Javier Fernández Riva

| 7/12/2002 12:00:00 AM

El poder corrosivo del dinero

El desarrollo económico no conduce a mejores instituciones.

por Eduardo Lora

Los países con mayores niveles de ingreso tienen mejores instituciones públicas, mientras que en los países más pobres es común la corrupción y las leyes no se cumplen. Los economistas tendemos a pensar que esto es el resultado de una relación complementaria y virtuosa entre el progreso económico y la calidad de las instituciones. Por consiguiente, podemos dedicarnos a mejorar la economía con la esperanza de que ello contribuirá indirectamente a mejorar las instituciones.



Pero las cosas no parecen ser tan sencillas. Dos investigadores del Banco Mundial están explorando con éxito la hipótesis de que la relación entre el desarrollo económico y la calidad institucional no es complementaria, sino conflictiva1. Ellos han encontrado que, aunque mejores instituciones sí conducen a elevar el nivel de ingreso de los países, el progreso económico tiende a debilitar las instituciones. Las deficiencias institucionales tienden a hacerse más agudas y pueden echar atrás el progreso económico.



Los autores de este nuevo enfoque tienen una buena explicación de por qué esto tiende a ocurrir. En una economía con mayores ingresos, los grupos de interés son más fuertes y son mayores los alicientes para tratar de capturar el Estado. En ausencia de otros factores que ayuden a mejorar el control público y aumentar la transparencia, el crecimiento puede inducir mayor corrupción y debilitar el imperio de la ley. El poder corrosivo del dinero terminará por detener el progreso económico. Es posible que haya muchos otros canales que operen en la misma dirección en períodos más largos. Por ejemplo, la explosión demográfica que acompaña las primeras etapas de desarrollo puede hacer insostenibles ciertas instituciones. El aumento en la proporción de jóvenes puede reducir la participación política y hacer perder relevancia a los partidos tradicionales. La migración a las ciudades puede debilitar las organizaciones y normas de control social, facilitando el crimen y debilitando el capital social. La diversificación de la economía y de los grupos sociales puede aumentar la fragmentación política.



Nada garantiza por consiguiente que los avances económicos sean sostenibles institucionalmente. Después de haber concentrado todos sus esfuerzos en ajustar y liberar sus economías durante la década del 90, los gobiernos latinoamericanos están encontrando que las mayores barreras para el desarrollo están en la corrupción, el descrédito de los sistemas políticos y el débil imperio de la ley. No es hora de ignorar la economía, pero sí de reconocer que el progreso económico no es sostenible sin una estrategia de fortalecimiento de las instituciones públicas.
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