El poder de los economistas

| 4/27/2001 12:00:00 AM

El poder de los economistas

Desde la Constitución de 1991, los economistas adquirieron un poder desproporcionado en el manejo del país.

por Sergio Fajardo

Tarde o temprano les tenía que llegar el turno. En medio de la crisis, a los economistas les corresponde pasar a presentar examen. Hay dos caminos. El primero, la discusión entre economistas, alineados en diferentes bandos, o escuelas. En este terreno se mezclan todo tipo de ingredientes, empezando por los académicos, a los cuales se les dedica poco tiempo, pasando por elementos políticos, Gaviria y Samper, que son la puerta de entrada a los pasionales, cuando se desatan entonces las rencillas que giran alrededor del poder. Y bien sabemos que cuando aparece el poder en el juego, la mayoría de los humanos se transforma. Los economistas, por supuesto, no son la excepción. La discusión podría terminar en este punto: los unos argumentan que son mejores que los otros, se confrontan los egos de los personajes, caemos al terreno light, y no pasa mucho más.



En las dos últimas décadas, especialmente con la Constitución del 91, los economistas adquirieron una importancia desproporcionada en el manejo del país. Antes les había correspondido a los abogados, y con anterioridad a ellos, el poder era propiedad de los "hombres de letras". Si entendemos la razón del poder de los economistas en un país como el nuestro, llegamos al segundo camino: examinar las limitaciones de los economistas para darle sentido al desarrollo social.



Simplificando, en la búsqueda del avance de nuestra subdesarrollada sociedad, se parte de un axioma inicial: la clave está en el desarrollo económico. Cuando se acepta este axioma, la mirada, desde el punto de vista de la economía, es la fundamental. Prácticamente, todos los sectores de la vida del país se trabajan en esta perspectiva y los economistas deciden cuáles son los rumbos que se deben seguir: con su óptica, tienen respuestas para todo y para todos. Esta visión ocupa entonces el espacio de las discusiones y, sobre todo, de las decisiones, y desde las altas esferas de la conducción del Estado, tienen un poder inmenso.



Pero la realidad siempre se encarga de aterrizarnos. Una cosa es Alan Greenspan en Estados Unidos decidiendo para reactivar la economía, y otra muy distinta es la conducción macroeconómica de una sociedad como la colombiana, en la que los cimientos institucionales y sociales no existen, se derrumbaron o, en el mejor de los casos, están deteriorados. Y esta tarea de construcción y reconstrucción social va mucho más allá del alcance de la economía: el desarrollo social es por lo menos tan importante como el económico. Las personas y sus organizaciones tienen existencia propia, y no dejarán de existir por no aparecer en el lente de los economistas.



Aceptar esta dimensión tiene implicaciones para el poder de los economistas. Exige un trabajo compartido con otras ciencias, disciplinas y actividades humanas que no se pueden expresar ni cuantificar en el lenguaje de la economía. Exige reconocer la existencia de personas de carne y hueso, lo que se puede traducir en entender y aceptar que, en los procesos sociales, el cómo es tan importante como el qué. Y, además, exige algo más complicado: una buena dosis de humildad para reconocer que no hay propietarios exclusivos de la verdad.



Tampoco hay duda: necesitamos muchos y muy buenos economistas; sin discusión, es importante que el PIB crezca, si es posible, al 8% en los próximos diez años. Pero si no salimos del esquema actual, el panorama seguirá nublado. La realidad nos ha proporcionado suficiente evidencia empírica.
Publicidad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.