Opinión

  • | 2005/05/27 00:00

    ¿El poder para quién?

    Tener poder hoy significa tener acceso y ejercer algo de influencia sobre el presidente Uribe. El gobierno usa el poder esencialmente para el enfrentamiento y bajo la máxima de "en la guerra y el amor todo se vale".

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Una inquietud quedó planteada después del homenaje al presidente López en Medellín: ¿qué mensaje estaba detrás de su pregunta: el poder para quién? No debería yo especular al respecto, porque si acierto parecería que simplemente hago de vocero suyo, y si me equivoco y no coincido con su interpretación sería más que un mal 'lopista', un mal hijo que no es capaz de entender o de identificarse con su padre. Sin embargo, creo que el tema lo amerita y tomo el riesgo.

La mala interpretación de la frase de Echandía "¿el poder para qué?", que cuando se la entiende como una forma de desprendimiento, oculta la importancia que ella tenía al exigir que más que ofrecer un cargo, lo que se requería era acompañarlo de un mandato, de un propósito al servicio del cual se pusiera ese poder.

Hoy ya ni siquiera se hace esa pregunta, puesto que para efectos de una elección se puede decir que no solo la imagología (es decir, la promoción de la imagen) reemplazó la ideología, sino que la noción de mandato desapareció hasta el punto de que la gente la confunde con el derecho a mandar.

Ejemplo de ello es el caso del Presidente actual, que supuestamente recibió un mandato alrededor de su programa de 100 puntos y, según los pocos que se han interesado en hacerle seguimiento, son más los incumplidos que los cumplidos (de destacar los más polémicos hoy, como la posición que presentó para ser elegido, afirmando estar en contra de la reelección, y la de luchar contra el clientelismo y la negociación de votos de congresistas, el nombramiento de parientes.).

Una respuesta como la del caso del papa Benedicto XVI, según la cual a partir del momento en que fue ungido sus acciones serán dirigidas solamente por el Espíritu Santo, es comprensible porque al fin y al cabo eso es parte del dogma y por eso el Sumo Pontífice es infalible, y por intermedio suyo se reconoce el poder de Dios.

No pasa lo mismo con el presidente Uribe, aunque algunos lo ven así y querrían que así fuera. La pregunta entonces de '¿el poder para quién?' es pertinente e interesante.

Es obvio que el poder sí ha sido para el Presidente, pero también es obvio que ni él ni nadie pueden efectivamente asumirlo todo para efectos de ejercerlo, y menos para efectos de mantenerse aislado de otros que buscan o pueden participar de él.

Lo primero y más evidente es que la alternativa que esto implicaría, es decir, la de que el poder fuera entregado a un equipo humano no se da en este caso: no es su gabinete, es decir, sus ministros los que gobiernan el país; sin desconocer a ninguno sus capacidades, es claro que su nivel es el de secretarios o asistentes, eficientes y aptos para implementar las decisiones de otros pero sin que ninguno tenga trayectoria o planteamientos propios que representen poder en cabeza de ellos. Es más: quienes pudieron tenerlo son justamente quienes salieron, como Fernando Londoño, Roberto Junguito, la misma Martha Lucía Ramírez, el lamentablemente fallecido Juan Luis Londoño, o la baja más reciente, Carlos Gustavo Cano.

El poder hoy está representado más en sus asesores, y ni siquiera en ellos como personas, sino en los talantes que los caracterizan; en parte porque al no existir proyectos específicos sino estilo o visiones de gobierno es así como se manifiesta ese poder, y en parte porque la personalidad del doctor Uribe lo inclina poco a delegar, luego tener poder hoy significa tener acceso y ejercer algo de influencia sobre el Presidente.

En la situación actual, en el ámbito militar sí prevalece una exclusividad del doctor Uribe, lo cual es consistente con su visión de Estado y de gobierno, según la cual lo único que importa es ganar la guerra. En lo internacional, tampoco hay duda respecto a que el poder lo monopoliza el presidente Bush dictando todas y cada una de las políticas que seguimos, sin que siquiera se plantee la posibilidad de alternativas diferentes. En lo político, pesa el doctor José Obdulio Gaviria, de quien se rumora, escribe buena parte de sus discursos, como se rumoraba que asesoraba los escritos de Pablo Escobar. En lo económico, la supremacía del pensamiento del Consenso de Washington no tiene discusión: se aplica y punto; lo único a aclarar es quién lo guía, si desde afuera el doctor Hommes y los representantes de los gremios, o si desde adentro personas como el doctor Montenegro o el doctor Botero algo pesan. En general, el talante administrativo es el de "el que manda, manda y punto; nada se tiene que discutir ni concertar" el cual aparentemente caracteriza y permea todas las relaciones del gobierno con sus seguidores pero también con sus contradictores, y lo comparten varios del círculo mayor, entre ellos el doctor Fabio Echeverri.

Pero más interesante que especular sobre lo que en este momento existe sería escudriñar un poco el futuro, tratando de entender lo que pasaría en un nuevo gobierno Uribe.

El descontento de quienes participaron en su primer mandato no es insignificante. A la lista ya enumerada de Ministros se sumarían algunos Generales, algunos Pedro Juanes, Césares Caballero, y no pocos funcionarios retirados por inconformismo con el estilo o la orientación del gobierno. Algo similar parece suceder con lo que llamaban 'la bancada Uribista', donde quienes tiene algún peso propio poco a poco se han ido retirando. En otras palabras, el Uribe que se presentaría a la reelección buscaría nuevos apoyos. Sus congresistas no serían jefes de movimientos de alguna importancia sino Teodolindos; sus militares no serían el cuadro surgido del mismo sistema militar sino de promociones -o mejor remociones- casuísticas; en sus filas no se verían candidatos a ministros que el país ya haya reconocido por tener capacidades demostradas, sino nuevos pichones esperando su oportunidad.

Uribe en una reelección se encontraría con menos equipo, menos fuerte y capaz, y con más necesidad de repartir poder entre quienes lo acompañen. Su buena imagen le permitiría tener el acceso al voto directo, pero eso no le monta un programa ni un equipo de gobierno.

Ese vacío es el que cada vez produce más inquietud. El crecimiento de los debates alrededor del tratamiento que se da al paramilitarismo y a sus simpatizantes no sale de la nada. La visión del Presidente no lo orienta a buscar el origen del conflicto (puesto que incluso niega que exista) para corregir sus causas dentro de un esquema según el cual entre todos los colombianos tenemos que encontrar unas reglas y unos consensos que nos permitan convivir; la visión del Presidente es que nuestro país tiene que definir quién gana y quién queda excluido, si los 'buenos' (que se ponen la mano en el pecho y 'sienten la Patria'), o los 'malos' ('terroristas', 'corruptos', 'narcos'). Y no por casualidad esa perspectiva la reivindican y repiten los jefes de las autodefensas. Ni por casualidad el discurso oficial, a veces velado y a veces explícito, es que ellos cumplieron una función que gracias al esquema de 'seguridad democrática' ya no será necesaria. No hay que engañarse: la pregunta "¿el poder para quién?" en el contexto que la vería el gobierno tiene una respuesta cuyo contenido esencial es "para usarlo en el enfrentamiento", y bajo la máxima de "en la guerra y el amor todo se vale".
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