Opinión

  • | 2006/11/10 00:00

    El poder del Führer

    El 'quiebre histórico' de una nación se puede dar sin violencias, sin romper con el régimen legal formal, aunque sí con los mismos resultados. Tal sería el caso de Hitler y puede ser que a él se parezca el fenómeno que caracteriza hoy a Colombia.

COMPARTIR

En términos generales, la situación que estamos viviendo desconcierta e inquieta; a algunos, porque no vemos concordancia entre lo que vemos y vivimos y lo que nos están suministrando como información los apologistas del gobierno y del modelo; y a otros que se guían solo por esas informaciones, porque no entienden entonces de dónde nacen las críticas y los cuestionamientos a esos resultados.

Una explicación interesante sería la que se podría llamar 'quiebre histórico', por el cual puede pasar una nación. Es ese un momento en que en la historia de los pueblos el orden institucional desaparece, y su sistema de valores, su forma de apreciar su propia realidad, su aspiración inmediata y de futuro cambian bruscamente, y entonces resultan insuficientes o inapropiados los parámetros que se usaban para entender y explicar las situaciones anteriores y se produce el desconcierto entre los analistas. Ejemplos de esto serían la España de Franco, la Cuba de Fidel, el Chile de Pinochet, o tantos otros, donde, tras un evento político que se podría calificar de 'telúrico', el discurrir normal se altera y se impone una voluntad que marca con su personal forma de ver las cosas los destinos del país y la mentalidad de sus habitantes. Caracteriza esta etapa la figura del 'tirano', no en el sentido del gobernante que oprime al pueblo, sino como expresión de un poder que no es controvertido porque se convierte en el único referente del cual espera todo la ciudadanía.

No todos los casos, sin embargo, dependen de un evento o proceso que por su naturaleza misma borra los referenciales que existían previamente, como sucede cuando se impone un lado en una guerra civil, o cuando un movimiento revolucionario se toma el poder, o cuando se produce un golpe de Estado Militar. También ese 'quiebre histórico' se puede dar sin tales violencias, sin romper con el régimen legal formal, aunque sí con los mismos resultados. Tal sería el caso de Hitler y puede ser que a él se parezca el fenómeno que caracteriza hoy a Colombia.

Aunque la mayoría de los analistas serios coinciden en que la historia del nazismo está más explicada por la situación alemana del momento —las condiciones humillantes del Tratado de Versalles que terminó la Primera Guerra Mundial, la crisis financiera de los 30, el fracaso de la Constitución de Weimar, etc.— que por la personalidad misma de Hitler, todos reconocen que parte de su poder —y de la razón por la cual logró que le entregaran tantos poderes— tenía qué ver con la forma en que lograba relacionarse con sus gobernados gracias a una especie de efecto hipnótico o 'carisma de líder' que hacía que se volvieran devotos de él y ciegos ante lo que hacía.

En diferentes grados, usualmente sin llegar a niveles como el de Alemania en ese caso, es reconocido que existe esa especie de poder —difícil de explicar pero innegable— en ciertos gobernantes. En nuestro caso, la concentración de poderes que ha adquirido el doctor Uribe depende también mucho de la reacción ante la catástrofe que dejó y el enervamiento que produjo el gobierno que lo antecedió; sin lugar a dudas, responde en una parte aún mayor al clientelismo que maneja (tanto con el presupuesto como con los nombramientos); pero pareciera que, además de lo que él busca directamente (como fue la reelección sin cortapisa o contrapeso alguno), le estuviera llegando aún lo que no necesita solicitar porque quienes tienen alguna facultad para otorgárselo sufrieran ese complejo de 'devotos del Führer'.

Una muestra expresiva de ese fenómeno serían las declaraciones del Representante a la Cámara José Tyrone Carvajal, quien ante el secuestro de su señora, la Notario Cielo Hormiga Paz, declaró que a pesar del peligro que suponían los rescates militares, su lealtad era hacia el doctor Uribe y su política, y en consecuencia respaldaba el abandono de los intentos de acuerdos humanitarios.

O el insólito espectáculo de Buenaventura donde el doctor Uribe violó todo el régimen legal y constitucional ante la presencia pasiva de representantes de todos los demás poderes y autoridades —quienes en razón de sus funciones y responsabilidades obviamente saben que excepto en caso de flagrancia una detención no puede ordenarla sino el poder judicial y eso después de llenar los requisitos procesales pertinentes—. Es evidente que proyectar la imagen de 'gran líder anticorrupción' ante las cámaras fue la razón del Presidente para actuar en tal forma —a sabiendas él también de que no tiene esas facultades y que incluso el mismo poder judicial no podría actuar de manera tan arbitraria—; pero solo ese 'poder de embrujo' puede justificar esa complicidad por parte de los participantes del evento.

O que se acepte que el carácter o temperamento del líder, ante eventos que a veces son públicos o que igual pueden responder a problemas privados, pueden ser la explicación de decisiones de la trascendencia de las que tomó el doctor Uribe en días recientes. O que se personalice a tal punto la versión de 'el Estado soy yo' que se llegue a que se convierta en rutina y se considere natural que, a cualquier nivel y en cualquier institución donde hay cargos públicos, se imponga el 'amiguismo' y el nombramiento de personas cercanas y allegadas en una u otra forma al Jefe del Estado.

O la existencia de 'personajes de la Corte' que detrás del aparato formal, amparados solo por el conocimiento que se tiene del respaldo que les da el Jefe de Estado, tienen la posibilidad de decidir sobre temas y a niveles que no existen en ningún cargo institucional (y muchas veces para su beneficio).

Todo lo anterior, visto solo como materia de estudio y descrito bajo la perspectiva de la ciencia política, formaría parte de las características tanto del tirano como del líder.

Dentro de esa línea podría explicarse que el grueso de los Congresistas voten en contra del proceso descentralizador y reversen la posición que han defendido, proponiendo revocar el sistema de transferencias para devolver su manejo al Presidente; o que se autonieguen la facultad de intervenir para controlar los nombramientos diplomáticos; o que se reincida en transferir al doctor Uribe la facultad de amnistiar, la cual por su naturaleza debe residir en el órgano legislativo donde participan la diversidad de partidos políticos; o decidan en forma negativa la propuesta de ajustar el conjunto de las normas constitucionales a la situación que se crea con la reelección. Todos estos casos van en contra del orden, del espíritu y de la orientación de la Constitución (descentralizada, democrática, y organizada alrededor de un sistema de pesos y contrapesos entre los poderes públicos), pero además significa renunciar a esas funciones y poderes, decidiendo en contra de los intereses políticos de lo que ellos representan (y por supuesto de los de ellos mismos). Para quienes no creemos que la única explicación a todos nuestros males es 'la corrupción de la clase política', ya no es tanto el poder de 'compra' del Presidente, sino el embrujo del doctor Uribe que produce semejante efecto.

Pero ante su decisión de incrementar la guerra, recordemos que más que tirano o líder fue sobre todo en ese campo donde ese carisma o embrujo exacerbó Hitler su condición de Führer… y no olvidemos hasta dónde llevó eso a su país.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?