Opinión

  • | 2006/06/08 00:00

    El retorno de Alan García

    Lo que ocurre cuando los inversionistas tienen mejor memoria que los electores.

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Cuando Alan García concluyó su presidencia anterior, nada auguraba que regresaría al poder. Bajo su mandato la inflación llegó a 7.649% y los precios se multiplicaron 2,2 millones de veces. Más de cinco millones de peruanos se hundieron en la pobreza, cuya incidencia pasó de 41,6% a 55% entre 1985 y 1990.

Si al pueblo le fue mal, los inversionistas no la pasaron mejor. Alan García intentó nacionalizar los sectores de banca y seguros y aisló al país de la comunidad financiera internacional al imponer límites a los pagos de deuda externa. La inversión se desplomó y centenares de empresas de todos los tamaños quebraron.

Pero Alan García asumirá nuevamente el poder el próximo 28 de julio, gracias a que la memoria del pueblo es más corta que la de los inversionistas.

Casi la mitad de los electores actuales eran menores de edad cuando Alan García terminó abruptamente su mandato anterior en 1990, y muchos de ellos no sabían contar más que hasta 10 o hasta 20, demasiado poco para entender la hiperinflación. No por casualidad, la campaña de García estuvo muy orientada hacia los jóvenes.

Pero Alan García dejó un rastro más profundo en la economía y en la mente de los inversionistas. Debido al temor de expropiación que había quedado en el ambiente, para recuperar la inversión extranjera, especialmente en los sectores de minas e infraestructura, el gobierno de Alberto Fujimori hizo concesiones extremas al capital extranjero. Mediante convenios con fuerza de ley, se garantizaron condiciones tributarias muy generosas para los grandes inversionistas, e incluso se aseguró que no serían afectados por nuevas normas laborales. Aún más: el gobierno renunció a su propio sistema legal y de justicia, al aceptar que cualquier conflicto con las empresas extranjeras beneficiadas sería dirimido mediante arbitraje internacional.

Aunque estas decisiones fueron aceptadas como un mal necesario, generaron creciente irritación a medida que fue olvidándose su justificación inicial. Los sectores de minas e infraestructura no bastaron para generar la prosperidad que el pueblo esperaba. En un ambiente muy poco favorable a la creación de empleo formal, y sin el beneficio de garantías jurídicas ni tributarias de ningún tipo, las empresas locales de los demás sectores invirtieron con demasiada cautela y escatimaron cualquier esfuerzo por capacitar a sus trabajadores y construir relaciones laborales de largo plazo.

De ahí que los peruanos afirmen en forma insistente que "el crecimiento no chorrea". La economía peruana ha crecido 3,5% en promedio en los últimos 15 años y casi 5% en los cuatro últimos años bajo el gobierno de Alejandro Toledo, pero debido a la falta de inversión y de empleos estables los beneficios de ese crecimiento no han llegado a los pobres.

Paradójicamente, por eso han elegido a Alan García. Como él mismo lo ha dicho, "no va a ser tan estúpido de cometer dos veces los mismos errores". Muy probablemente se mantendrán la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria y de precios porque no hay corrientes políticas suficientemente poderosas interesadas en echar atrás los mecanismos institucionales del control macroeconómico que se crearon desde 1990, tales como la independencia del Banco Central, la autoridad del Ministro de Finanzas y las normas de responsabilidad fiscal.

Pero es menos claro qué ocurrirá con las políticas de competitividad e inversión y con el desvertebrado sistema de protección laboral y social. Posiblemente, se ratificará el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, como ya lo dejó entrever García en su primer pronunciamiento al ser elegido. Pero, como los inversionistas no olvidan fácilmente, esto no será suficiente para convencerlos de que esta vez todo será diferente, y pedirán subsidios y garantías para invertir.

Al otro lado del debate estarán las desmemoriadas mayorías políticas demandando menos generosidad con los inversionistas y leyes más favorables para los trabajadores y para los pobres, que distribuyan mejor los beneficios del crecimiento. De esto estarán pendientes, no solo los apristas con sus 36 sillas en el Congreso (de un total de 120), sino también los 45 representantes que tendrá el partido de Humala.

Como resultado, el péndulo seguirá moviéndose a la izquierda, antes de volver a moverse bruscamente a la derecha, en un país lleno de recursos naturales y humanos, que podría ser muy próspero si la memoria de los inversionistas y la de los electores consiguieran andar al mismo ritmo.
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