiera que el año pasado le arrojó el Banco de la República.



Pero la otra parte de la respuesta es que la procesión va por dentro. Así como muchas de las edificaciones de Armenia que quedaron en pie después del sismo están realmente inservibles y deberán ser demolidas para evitar una nueva tragedia, en la economía colombiana, hay una multitud de empresas, financieras y reales que sólo mantienen una apariencia de solidez, pero cuyas estructuras quedaron fatalmente debilitadas por la capitalización de los impagables intereses. En ausencia de un esfuerzo intensivo de reconstrucción, muchas de esas edificaciones económicas se irán al suelo en los próximos meses.



Una parte de la destrucción causada por la bomba financiera está a la vista de todos. Basta recorrer cualquiera de nuestras ciudades para ver montones de edificios que se quedaron a medio hacer, porque sus constructores se quebraron y porque sus acreedores tampoco tienen recursos para terminarlos y saben que si los terminaran no podrían venderlos. También se conocen las empresas quebradas, que abandonaron definitivamente el campo. Y en los periódicos se publican las cifras de cientos de miles de millones de pesos que los inversionistas han perdido como capitalización bursátil.



Pero la mayor destrucción es interna. Tiene que ver con la terrible reducción de la capacidad de producción y de generación de ganancias de las empresas que, aunque siguen tirando, ya han quedado entrampadas en deuda. Con los propietarios de vivienda que ya no tienen ninguna esperanza de poder servir sus créditos hipotecarios. Y, desde luego, con los cientos de miles de millones de capital humano que están siendo fatalmente corroídos por el óxido del desempleo y la frustración.



El daño causado por la absurda política de tasas de interés de 1998 ha sido colosal. Pero las cosas podrían empeorar si se dejan libradas a su suerte porque, para acabar de completar, allí viene la tormenta sobre los damnificados. Dentro de poco sufriremos el golpe económico de la gran competitividad cambiaria brasileña ­que nos sacará de los mercados de exportación­ y de la recesión general de América Latina.



Por razones similares a las que explican las loables iniciativas para la reconstrucción de Armenia, debería armarse una política integral para la recuperación económica. No puede esperarse que esa recuperación venga automáticamente. Por el contrario, si las autoridades siguen sentadas o contentándose con declaraciones optimistas, sin hacer nada concreto, las cosas podrían salirse de madre.



El inicio de la recuperación requiere, como mínimo, una baja sustancial de la tasa de interés de los depósitos a no más de 6 puntos sobre la inflación efectiva. Es insensata la actual complacencia de las autoridades con la baja en cámara lenta de la tasa de interés hasta su presente nivel de 15 puntos sobre la inflación.



Pero después de examinar las últimas cifras que me llegan sobre la destrucción causada por la bomba financiera de 1998 y conocidas también las proyecciones efectuadas por la Superintendencia Bancaria sobre las pérdidas reales probables del sector bancario en 1999, dudo incluso que una baja sustancial de las tasas de interés resulte suficiente para cambiar la tendencia con la rapidez necesaria. Quizás sólo una combinación de mayor tipo de cambio real y tasas de interés en verdad moderadas podría evitar el colapso de la debilitada economía colombiana.
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