Opinión

  • | 1995/02/01 00:00

    El síndrome de Estocolmo

    Ahora resulta que la administración Castro fue buena, porque al final mandó a hacer un libro.

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En los estudios sobre el comportamiento humano existe una secuela del secuestro, por medio de la cual la víctima sale de su vía crucis agradecida por el trato que le dieron sus captores. Este fenómeno es conocido como el síndrome de Estocolmo y de él pueden dar cuenta la mayoría de los medios de comunicación, que a última hora resolvieron olvidar el deterioro en la calidad de vida que sufrimos los bogotanos durante los últimos años, para sólo ver los aspectos buenos del saliente gobierno Distrital y quedar en gracia con la administración de Jaime Castro.

Atrás quedaron los innumerables trancones de tráfico,. suscitados por la falta de personal idóneo para manejar este complejo problema, y la improvisación con que se adelantaron los trabajos de repavimentación de las principales vías de la ciudad; atrás quedó la absoluta incomunicación que existió durante todo el mandato entre gobernante y gobernados; atrás quedaron obras tan torpemente ejecutadas como la de la intersección de la 100 con 15, que a la postre y después de muchos millones y meses despilfarrados volverá a ser el caos de antaño, ya que no cambió nada del nudo gordiano que allí se forma por la confluencia de estas dos vías; atrás quedaron muchas otras promesas como fue la de empezar a afrontar el serio problema de inseguridad que padece la ciudad y que se tradujo en el atraco rampante sobre las principales vías, en medio de los trancones de tráfico.

En justicia, debemos reconocer que no todos los males que afectan a Bogotá se originaron en la pasada administración y que según dicen los entendidos ésta empezó a sanear las finanzas, paso bien importante hacia un mejor futuro; pero de ahí a considerarla como una buena administración hay mucho trecho y parte del desmadre colombiano reside en la falta de "accountability" a que nos hemos acostumbrado los ciudadanos. Todo se reduce a que al final de los mandatos se editen libros de mayor o menor agresividad en la defensa de la gestión realizada, para que juzguemos ésta por el ejercicio literario emprendido y no por los actos realizados. Alguno de nuestros hombres sabios acuñó la frase de que «no somos un país pobre sino un país mal administrado» y de eso llevamos tiempos en el caso de Bogotá.

Difícil desafío el que se le presenta al nuevo burgomaestre. Ojalá sus dotes de comunicador y educador nos sirvan para que de una vez por todas entendamos que el bienestar colectivo no se logra sino con la decidida participación de todos; que la eficiencia vial es producto de la educación y el respeto por las normas, como es por ejemplo: que las direccionales se hicieron para anunciar giros determinados; que las luces de los semáforos cambian de color anunciando convenciones preestablecidas; que el carril de la derecha está diseñado para soportar el tráfico lento; que los paraderos prevén sitios para dejar y recoger pasajeros, etc. No dejo de sorprenderme sobre el buen comportamiento de los conductores bogotanos en Florida, Ecuador o Venezuela, revirtiendo a su condición de bestias primitivas tan pronto conducen por nuestras calles. Otro tanto se refleja en el descuido en que están los andenes y parques vecinales. A uno le da envidia al ver cómo la provincia maneja estos temas, mientras en Bogotá todo lo que no está de puertas para adentro se convierte en tierra de nadie. Un último tema delicado y urgente es el que tiene que ver con la seguridad. Mientras no entendamos que cada atraco o secuestro afecta el bienestar de todos nosotros, no podremos generar la solidaridad que es la esencia del progreso y de la civilización.

Para lograr todo esto, debemos desterrar la ley de la excepción, por medio de la cual las normas y reglamentos sólo aplican a los demás, ya que todo mundo tiene permiso expreso para violarlos, bien sea en su condición de funcionario público, o padre de la patria, o líder empresarial o simplemente persona mal encarada acostumbrada a imponer su propia ley. Todo este montaje está amparado por el código de la selva que establece que el más fuerte aplasta al débil, que la plata manda y que el poder es para usarlo en contra de los demás.

Estamos enfrentados a un nuevo amanecer, libres de un gobierno Distrital en ruanado, turbio y leguleyo. Ojalá la justicia divina en compensación por el mal rato vivido nos depare un tránsito justo hacia la claridad y el entendimiento colectivo, bajo el mandato de un ser extraño, producto de la disciplina y ética que por cuenta del invierno permea a los países nórdicos y de la liberación propia de la informalidad tropical. Amanecerá y veremos.
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